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lunes, 7 de julio de 2014
PASTORAL: SANTO DEL DIA
SAN FERMIN, OBISPO Y MARTIR
Es sin duda uno de los santos más conocidos, sirvió de inspiración a un premio Pulitzer (A Hemingway en su novela «Fiesta») y las celebraciones que cada siete de julio le rinden tributo convocan a miles de corredores de todos los rincones del planeta. Sin embargo, poco se sabe con certeza de la vida de San Fermín, divulgador del cristianismo y co-patrón de Navarra junto a San Francisco Javier.
La información que ha llegado hasta nuestros días de la vida del santo procede en su mayor parte de las «Actas de la vida y del martirio de San Fermín», redactadas hacia el siglo VI —tres siglos después de su muerte— y de varios brevarios medievales, textos en los cuales, según explica José Antonio Goñi Beásoain de Paulorena, prefecto de liturgia de la Catedral de Santa María la Real de Pamplona en su biografía del santo, «San Fermín, entre la historia y la leyenda», dónde afirma que en la vida de San Fermín «aparece mezclada la realidad histórica con elementos legendarios sobre la vida del santo, fruto de la devoción del pueblo fiel».
Entre lo que se sabe del santo, cabe destacar que el siete de julio no fue una fecha significativa en su vida ni en su muerte. De hecho, no se le comenzaría a rendir tributo en ese día hasta 1591, cuando el obispo Bernardo de Rojas y Sandoval trasladó, a petición del pueblo, la festividad en su nombre, celebrada hasta entonces el 10 de octubre, por ser más cálido el tiempo y para que coincidiera con la feria de ganado.
Según Goñi, San Fermín nació a mediados del siglo III en la romana Pompaelo, actual Pamplona, primogénito de un senador local, Firmo. Años después de su nacimiento llegó a la zona el predicador Honesto, discípulo de Saturnino de Toulouse (Francia) dispuesto a evangelizar una región en la cuál todavía se veneraba a los dioses romanos. Allí se encontró con Firmo y su familia, a los cuáles logró convencer de que abrazasen la Fé cristiana gracias a su oratoria.
Tras persuadir a los Firmo, Honesto volvió a Toulouse para informar a Saturnino de sus progresos. Éste decidió trasladarse a Pamplona, dónde convirtió en masa al pueblo pamplonica al cristianismo, incluyendo al jóven Fermín. Convencido de haber hecho lo correcto al abandonar los dioses paganos, Firmo entregó a su primogénito a Honesto para que le formara en la doctrina cristiana. Cuando éste le consideró apto, lo envió a Toulouse para que el obispo Honorato, sucesor de Saturnino, lo ordenase sacerdote, tras lo cuál éste volvió a la actual capital navarra.
Recién cumplidos los treinta años, Fermín abandonó su tierra por última vez para evangelizar las tierras de las Galias vecinas. Allí visitó Agen y Anjou, y después Beauvais, a dónde se dirigió, según Goñi «con entusiasmo y gozo, dispuesto a padecer por Cristo habiéndose enterado de que Valerio, gobernador de los belovacos, perseguía a los cristianos y los martirizaba». Allí fue encarcelado hasta que, muerto Valerio en una revuelta militar, acabó siendo liberado por sus sucesores.
El siguiente destino de San Fermín fue Amiens, dónde acabaría sufriéndo martirio a manos de Sebastián, el gobernador de la provincia, quién, azuzado por la persecución religiosa contra los cristianos decretada por el emperador Diocleciano, mandó apresarlo y decapitarlo. «Ordenó sus soldados que lo prendieran y lo encerraran en la cárcel, indicándoles que lo decapitaran silenciosamente por la noche y que escondieran su cuerpo para que no lo encontraran los cristianos y le tributaran honores» escribe Goñi. Precisamente para recordar esta decapitación los actuales corredores de los Sanfermines se anudan un pañuelo rojo al cuello.
Según el prefecto de liturgia, Sebastián tenía reservado al cuerpo del santo un destino cruel: «descuartizarlo y desparramarlo por los campos para que los cristianos no lo encontraran». Sin embargo, la rápida actuación del senador Faustiniano, «quién años atrás había recibido a Fermín a su llegada a Amiens y había sido bautizado por éste», salvó sus restos: «Faustiniano recogió secretamente los restos del santo obispo y los enterró en el sepulcro familiar de Abladene».
