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lunes, 4 de agosto de 2014

DESDE MI CALLE


PISAR LA CALLE


Se acabó el curso político, y como es habitual antes de comenzar las vacaciones, el presidente del Gobierno, por un lado, y el jefe de la oposición, por otro, hicieron respectivos balances de la situación, con análisis, en ambos lados, nada objetivos, triunfalista Rajoy y crítico y pesimista Pedro Sánchez, el nuevo secretario general del PSOE. Es lo que cabía esperar, es lo de siempre, sin más, que cada uno ve la realidad según el color con que se mira, y según los intereses de su partido.

Por su parte Rajoy, y dentro de su discurso favorito, volvió a la macroeconomía para pregonar una vez más la recuperación. Si bien no en el grado que se asegura desde el Gobierno, una tímida recuperación no se puede negar, aunque persiste una terrible desigualdad, haciendo que la terca realidad no concuerde tanto, ni en todos los aspectos. El tufo electoral de cara a los comicios del año que viene es más que evidente. Ahí está la bajada de impuestos y otras medidas fiscales, que poco van a repercutir para la mayoría, y aún habrá que ver lo que duran, pues una vez pasadas las elecciones generales del 2015, como el PIB no se haya conseguido incrementar notablemente o haya disminuido el gasto público - lo que es más difícil todavía, pues la clase política sigue firmemente decidida a no renunciar a nada de lo que ellos mismos se han otorgado tan generosamente - Bruselas impondrá nuevos recortes.

El líder socialista Pedro Sánchez se refirió a la dura situación en que se ha dejado a las clases trabajadora y media, y denunció el encastillamiento del presidente del Gobierno, expresando que su análisis no se corresponde con la dura realidad de la calle. El referirse, repetidamente, a que los miembros del Gobierno ni su presidente, no salen a la calle, es un pecado de omisión de todos los políticos, y que están ultilizando como ariete en el fondo y en la forma la nueva formación política de Pablo Iglesias, Podemos. Ni pisan la calle, ni hacen caso de lo que se dice de ellos en las redes sociales, ni en los diferentes foros de internet.

Somos muchos los que SI pisamos la calle, y a los que nos gustaría que también ellos, la clase política (clase o casta vienen a significar lo mismo) nos acompañen en nuestro recorrido por ella.

DESDE MI CALLE, la mía, que sigue siendo la calle de todos.

domingo, 3 de agosto de 2014

PASTORAL: SANTO DEL DIA



SAN JUAN VIANEY


Uno de los santos más populares en los últimos tiempos ha sido San Juan Vianey, llamado el santo Cura de Ars. En él se ha cumplido lo que dijo San Pablo: "Dios ha escogido lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir a los grandes"

Era un campesino de mente rústica, nacido en Dardilly, Francia, el 8 de mayo de 1786. Durante su infancia estalló la Revolución Francesa que persiguió ferozmente a la religión católica. Así que él y su familia, para poder asistir a misa tenían que hacerlo en celebraciones hechas a escondidas, donde los agentes del gobierno no se dieran cuenta, porque había pena de muerte para los que se atrevieran a practicar en público sulreligión. La primera comunión la hizo Juan María a los 13 años, en una celebración nocturna, a escondidas, en un pajar, a donde los campesinos llegaban con bultos de pasto, simulando que iban a alimentar sus ganados, pero el objeto de su viaje era asistir a la Santa Misa que celebraba un sacerdote, con grave peligro de muerte, si los sorprendían las autoridades

Juan María deseaba ser sacerdote, pero a su padre no le interesaba perder este buen obrero que le cuidaba sus ovejas y le trabajaba en el campo. Además no era fácil conseguir seminarios en esos tiempos tan difíciles. Y como estaban en guerra, Napoléon mandó reclutar todos los muchachos mayores de 17 años y llevarlos al ejército. Y uno de los reclutados fue nuestro biografiado. Se lo llevaron para el cuartel, pero por el camino, por entrar a una iglesia a rezar, se perdió del gurpo. Volvió a presentarse, pero en el viaje se enfermó y lo llevaron una noche al hospital y cuando al día siguiente se repuso ya los demás se habían ido. Las autoridades le ordenaron que se fuera por su cuenta a alcanzar a los otros, pero se encontró con un hombre que le dijo. "Sígame, que yo lo llevaré a donde debe ir". Lo siguió y después de mucho caminar se dio cuenta de que el otro era un desertor que huía del ejército, y que se encontraban totalmente lejos del batallón.

