RAZONES PARA CREER
Existen muchas razones poderosas para creer en "la utopía", el vivir dignamente", "el trabajo solidario", incluso en la maternidad que haga que los niños puedan crecer y desarrollarse en un mundo más justo.
Todos tenemos nuestros problemas. Quizás no sean enormes, pero en más de una ocasión nos han servido como excusa para no complicarnos, por lo menos eso deseábamos, la vida.
Después de los días de trabajo, si con suerte cuentas con ello, deseamos tener derecho a un descanso. Pero, siempre hay "un pero", andamos económicamente ajustados. Apenas nos llega para las necesidades básicas. Nos gustaría ayudar a esas organizaciones que se desviven por los más desfavorecidos, por la gente que está en el paro, por ayudar a los ancianos quer se encuentran solitarios, en sus casas, en sus residencias. A muchos de estos ancianos sus parientes les han relegado a una mísera existencia. Piensan aquello de "Nadie quiere resolver mis necesidades".
Nos gustaría ponernos en camino hacia esa "utopia", pero hay ocasiones en que la realidad está por encima de nuestros deseos. Ese camino quiséramos que nos condujese a resolver esas necesidades, esos problemas, que no sólo los tienen los ancianos, sino muchos que carecen de trabajo, que pasan toda la semana, dia tras día, recorriendo y dejando curriculum por todos los establecimientos que encuentran a su paso. En ocasiones nos da hasta vergüenza que, aunque precario, tengamos un trabajo, que nos ayuda en nuestras básicas necesidades.
En ese camino hacia tu vida futura, a veces tienes la tentación de pensar en que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, o al revés. No te importa hacer un favor, pero al mismo tiempo agradecerías que lo reconociesen. Más tarde piensas ¿es justo eso? ¿no es mejor hacer el favor sin esperar nada a cambio? Entonces comprendemos que la tarjeta de visita de una entrega gratuita es siempre la alegría y la sencillez, que ese pequeño acto de entrega es, también, porque igualmente hay alguien que lo hace contigo sin reserva alguna.
Por eso, debemos de creer en la utopia, si, pero no porque la realidad sea imposible, sino porque todo es posible.
DESDE MI CALLE, que sigue siendo la calle de todos.
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domingo, 1 de junio de 2014
sábado, 31 de mayo de 2014
PASTORAL: SANTO DEL DIA
Justino nació el año 100 en Naplusa (Palestina), ciudad romana y pagana, construida en el emplazamiento de la antigua Siquem,
no lejos del pozo de Jacob, donde Jesús anunció a la Samaritana el
culto nuevo. Naplusa era una ciudad reciente en la que florecían el
granado y el limonero, encajada entre dos colinas a mitad de camino
entre la frondosa Galilea y Jerusalén.
Los
padres de Justino eran colonos acomodados; puede que fueran de esos
veteranos dotados de tierras por el Imperio; esto explicaría en el
filósofo su rectitud de carácter, su gusto por la exactitud histórica. No posee ni la flexibilidad ni la sutilidad dialéctica de un heleno. Vivió en contacto con judíos y samaritanos.
De naturaleza noble, prendado de lo absoluto, desde joven supo gustar la filosofía, en el sentido que entonces se le daba: no una especulación, sino persecución de la sabiduría que lleva a Dios. La filosofía lo condujo, etapa tras etapa, hasta el umbral de la fe. El mismo Justino nos cuenta, en el Diálogo con el judío Trifón, el largo itinerario de su búsqueda, sin que nos sea posible distinguir entre el artificio literario y la autobiografía. En Naplusa siguió primero las clases de un estoico y después las de un discípulo de Aristóteles, al que abandonó pronto para acudir a un platónico. En su ingenuidad, esperaba que la filosofía de Platón le permitiría «ver inmediatamente a Dios».