Fue también en Amiens donde se inició el culto al santo pamplonica. Según Goñi, «la tradición habla del hallazgo de sus reliquias a comienzos del 615. En el siglo XII el culto al santo adquirió gran esplendor y popularidad en la ciudad francesa, según las Actas de la Iglesia de Amiens, gracias al nuevo obispo Godofredo».
En Pamplona el culto a la figura de San Fermín no llegaría hasta 1186, cuando el obispo Pedro de París recibió unas reliquias del cráneo del mártir. Sin embargo, el culto al mismo pronto crecería en intensidad hasta el siglo XVII, cuando se inició una disputa entre seguidores de San Fermín y de San Francisco Javier, patrocinado por los jesuitas. Una disputa que quedó zanjada en 1657, cuando el Papa Alejandro VII proclamó a ambos co-patronos de Navarra.
Pese a estos datos, los detalles que se conservan de su biografía aparecen entremezclados con retazos legendarios e incluso no son pocos los que se plantean si de verdad existió. El último en defender que el santo no existió ha sido el historiador Roldán Jimeno, hijo del historiador pamplonés Jimeno Jurío, que defiende en una tesis la misma conclusión a la que llegaron en 1970 varios expertos navarros y arqueólogos de Amiens: que los retazos de la vida de San Fermín que han llegado hasta nuestros días carecen de base histórica.
Otros, sin embargo, encuentran motivos suficientes para defender que el santo vivió de verdad. «A pesar de que su existencia no puede testimoniarse con documentos históricos, no podemos concluir que San Fermín sea fruto de la devoción popular o de leyendas hagiográficas», explica Goñi en su texto. «Algún fundamento tuvieron aquellos cristianos de Amiens para atribuir como lugar de procedencia Pamplona, ciudad situada a mil kilómetros de distancia, al mártir y obispo, en lugar de permitir que alguna Iglesia de Francia pudiera apropiarse de un hijo tan ilustre». Además, recuerda que «la diócesis de Pamplona cuenta actualmente con un obispo, que tuvo un antecesor, que a su vez sucedió a otro, y éste a otro. Alguna vez uno de ellos tuvo que ser el primero ¿Se llamaba Fermín?».
domingo, 6 de julio de 2014
PASTORAL DEL DIA
María nació el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona, Italia. Hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, tercera de siete hijos de una familia pobre de bienes terrenales pero rica en fe y virtudes, cultivadas por medio de la oración en común, rosario todos los días y los domingos Misa y sagrada Comunión. Al día siguiente de su nacimiento fue bautizada y consagrada a la Virgen. A los seis años recibirá el sacramento de la Confirmación.
Después del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi Goretti, por la dura crisis económica por la que atravesaba, decidió emigrar con su familia a las grandes llanuras de los campos romanos, todavía insalubres en aquella época.
Se instaló en Ferriere di Conca, poniéndose al servicio del conde Mazzoleni, es aquí donde María muestra claramente una inteligencia y una madurez precoces, donde no existía ninguna pizca de capricho, ni de desobediencia, ni de mentira. Es realmente el ángel de la familia.
Tras un año de trabajo agotador, Luigi contrajo una
enfermedad fulminante, el paludismo, que lo llevó a la muerte después de
padecer diez días. Como consecuencia de la muerte de Luigi, Assunta
tuvo que trabajar dejando la casa a cargo de los hermanos mayores. María
lloraba a menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier ocasión
para arrodillarse delante de su tumba, para elevar a Dios sus plegarias
para que su padre goce de la gloria divina.
Junto a la labor de cuidar de sus hermanos menores, María seguía rezando
y asistiendo a sus cursos de catecismo. Posteriormente, su madre
contará que el rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba
siempre enrollado alrededor de la muñeca. Así como la contemplación del
crucifijo, que fue para María una fuente donde se nutría de un intenso
amor a Dios y de un profundo horror por el pecado.