Y al llegar a un pueblo, Juan María se fue a donde el alcalde a contarle su caso. La ley ordenaba pena de muerte a quien desertara del ejército. Pero el alcalde que era muy bondadoso escondió al joven en su casa, y lo puso a dormir en un pajar, y así estuvo trabajando escondido por bastante tiempo, cambiándose de nombre, y escondiéndose muy hondo entre el pasto seco, cada vez que pasaban por allí grupos del ejército. Al fin en 1810, cuando Juan llevaba 14 meses de desertor el emperador Napoleón dio un decreto perdonando la culpa a todos los que se habían fugado del ejército, y Vianey pudo volver otra vez a su hogar.

Trató de ir a estudiar al seminario pero su intelecto era romo y duro, y no lograba aprender nada. Los profesores exclamaban: "Es muy buena persona, pero no sirve para estudiante No se le queda nada". Y lo echaron.

Se fue en peregrinación de muchos días hasta la tumba de San Francisco Regis, viajando de limosna, para pedirle a ese santo su ayuda para poder estudiar. Con la peregrinación no logró volverse más inteligente, pero adquirió valor para no dejarse desanimar por las dificultades.

El Padre Balley había fundado por su cuenta un pequeño seminario y allí recibió a Vianey. Al principio el sacerdote se desanimaba al ver que a este pobre muchacho no se le quedaba nada de lo que él le enseñaba Pero su conducta era tan excelente, y su criterio y su buena voluntad tan admirables que el buen Padre Balley dispuso hacer lo posible y lo imposible por hacerlo llegar al sacerdocio.

Después de prepararlo por tres años, dándole clases todos los días, el Padre Balley lo presentó a exámenes en el seminario. Fracaso total. No fue capaz de responder a las preguntas que esos profesores tan sabios le iban haciendo. Resultado: negativa total a que fuera ordenado de sacerdote

Su gran benefactor, el Padre Balley, lo siguió instruyendo y lo llevó a donde sacerdotes santos y les pidió que examinaran si este joven estaba preparado para ser un buen sacerdote. Ellos se dieron cuenta de que tenía buen criterio, que sabía resolver problemas de conciencia, y que era seguro en sus apreciaciones en lo moral, y varios de ellos se fueron a recomendarlo al Sr. Obispo. El prelado al oír todas estas cosas les preguntó: ¿El joven Vianey es de buena conducta? - Ellos le repondieron: "Es excelente persona. Es un modelo de comportamiento. Es el seminarista menos sabio, pero el más santo" "Pues si así es - añadió el prelado - que sea ordenado de sacerdote, pues aunque le falte ciencia, con tal de que tenga santidad, Dios suplirá lo demás".

Y así el 12 de agosto de 1815, fue ordenado sacerdote, este joven que parecía tener menos inteligencia de la necesaria para este oficio, y que luego llegó a ser el más famoso párroco de su siglo (4 días después de su ordenación, nació San Juan Bosco). Los primeros tres años los pasó como vicepárroco del Padre Balley, su gran amigo y admirador.

Unos curitas muy sabios habían dicho por burla: "El Sr. Obispo lo ordenó de sacerdote, pero ahora se va a encartar con él, porque ¿a dónde lo va a enviar, que haga un buen papel?".


Y el 9 de febrero de 1818 fue envaido a la parroquia más pobre e infeliz. Se llamaba Ars. Tenía 370 habitantes. A misa los domingos no asistían sino un hombre y algunas mujeres. Su antecesor dejó escrito: "Las gentes de esta parroquia en lo único en que se diferecian de los ancianos, es en que ... están bautizadas". El pueblucho estaba lleno de cantinas y de bailaderos. Allí estará Juan Vianey de párroco durante 41 años, hasta su muerte, y lo transformará todo.

El nuevo Cura Párroco de Ars se propuso un método triple para cambiar a las gentes de su desarrapada parroquia. Rezar mucho. Sacrificarse lo más posible, y hablar fuerte y duro. ¿Qué en Ars casi nadie iba a la Misa? Pues él reemplazaba esa falta de asistencia, dedicando horas y más horas a la oración ante el Santísimo Sacramento en el altar. ¿Qué el pueblo estaba lleno de cantinas y bailaderos? Pues el párroco se dedicó a las más impresionantes penitencias para convertirlos. Durante años solamente se alimentará cada día con unas pocas papas cocinadas. Los lunes cocina una docena y media de papas, que le duran hasta el jueves. Y en ese día hará otro cocinado igual con lo cual se alimentará hasta el domingo. Es verdad que por las noches las cantinas y los bailaderos están repletos de gentes de su parroquia, pero también es verdad que él pasa muchas horas de cada noche rezando por ellos. ¿Y sus sermones? Ah, ahí si que enfoca toda la artillería de sus palabras contra los vicios de sus feligreses, y va demoliendo sin compasión todas las trampas con las que el diablo quiere perderlos.

Cuando el Padre Vianey empieza a volverse famoso muchas gentes se dedican a criticarlo. El Sr. Obispo envía un visitador a que oiga sus sermones, y le diga que cualidades y defectos tiene este predicador. El enviado vuelve trayendo noticias malas y buenas.