Retirado a la soledad, meditaba sobre la visión de Dios, sin que su inquietud se sosegase, cuando tuvo lugar el encuentro nocturno con aquel anciano en la playa. Éste le mostró que el alma humana no podía alcanzar a Dios por sus propios medios; el cristianismo era la única verdadera filosofía, que lleva a su cumplimiento todas las verdades parciales: «Platón prepara para el cristianismo».
La Iglesia acogió a Justino y, con él, a Platón. Cuando se hizo cristiano en el año 130, el filósofo, lejos de abandonar la filosofía, afirma haber encontrado en el cristianismo la única filosofía segura que colma todos sus deseos. Siempre lleva puesto el manto de los filósofos. Para él es un título de nobleza.
Justino sabía ver la parte de verdad contenida en todos los sistemas. Le gustaba decir que los filósofos eran cristianos sin saberlo. Y justifica esta afirmación con un argumento tomado de la apologética judía, que pretendía que los pensadores debían lo mejor de sus doctrinas a los libros de Moisés. Para él, el Verbo de Dios ilumina a todos los hombres, lo cual explica las partes de verdad que se encuentran en los filósofos. Los cristianos no tienen nada que envidiarles, porque poseen al Verbo mismo de Dios, que no solamente guía la historia de Israel, sino toda búsqueda sincera de Dios. Esta generosa visión de la historia encierra una intuición de genio que, después de Ireneo de Lyon, será recogida desde san Agustín a san Buenaventura, y más recientemente por Maurice Blondel. Está particularmente cercana a nuestra problemática de hoy día.
Justino no se preocupa más que de la doctrina y de la autenticidad del testimonio. Los argumentos que desarrolla tienen una historia: la suya propia. El ha conocido personalmente las tentaciones contra las que nos pone en guardia. El testimonio de la obra de Justino conserva todo su valor para aquel que se decide a seguirlo.
Nadie ha creído en Sócrates hasta morir por lo que éste enseñaba. Pero, por Cristo, artesanos y hasta ignorantes han despreciado el miedo a la muerte». Estas nobles palabras las dirige Justino al Senado de Roma. También a él le toca aceptar la muerte por la fe que había recibido y transmitido. En el momento de su martirio, el filósofo cristiano no está solo, sino rodeado de sus discípulos. Las actas nos citan seis de ellos. Esta presencia, esta fidelidad hasta en la muerte, eran el homenaje más emocionante que se pueda ofrecer a un maestro de sabiduría.

En este hombre de hace dieciocho siglos percibimos el eco de nuestras inquietudes, de nuestras objeciones y de nuestras certezas. Es un contemporáneo nuestro por su apertura de alma, por su voluntad de diálogo, por su capacidad de comprensión.
Justino, un laico, un intelectual, ilustra el diálogo que comienza entre la fe y la filosofía, entre cristianos y judíos, entre Oriente, donde él había nacido, y Occidente, donde abre una escuela: en Roma al cabo de numerosas etapas. Su vida fue una larga búsqueda de la verdad. Para este filósofo, el cristianismo no es una doctrina, ni siquiera un sistema, si no una persona: el Verbo encarnado y crucificado en Jesús, que le desvela el misterio de Dios.
Había viajado, interrogado, sufrido, con el fin de encontrar lo verdadero. Sin duda por esta razón nosotros descubrimos detrás de lo que él descubre un desprendimiento, incluso una desnudez que es lo que avala a su testimonio. Este filósofo del año 150 está más cercano a nosotros que muchos de los: pensadores modernos. Muere el año 165.
De naturaleza noble, prendado de lo absoluto, desde joven supo gustar la filosofía, en el sentido que entonces se le daba: no una especulación, sino persecución de la sabiduría que lleva a Dios. La filosofía lo condujo, etapa tras etapa, hasta el umbral de la fe. El mismo Justino nos cuenta, en el Diálogo con el judío Trifón, el largo itinerario de su búsqueda, sin que nos sea posible distinguir entre el artificio literario y la autobiografía. En Naplusa siguió primero las clases de un estoico y después las de un discípulo de Aristóteles, al que abandonó pronto para acudir a un platónico. En su ingenuidad, esperaba que la filosofía de Platón le permitiría «ver inmediatamente a Dios».