María desde muy chica anhelaba recibir la Sagrada Eucaristía. Según era
costumbre en la época, debía esperar hasta los once años, pero un día le
preguntó a su madre: -Mamá, ¿cuándo tomaré la Comunión?. Quiero a
Jesús. -¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el catecismo? Además, no
sabes leer, no tenemos dinero para comprarte el vestido, los zapatos y
el velo, y no tenemos ni un momento libre. -¡Pues nunca podré tomar la
Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús! -Y, ¿qué quieres que
haga? No puedo dejar que vayas a comulgar como una pequeña ignorante.
Ante estas condiciones, María se comenzó a preparar con
la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo la ayuda
proporcionándole ropa de comunión. De esta manera, recibió la Eucaristía
el 29 de mayo de 1902.
La comunión constante acrecienta en ella el amor por la
pureza y la anima a tomar la resolución de conservar esa angélica virtud
a toda costa. Un día, tras haber oído un intercambio de frases
deshonestas entre un muchacho y una de sus compañeras, le dice con
indignación a su madre: -Mamá, iqué mal habla esa niña! -Procura no
tomar parte nunca en esas conversaciones. -No quiero ni pensarlo, mamá;
antes que hacerlo, preferiría...Y la palabra morir queda entre sus
labios. Un mes después, sucedería lo que ella sentenció.
Al entrar al servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había
asociado con Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias
viven en apartamentos separados, pero la cocina es común. Luigi se
arrepintió enseguida de aquella unión con Giovanni Serenelli, persona
muy diferente de los suyos, bebedor y carente de discreción en sus
palabras.
Después de la muerte de Luigi, Assunta y sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli, María, que ha comprendido la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: -Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!
Desde la muerte de su marido, Assunta siempre estuvó en el campo y ni siquiera tiene tiempo de ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más pequeños.
María se encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella sirve las sobras. Su obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte, Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de Ancona, no se preocupa para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi Goretti había presentido el peligro que la compañía de los Serenelli representaba para sus hijos, y había repetido sin cesar a su esposa: -Assunta, regresa a Corinaldo! Por desgracia Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento.
Después de tener mayor contacto con la familia Goretti, Alessandro comenzó a hacer proposiciones deshonestas a la inocente María, que en un principio no comprende.
Más tarde, al adivinar las intenciones perversas del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las amenazas. Suplica a su madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a explicarle claramente las causas de su pánico, pues Alessandro la ha amenazado: -Si le cuentas algo a tu madre, te mato. Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede ninguna importancia a aquella reiterada súplica.
El 5 de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las habas en la tierra. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar una y otra vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el momento en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice:
-"Assunta, ¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí?" Sin sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina, remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.
- "¡María!, grita Alessandro. -¿Qué quieres? -Quiero que me sigas. -¿Para qué? -¡sígueme!
-Si no me dices lo que quieres, no te sigo".
Ante semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del brazo y la arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al no conseguir que la víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal. María se pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita:
-No hagas eso, que es pecado... Irás al infierno.
Poco cuidadoso del juicio de Dios, el desgraciado levanta el arma:
-Si no te dejas, te mato.
Ante aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar:
-¡Dios mío! ¡Mamá!, y cae al suelo.
Creyéndola muerta, el asesino tira el cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su habitación.
María recibió catorce heridas graves y quedó inconsciente. Al recobrar el conocimiento, llama al señor Serenelli: -¡Giovanni! Alessandro me ha matado... Venga. Casi al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano: -Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama.
En aquel momento, Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo que se presenta ante sus ojos, exclama: -¡Assunta, y tú también, Mario, venid! . Mario Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La madre llega también: -¡Mamá!, gime María. -¡Es Alessandro, que quería hacerme daño! Llaman al médico ya los guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy excitados, den muerte a Alessandro en el acto.
Al llegar al hospital, los médicos se sorprendieron de que la niña todavía no haya sucumbido a sus heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el intestino. Al diagnosticar que no tiene cura, llamaron al capellán. María se confiesa con toda claridad. Luego, durante dos horas, los médicos la cuidaron sin dormirla.
María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a la santísima Virgen, Madre de los Dolores. Su madre consiguió que le permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas para consolarla: -Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas?
En un momento, María le dice a su mamá: -Mamá, dame una gota de agua. -Mi pobre María, el médico no quiere, porque sería peor para ti. Extrañada, María sigue diciendo:
-¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua? Luego, dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo sed!, y entendió.
El sacerdote también está a su lado, asistiéndola paternalmente. En el momento de darle la Sagrada Comunión, le preguntó: -María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino? Ella le respondió: -Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado.
Pasando por momentos análogos por los que pasó el Señor Jesús en la Cruz, María recibió la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el heroísmo de su victoria.
Después de breves momentos, se le escucha decir: "Papá". Finalmente, María entra en la gloria inmensa de la Comunión con Dios Amor. Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde.
viernes, 6 de junio de 2014
DESDE MI CALLE
ACTIVIDAD, GLORIA, FELICIDAD¡Cómo contrasta una actividad ardorosa con la frialdad ordinaria! ¡Ah! Es verdad. También mi mente se mueve, se agita, se acalora, se enciende, pero ¿es por la gloria? ¿es por el bien de mis semejantes? ¿O es al contrario por viles intereses del momento, por sutiles Puntos de honra, por miserables competencias del amor propio? ¡Ah!, será que el celo que me devora no es tal vez sino ambición, codicia, vanidad, esto es, el celo del mundo!
¿Qué hago, en efecto, por conseguir el bienestar de ellos? Y, si se sienten defraudados, ¿cómo siento sus lamentos, acaso, hasta sus
injurias? ¿cómo me esfuerzo en evitarlas o siquiera en repararlas? Si estuviesen tan
amenazados mis intereses como lo están siempre los de ellos, ¿estaríame tan
tranquilo y sosegado como me estoy ahora en presencia de tanta desatención, de tantas iniquidades a las que se les someten? ¡Ojalá no sea yo de aquellos mimos que, con su flojedad y malos
ejemplos, contribuyen a ese malvivir al que están arrojados!
Cuando me ven, quizás me roguen, con sus temblorosas palabras, diciendome: ¡Dadme una esperanza, una esperanza que apague ese fuego abrasador que me consume día y noche;
dádmela para que también yo, experimente un celo, pero no un celo vanidoso ni codicioso, ino un celo que me ayude a conseguir una completa felicidad.
Desearía entonces contestarle diciéndole: !Compañero deseo ser parte de vuestro vivir, en la medida que lo permitan mis fuerzas y condición. Con mi conversación, con mi influencia, con mis relaciones, con mi dinero, con todas mis fuerzas, procuraré complacerte cuanto pueda, para que seáis cada día más feliz, esa felicidad que tanto necesitáis junto a vuestros seres queridos!.
DESDE MI CALLE, que es la calle de todos
PASTORAL: SANTO DEL DIA
SAN ROBERTO DE MOLESMES
Nacido alrededor del año 1029, en Champagne, Francia, de padres nobles llamados Thierry y Ermengarde; muerto en Molesmes, el 17 de Abril de 1111.
A los quince años de edad comenzó su noviciado en la abadía de Montier-la-Celle, o St.Pierre-la-Celle, situada cerca de Troyes, de la cual posteriormente llegó a ser prior.
En 1068 fue sucesor de Hunaut II como abad de St. Michael de Tonnerre, en la diócesis de Langres.
En esa época una banda de siete ermitaños que vivían en el bosque de Collan, en la misma diócesis, buscaron tener a Roberto como su jefe, pero los monjes, a pesar de que resistían su autoridad constantemente, insistieron en conservarlo como su abad porque gozaba de una gran reputación y era el ornamento de su casa.
Las intrigas de ellos determinaron a Roberto a renunciar a su cargo en 1071 y buscar refugio en el monasterio de Montier la Celle. El mismo año él fue colocado en el priorato de St. Ayoul de Provins, que dependía de Montier-la-Celle. Mientras tanto dos de los eremitas de Collan viajaron a Roma y rogaron a Gregorio VII les concediera como superior al prior de Provins. El Papa accedió a la solicitud y en 1074 Roberto inició a los eremitas de Collan en la vida monástica.