Retirado a la soledad, meditaba sobre la visión de Dios, sin que su inquietud se sosegase, cuando tuvo lugar el encuentro nocturno con aquel anciano en la playa. Éste le mostró que el alma humana no podía alcanzar a Dios por sus propios medios; el cristianismo era la única verdadera filosofía, que lleva a su cumplimiento todas las verdades parciales: «Platón prepara para el cristianismo».
La Iglesia acogió a Justino y, con él, a Platón. Cuando se hizo cristiano en el año 130, el filósofo, lejos de abandonar la filosofía, afirma haber encontrado en el cristianismo la única filosofía segura que colma todos sus deseos. Siempre lleva puesto el manto de los filósofos. Para él es un título de nobleza.
Justino sabía ver la parte de verdad contenida en todos los sistemas. Le gustaba decir que los filósofos eran cristianos sin saberlo. Y justifica esta afirmación con un argumento tomado de la apologética judía, que pretendía que los pensadores debían lo mejor de sus doctrinas a los libros de Moisés. Para él, el Verbo de Dios ilumina a todos los hombres, lo cual explica las partes de verdad que se encuentran en los filósofos. Los cristianos no tienen nada que envidiarles, porque poseen al Verbo mismo de Dios, que no solamente guía la historia de Israel, sino toda búsqueda sincera de Dios. Esta generosa visión de la historia encierra una intuición de genio que, después de Ireneo de Lyon, será recogida desde san Agustín a san Buenaventura, y más recientemente por Maurice Blondel. Está particularmente cercana a nuestra problemática de hoy día.
Justino no se preocupa más que de la doctrina y de la autenticidad del testimonio. Los argumentos que desarrolla tienen una historia: la suya propia. El ha conocido personalmente las tentaciones contra las que nos pone en guardia. El testimonio de la obra de Justino conserva todo su valor para aquel que se decide a seguirlo.
Nadie ha creído en Sócrates hasta morir por lo que éste enseñaba. Pero, por Cristo, artesanos y hasta ignorantes han despreciado el miedo a la muerte». Estas nobles palabras las dirige Justino al Senado de Roma. También a él le toca aceptar la muerte por la fe que había recibido y transmitido. En el momento de su martirio, el filósofo cristiano no está solo, sino rodeado de sus discípulos. Las actas nos citan seis de ellos. Esta presencia, esta fidelidad hasta en la muerte, eran el homenaje más emocionante que se pueda ofrecer a un maestro de sabiduría.
En este hombre de hace dieciocho siglos percibimos el eco de nuestras inquietudes, de nuestras objeciones y de nuestras certezas. Es un contemporáneo nuestro por su apertura de alma, por su voluntad de diálogo, por su capacidad de comprensión.
Justino, un laico, un intelectual, ilustra el diálogo que comienza entre la fe y la filosofía, entre cristianos y judíos, entre Oriente, donde él había nacido, y Occidente, donde abre una escuela: en Roma al cabo de numerosas etapas. Su vida fue una larga búsqueda de la verdad. Para este filósofo, el cristianismo no es una doctrina, ni siquiera un sistema, si no una persona: el Verbo encarnado y crucificado en Jesús, que le desvela el misterio de Dios.
Había viajado, interrogado, sufrido, con el fin de encontrar lo verdadero. Sin duda por esta razón nosotros descubrimos detrás de lo que él descubre un desprendimiento, incluso una desnudez que es lo que avala a su testimonio. Este filósofo del año 150 está más cercano a nosotros que muchos de los: pensadores modernos. Muere el año 165.
viernes, 30 de mayo de 2014
PASTORAL: SANTO DEL DIA
VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN A SANTA ISABEL
Luego que María Santísima oyó del ángel Gabriel que su prima Isabel también esperaba un hijo, sintióse iluminada por el Espíritu Santo y comprendió que debería ir a visitar a aquella familia y ayudarles y llevarles las gracias y bendiciones del Hijo de Dios que se había encarnado en Ella. San Ambrosio anota que fue María la que se adelantó a saludar a Isabel puesto que es la Virgen María la que siempre se adelanta a dar demostraciones de cariño a quienes ama.