Como la localización de Collan fue encontrada inadecuada, Roberto fundó un monasterio en Molesme, en el valle de Langres a fines de 1075. A Molesmes llegó como huésped el distinguido canonista y doctor (écolâtre) de Reims, Bruno, quien en 1082, se colocó él mismo bajo la dirección de Roberto, antes de fundar la celebrada orden de Chartreux (Cartuja).
En ese tiempo la primitiva disciplina estaba aun en pleno vigor, y los religiosos vivían del trabajo de sus manos. Pronto, sin embargo, el monasterio llegó a enriquecerse a través de una multitud de donaciones, y con la riqueza, a pesar de la vigilancia del abad, vino el aflojamiento de la disciplina.
Roberto se esforzó en reestablecer la primitiva austeridad, pero los monjes mostraron tanta resistencia que abdicó y dejó el cuidado de su comunidad a su prior, Alberico, quién se retiró en 1093.
Al año siguiente él volvió con Roberto a Molesme. El 29 de Noviembre de 1095, el Papa Urbano II confirmó el instituto de Molesme. En 1098 Roberto, aún incapaz de reformar a sus rebeldes monjes, obtuvo de Hugo, arzobispo de Lyons y Le gado de la Santa Sede, autoridad para fundar una nueva orden conforme a nuevas reglas.
Veintiún religiosos dejaron Molesmes y alegremente se pusieron en camino hacia un lugar deshabitado llamado Cister en la diócesis de Chalons, y la abadía de Cîteaux fue fundada el 21 de Marzo de 1098.
Dejados a sí mismos, los monjes de Molesmes apelaron al Papa, y Roberto fue reestablecido en Molesme, que desde entonces llegó a ser un ardiente centro de vida monástico.
Roberto murió el 17 de Abril de 1111 y fue sepultado con gran pompa en el iglesia de la abadía. El Papa Honorio III en 1222, mediante Cartas Apostólicas, autorizó su veneración en la iglesia de Molesmes y poco después esa veneración se extendió a la Iglesia entera mediante un Decreto pontificio.
jueves, 5 de junio de 2014
DESDE MI CALLE
ALEGRIAS Y TRISTEZAS.
Un dicho muy común es aquél que dice que "después de la tempestad llega la calma". Tambien "después de la alegría puede llegar la tristeza", y o viceversa.
No todo debería ser, después de una jornada laboral, dedicarse únicamente al descanso y a la familia. Deberíamos dedicar más tiempo a conversar con la gente, a recorrer las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, y ver y escuchar a la gente reirse o, cada vez más frecuentemente, observar sus rostros de tristeza,. Gente que quizás se acuerden de aquellas palabras que, un día, oyeron a su mayores: "Mientras el mundo estará alegre, vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría" Esta es la esperanza que les anima a seguir confiando en que merece la pena el vivir.
La situación conflictiva que vivimos hoy, incluso con esa sensación de sentirnos totalmente desamparados, hace necesaria, casi diría imprescindible, la experiencia de la alegría. Sólo así podremos vivir la dureza del presente, como el parto de algo nuevo. A veces, es más fácil verlo en nosotros mismos que en el mundo que nos rodea. ¿Cúantas de nuestras crisis, de nuestras tristezas, no han sido la antesala de nuevos descubrimientos, de un gozo más enraizado?
Tengamos pues, la esperanza que, del mismo modo que después de la tempestad llega la calma, también después de la tristeza nos llegue la alegria.
DESDE MI CALLE, que sigue siendo la calle de todos.
Un dicho muy común es aquél que dice que "después de la tempestad llega la calma". Tambien "después de la alegría puede llegar la tristeza", y o viceversa.
No todo debería ser, después de una jornada laboral, dedicarse únicamente al descanso y a la familia. Deberíamos dedicar más tiempo a conversar con la gente, a recorrer las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, y ver y escuchar a la gente reirse o, cada vez más frecuentemente, observar sus rostros de tristeza,. Gente que quizás se acuerden de aquellas palabras que, un día, oyeron a su mayores: "Mientras el mundo estará alegre, vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría" Esta es la esperanza que les anima a seguir confiando en que merece la pena el vivir.
La situación conflictiva que vivimos hoy, incluso con esa sensación de sentirnos totalmente desamparados, hace necesaria, casi diría imprescindible, la experiencia de la alegría. Sólo así podremos vivir la dureza del presente, como el parto de algo nuevo. A veces, es más fácil verlo en nosotros mismos que en el mundo que nos rodea. ¿Cúantas de nuestras crisis, de nuestras tristezas, no han sido la antesala de nuevos descubrimientos, de un gozo más enraizado?
Tengamos pues, la esperanza que, del mismo modo que después de la tempestad llega la calma, también después de la tristeza nos llegue la alegria.
DESDE MI CALLE, que sigue siendo la calle de todos.
PASTORAL: SANTO DEL DIA
San Norberto, Arzobispo de Magdeburgo
Nació en Xanten y desde joven abrazó la vida religiosa, recibiendo las órdenes menores, incluyendo el subdiaconato. Fue convertido cuando caminando por un sendero un rayo asustó a su caballo e hizo que lo derribara al suelo, dejándolo sin conocimiento por más de una hora. Lo primero que dijo al volver en sí, fueron las palabras de San Pablo: "¿Señor, que quieres que yo haga?" y por respuesta oyó las palabras del salmo 37: "Apártate del mal y haz el bien". La conversión fue tan repentina y tan completa como la del apóstol Pablo; se retiró a una casa de oración a meditar y a hacer penitencia y se puso bajo la dirección de un santo director espiritual. Después de hacer los debidos estudios fue ordenado sacerdote en el año 1115.
Uno de sus propósitos fue cumplir y seguir fielmente el Evangelio, y difundirlo por todo el mundo. El Pontífice Gelasio II le concedió licencia para predicar por todos los paises, fundando una comunidad en una zona desértica llamada "Premonstré".
Los monjes, con el santo a la cabeza, se dedicaron a vivir el Evangelio lo mejor posible, y pronto San Norberto tuvo nueve conventos en diversas partes del país. El Papa Honorio II aprobó la nueva comunidad, la cual se extendió por varios países.
Fue nombrado Arzobispo de Magdeburgo, y San Norberto se dedicó con todas sus energías a poner orden en su arquidiócesis, ya que muchos laicos se estaban apoderando de los bienes de la Iglesia y algunos sacerdotes no tenían el debido comportamiento. Sus reformas tuvieron una fuerte oposición. Le inventaron toda clase de calumnias y trataron de levantar al pueblo en su contra. Dos o tres veces el santo obispo estuvo a punto de ser asesinado. La rebelión llegó a tal extremo que San Norberto tuvo que salirse de Magdeburgo, pero entonces empezaron a suceder tan terribles males en la ciudad, que los ciudadanos fueron a pedirle que regresara y le prometieron ser más obedientes a sus mandatos e instrucciones. A los pocos años, en el clero se notaba ya un cambio muy consolador y un gran progreso en el fervor y en las buenas costumbres.
En Roma, los enemigos del Papa Inocencio II eligieron un antipapa, llamado Anacleto, expulsando a Inocencio II de la ciudad eterna. San Norberto convenció al emperador Lotario para que con un gran ejército, fuera a Italia a defender al Pontífice, el cual sin ayuda militar del exterior no podía entrar a Roma. El emperador Lotario, por influencia de nuestro santo, se dirigió con su ejército hacia Italia y en mayo del año 1133 entró a Roma, acompañado de San Norberto y de San Bernardo, y posesionó de nuevo al Pontífice.
Terminada esta su última gran acción, el santo se sintió ya sin fuerzas; en 20 años de episcopado había hecho un trabajo como de sesenta años. Murió en Magdeburgo, el 6 de junio de 1134, a los 53 años.
6 de Junio
Nació en Xanten y desde joven abrazó la vida religiosa, recibiendo las órdenes menores, incluyendo el subdiaconato. Fue convertido cuando caminando por un sendero un rayo asustó a su caballo e hizo que lo derribara al suelo, dejándolo sin conocimiento por más de una hora. Lo primero que dijo al volver en sí, fueron las palabras de San Pablo: "¿Señor, que quieres que yo haga?" y por respuesta oyó las palabras del salmo 37: "Apártate del mal y haz el bien". La conversión fue tan repentina y tan completa como la del apóstol Pablo; se retiró a una casa de oración a meditar y a hacer penitencia y se puso bajo la dirección de un santo director espiritual. Después de hacer los debidos estudios fue ordenado sacerdote en el año 1115.