Por medio de la visita de María llevó Jesús a aquel hogar muchos favores y gracias: el Espíritu Santo a Isabel, la alegría a Juan, el don de Profecía, etc, los cuales constituyen los primeros favores que nosotros conocemos que haya hecho en la tierra el Hijo de Dios encarnado. San Bernardo señala aquí que desde entonces María quedó constituida como un "Canal inmenso" por medio del cual la bondad de Dios envía hacia nosotros las cantidades más admirables de gracias, favores y bendiciones.
Luego que María Santísima oyó del ángel Gabriel que su prima Isabel también esperaba un hijo, sintióse iluminada por el Espíritu Santo y comprendió que debería ir a visitar a aquella familia y ayudarles y llevarles las gracias y bendiciones del Hijo de Dios que se había encarnado en Ella. San Ambrosio anota que fue María la que se adelantó a saludar a Isabel puesto que es la Virgen María la que siempre se adelanta a dar demostraciones de cariño a quienes ama.
Por medio de la visita de María llevó Jesús a aquel hogar muchos favores y gracias: el Espíritu Santo a Isabel, la alegría a Juan, el don de Profecía, etc, los cuales constituyen los primeros favores que nosotros conocemos que haya hecho en la tierra el Hijo de Dios encarnado. San Bernardo señala aquí que desde entonces María quedó constituida como un "Canal inmenso" por medio del cual la bondad de Dios envía hacia nosotros las cantidades más admirables de gracias, favores y bendiciones.
Además, nuestra Madre María recibió el
mensaje más importante que Dios ha enviado a la tierra: el de la
Encarnación del Redentor en el mundo, y en seguida se fue a prestar
servicios humildes a su prima Isabel. No fue como reina y señora sino
como sierva humilde y fraterna, siempre dispuesta a atender a todos que
la necesitan.
Este fue el primero de los numerosos
viajes de María a ayudar a los demás. Hasta el final de la vida en el
mundo, Ella estará siempre viajando para prestar auxilios a quienes lo
estén necesitando. También fue la primera marcha misionera de María, ya
que ella fue a llevar a Jesús a que bendijera a otros, obra de amor que
sigue realizando a cada día y cada hora. Finalmente, Jesús por medio
de su Madre santifica a Juan Bautista y ahora ella sigue siendo el medio
por el cual Jesús nos santifica a cada uno de nosotros que somos
también hijos de su Santa Madre.
jueves, 29 de mayo de 2014
PASTORAL: SANTO DEL DIA
Santo seglar, que "no conoció el vicio ni el ocio", Fernando III -el más grande de los reyes de Castilla, dice Menéndez y Pelayo- nació en 1198; fue hijo de don Alfonso IX, rey de León, y primo de san Luis IX, rey de Francia. Guerreó con los moros, que ocupaban gran parte de España, unió las coronas de Castilla y de León, y conquistó los reinos de Úbeda, Córdoba, Murcia, Jaén, Cádiz y Sevilla.
En sus dilatadas campañas, triunfó siempre en todas las batallas. No buscó su propia gloria ni el acrecentamiento de sus dominios. Para él el reino verdadero era el reino de Dios. Pedía a diario el aumento de la fe católica y elevaba sus plegarias a la Virgen, de quien se llamaba siervo. Caballero de Cristo, Jesús le había otorgado la gracia de los éxtasis y las apariciones divinas. Amaba a sus vasallos y procuraba no agravar los tributos, a pesar de las exigencias de la guerra. A este respecto era conocido su dicho: "Más temo las maldiciones de una viejecita pobre de mi reino que a todos los moros del África". Llevaba siempre consigo una imagen de nuestra Señora, a la que entronizó en Sevilla y en múltiples lugares de Andalucía, a fin de que ésta fuera llamada tierra de María Santísima.
La muerte del rey san Fernando constituye un ejemplo de fe y humildad. Abandonó el lecho y, postrándose en tierra, sobre un montón de cenizas, recibió los últimos sacramentos. Llamó a la reina y a sus hijos, y se despidió de ellos después de haberles dado sabios consejos.
Volviéndose a los que se hallaban presentes, les pidió que lo perdonasen por alguna involuntaria ofensa. Y, alzando hacia el cielo la vela encendida que sostenía en las manos, la reverenció como símbolo del Espíritu Santo. Pidió luego a los clérigos que cantasen el Te Deum, y así murió, el 30 de mayo de 1252. Había reinado treinta y cinco años en Castilla y veinte en León, siendo afortunado en la guerra, moderado en la paz, piadoso con Dios y liberal con los hombres, como afirman las crónicas de él. Su nombre significa "bravo en la paz".
Guerrero, poeta y músico, compuso cantigas, una de ellas dedicada a nuestra Señor. Se destacó por su honestidad y la pureza de sus costumbres.
Fernando III fue canonizado por el papa Clemente X en el año 1671. Lo sucedió en el trono su hijo mayor, Alfonso X, que la historia conoce con el nombre de Alfonso el Sabio.
miércoles, 28 de mayo de 2014
PASTORAL: SANTO DEL DIA
JOSE GERARD
José Gérard nació el 12 de Marzo de 1831 dentro de una familia de labradores en la provincia de Lorraine en Francia. Parte de su niñez la pasó siendo pastor de ovejas.
José Gérard escribe sobre una tal Hermana Odile que lo preparó para su Primera Comunión, un evento que tuvo un gran impacto en su vida. Entre otras personas que tuvieron un gran impacto en su vida están Monsieur Richard y el Abbé Cayens. Monsieur Richard ofreció pagar la educación del joven y lo guió en una enseñanza sobre el arte de orar. El Abbé Cayens fue misionero en Argelia y vio una posible vocación sacerdotal en el joven José Gérard. Por lo tanto lo ayudó a aprender Latín y luego lo guió al seminario menor en Pont-à-Mousson.
También estudió algún tiempo en el seminario mayor de Nancy. Llegó a conocer a los Oblatos a través de algunos misioneros Oblatos que visitaron el seminario. Entró al noviciado y el 10 de Mayo de 1852 tomo sus votos perpetuos.
El 3 de Abril de 1853 fue ordenado Diacono por el Obispo Eugenio de Mazenod. El Obispo luego le pidió que ejerciera su misión en el reino de Natal en el Sur de África. En mayo de 1853 José Gérard tomó un barco con otros dos Oblatos al pequeño reino.
En 1854 El Obispo Allard lo ordenó sacerdote y comenzó su trabajo con un grupo de Irlandeses en Pietermaritzburg. Su misión era de ser con los Zulúes de Natal y por lo tanto tenia que aprender el idioma Zulú junto con el Inglés que usaba con los Irlandeses. Para aprender el idioma decidió pedir permiso para crear una misión en un pueblo Zulú. José Gérard trató varias veces a evangelizar a los Zulúes pero no tuvo éxito.
José Gérard decidió tomar su misión al oeste de Natal a un pueblo llamado Roma en otro reino llamado Lesotho. Allí conversó con el jefe de una tribu familia de los Zulúes de Natal. El jefe le dio permiso a construir una Iglesia y ejercer su misión. Tuvo que aprender un idioma nuevo y una cultura nueva, pero siguió adelante. Después de dos años tuvo su primer catecúmeno. El jefe de la tribu también se convirtió después de algunos años. Después de 22 años en Roma decidió llevar su misión al norte de Lesotho y comenzó la Misión de Santa Mónica donde trabajo con los Basothos. Luego regresó a Roma donde viviría el resto de su vida. En 1914 se encontró con una enfermedad que lo dejó en cama. El 22 de Mayo celebró su última Misa.