Uno de sus propósitos fue cumplir y seguir fielmente el Evangelio, y difundirlo por todo el mundo. El Pontífice Gelasio II le concedió licencia para predicar por todos los paises, fundando una comunidad en una zona desértica llamada "Premonstré".
Los monjes, con el santo a la cabeza, se dedicaron a vivir el Evangelio lo mejor posible, y pronto San Norberto tuvo nueve conventos en diversas partes del país. El Papa Honorio II aprobó la nueva comunidad, la cual se extendió por varios países.
Fue nombrado Arzobispo de Magdeburgo, y San Norberto se dedicó con todas sus energías a poner orden en su arquidiócesis, ya que muchos laicos se estaban apoderando de los bienes de la Iglesia y algunos sacerdotes no tenían el debido comportamiento. Sus reformas tuvieron una fuerte oposición. Le inventaron toda clase de calumnias y trataron de levantar al pueblo en su contra. Dos o tres veces el santo obispo estuvo a punto de ser asesinado. La rebelión llegó a tal extremo que San Norberto tuvo que salirse de Magdeburgo, pero entonces empezaron a suceder tan terribles males en la ciudad, que los ciudadanos fueron a pedirle que regresara y le prometieron ser más obedientes a sus mandatos e instrucciones. A los pocos años, en el clero se notaba ya un cambio muy consolador y un gran progreso en el fervor y en las buenas costumbres.
En Roma, los enemigos del Papa Inocencio II eligieron un antipapa, llamado Anacleto, expulsando a Inocencio II de la ciudad eterna. San Norberto convenció al emperador Lotario para que con un gran ejército, fuera a Italia a defender al Pontífice, el cual sin ayuda militar del exterior no podía entrar a Roma. El emperador Lotario, por influencia de nuestro santo, se dirigió con su ejército hacia Italia y en mayo del año 1133 entró a Roma, acompañado de San Norberto y de San Bernardo, y posesionó de nuevo al Pontífice.
Terminada esta su última gran acción, el santo se sintió ya sin fuerzas; en 20 años de episcopado había hecho un trabajo como de sesenta años. Murió en Magdeburgo, el 6 de junio de 1134, a los 53 años.
miércoles, 4 de junio de 2014
PASTORAL: SANTO DEL DÍA
San Bonifacio, Arzobispo de Máinz, Mártir
5 de Junio
Winfrido (su nombre de bautizo) se trasladó de muy joven a la abadía de Nursling, en la diócesis de Winchester, donde se le nombró director de la escuela. Ahí escribió la primera gramática latina que se haya hecho en Inglaterra. A la edad de 30 años recibió las órdenes sacerdotales y se dedicó al estudio de la Biblia. En el año 718 el Papa San Gregorio II otorgó a Winfrido un mandato directo para llevar la Palabra de Dios a los herejes en general. El Santo partió inmediatamente con destino a Alemania, cruzó los Alpes, atravesó Baviera y llegó al Hesse.
En poco tiempo, pudo enviar a la Santa Sede un informe tan satisfactorio que el Papa hizo venir al misionero con miras a confiarle el obispado. El día de San Andrés del año 722, fue consagrado obispo regional con jurisdicción general sobre Alemania. Bonifacio regresó a Hesse y como primera medida, se propuso arrancar de raíz las supersticiones paganas que eran el principal obstáculo para la evangelización. En el año 731, el Papa Gregorio III, sucesor de Gregorio II, mandó a San Bonifacio el nombramiento de metropolitano para toda Alemania más allá del Rhin, con autoridad para crear obispados donde lo creyera conveniente. En su tercer viaje a Roma fue nombrado también delegado de la Sede Apostólica. San Bonifacio y su discípulo San Sturmi fundaron en el año de 741 la abadía de Fulda, que con el tiempo se convirtió en el Monte Cassino de Alemania.
Años más tarde, cuando el Santo se disponía a realizar una confirmación en masa, en la víspera de Pentecostés, apareció una horda de paganos hostiles que atacó al grupo brutalmente. El cuerpo del Santo fue trasladado al monasterio de Fulda, donde aún reposa.
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