El 29 de Mayo Padre José Gérard dio su ultimo sí a Dios con la palabra Amén. Aunque sufrió muchos desafíos en su misión en África, el Padre Gérard nunca se dio por vencido. Siempre fue fiel a su voto de perseverancia. Dado a esto muchos de los nativos de aquellos países en el sur de África se convirtieron a la fe Católica. El Padre José Gérard fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 15 de Septiembre en Maseru, Lesotho donde le dieron el titulo de Apóstol de Lesotho.
DESDE MI CALLE
Ibilaldia 2014 en Gernika: conciertos, recorrido, canción...
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:: Datos prácticos del Ibilaldia 2014
- Cuándo: 1 de junio de 2014- Dónde: en Gernika-Lumo
- Hora: a partir de las 10.00 horas, desde el parque de los Pueblos de Europa
- Organiza: Ikastola Seber Altube / Ikastolen Elkartea
- Previsión de afluencia: en torno a 100.000 personas
- Lema 2014: Euskeraren Bihozfera
- Web oficial: Ibilaldia
:: Ibilbidea: recorrido del Ibilaldia 2014
martes, 27 de mayo de 2014
PASTORAL: SANTO DEL DIA
MARGARITA POLE
Margarita Plantagenet, sobrina de los monarcas ingleses Eduardo IV y Ricardo III, era hija del duque de Clarence, hermano de dichos soberanos, y de Isabel, la hija de Warwick «the Kingmaker». Enrique VIl, cuya esposa era prima de Margarita, casó a la beata con Sir Reginald Pole. Era éste un caballero de Buckinghamshire, que había prestado grandes servicios al rey en la campaña de Escocia y en otras empresas militares. Cuando Enrique VIII subió al trono, Margarita había ya enviudado y tenía cinco hijos. El joven monarca, que la consideraba como la mujer más santa de Inglaterra, devolvió a Margarita los bienes de su hermano, de los que se le había impedido tomar posesión en el reinado precedente y la nombró condesa de Salisbury. Cuando nació la princesa María [María Tudor], Margarita fue nombrada su institutriz. Pero la beata desaprobó abiertamente el matrimonio de Enrique con Ana Bolena, lo cual le costó la pérdida de su puesto en la corte y del favor del rey.
El cuarto hijo de la beata, Reginaldo, que más tarde fue el cardenal Pole [es decir, quien con María Tudor revirtió la reforma de Enrique VIII], escribió un tratado contra la supremacía eclesiástica del soberano; esto enfureció tanto a Enrique VIII, que dijo al embajador francés que tenía intenciones de hacer desaparecer a toda la familia de Margarita. Cuando Sir Henry Neville se levantó en armas en el norte, el rey envió a algunos emisarios a interrogar a Margarita, con la esperanza de mezclarla en la conspiración; pero, aunque el interrogatorio duró desde el mediodía hasta la noche, los emisarios no consiguieron descubrir la menor huella de culpabilidad. A pesar de su hábil defensa, Margarita fue encarcelada, primero en la casa de Lord Southampton, en Cowdray y después, en la Torre de Londres. Ahí sufrió mucho durante el invierno, ya que no tenía suficientes vestidos y no podía encender fuego. Como no existían pruebas para condenarla en un juicio legal, el rey obligó al Parlamento a declararla culpable de alta traición. El 28 de mayo de 1541, Margarita fue conducida al patio de la Torre para ser decapitada. Lord Herbert cuenta que se negó a arrodillarse y a reclinar la cabeza en el tronco porque no se consideraba culpable de traición. El verdugo, que carecía de práctica en el oficio, erró varias veces el golpe. Según el relato del embajador francés, Margarita no se negó a arrodillarse pero el verdugo principal se hallaba ausente, y el substituto manejó el hacha con suma torpeza. Por lo demás, casi todos los historiadores de peso consideran muy poco probable la versión de Lord Herbert. Margarita murió a los setenta años de edad. En la National Portrait Gallery de Londres hay un interesante retrato de la beata. Varias diócesis de Inglaterra celebran su fiesta.
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