El prelado le pregunta: "¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey? - Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo". - ¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones? - pregunta Monseñor-. "Si, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes".

El Obispo satisfecho y sonriente exclamó: "Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos".

Los primeros años de su sacerdocio, duraba tres o más horas leyendo y estudiando, para preparar su sermón del domingo. Luego escribía. Durante otras tres o más horas paseaba por el campo recitándole su sermón a los árboles y al ganado, para tratar de aprenderlo. Después se arrodillaba por horas y horas ante el Santísimo Sacramento en el altar, encomendándo al Señor lo que iba decir al pueblo. Y sucedió muchas veces que al empezar a predicar se le olvidaba todo lo que había preparado, pero lo que le decía al pueblo causaba impresionantes conversiones. Es que se había preparado bien antes de predicar.

Pocos santos han tenido que entablar luchas tan tremendas contra el demonio como San Juan Vianey. El diablo no podía ocultar su canalla rabia al ver cuantas almas le quitaba este curita tan sencillo. Y lo atacaba sin compasión. Lo derribaba de la cama. Y hasta trató de prenderle fuego a su habitación . Lo despertaba con ruidos espantosos. Una vez le gritó: "Faldinegro odiado. Agradézcale a esa que llaman Virgen María, y si no ya me lo habría llevado al abismo".

Un día en una misión en un pueblo, varios sacerdotes jovenes dijeron que eso de las apariciones del demonio eran puros cuentos del Padre Vianey. El párroco los invitó a que fueran a dormir en el dormitorio donde iba a pasar la noche el famoso padrecito. Y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos huyendo en pijama hacia el patio y no se atrevieron a volver a entrar al dormitorio ni a volver a burlarse del santo cura. Pero él lo tomaba con toda calma y con humor y decía: "Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros que ahora parecemos dos compinches". Pero no dejaba de quitarle almas y más almas al maldito Satanás.

Cuando concedieron el permiso para que lo ordenaran sacerdote, escribieron: "Que sea sacerdote, pero que no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio". Pues bien: ese fue su oficio durante toda la vida, y lo hizo mejor que los que sí tenían mucha ciencia e inteligencia. Porque en esto lo que vale son las iluminaciones del Espíritu Santo, y no nuestra vana ciencia que nos infla y nos llena de tonto orgullo.

Tenía que pasar 12 horas diarias en el confesionario durante el invierno y 16 durante el verano. Para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación. Y en el confesionario conseguía conversiones impresionantes.

Desde 1830 hasta 1845 llegaron 300 personas cada día a Ars, de distintas regiones de Francia a confesarse con el humilde sacerdote Vianey. El último año de su vida los peregrinos que llegaron a Ars fueron 100 mil. Junto a la casa cural había varios hoteles donde se hospedaban los que iban a confesarse.

A las 12 de la noche se levantaba el santo sacerdote. Luego hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes era de más de una cuadra de larga. Confesaba hombres hasta las seis de la mañana. Poco después de las seis empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse a la Santa Misa. A las siete celebraba el santo oficio. En los últimos años el Obispo logró que a las ocho de la mañana se tomara una taza de leche.

De ocho a once confesaba mujeres. A las 11 daba una clase de catecismo para todas las personas que estuvieran ahí en el templo. Eran palabras muy sencillas que le hacían inmenso bien a los oyentes.

A las doce iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas que la gente había traido. Por la calle la gente lo rodeaba con gran veneración y le hacían consultas.

De una y media hasta las seis seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves. Pero a muchos les leía los pecados en su pensamiento y les decía los pecados que se les habían quedado sin decir. Era fuerte en combatir la borrachera y otros vicios.

En el confesionario sufría mareos y a ratos le parecía que se iba a congelar de frío en el invierno y en verano sudaba copiosamente. Pero seguía confesando como si nada estuviera sufriendo. Decía: "El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo". Pero ahí era donde conseguía sus grandes triunfos en favor de las almas.

Por la noche leía un rato, y a las ocho se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando.

Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre a misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a misa. Se cerraron muchas cantinas y bailaderos.

En Ars todos se sentían santamente orgullosos de tener un párroco tan santo. Cuando él llegó a esa parroquia la gente trabajaba en domingo y cosechaba poco. Logró poco a poco que nadie trabajara en los campos los domingos y las cosechas se volvieron mucho mejores.

Siempre se creía un miserable pecador. Jamás hablaba de sus obras o éxitos obtenidos. A un hombre que lo insultó en la calle le escribió una carta humildísima pidiendole perdón por todo, como si el hubiera sido quién hubiera ofendido al otro. El obispo le envió un distintivo elegante de canónigo y nunca se lo quiso poner. El gobierno nacional le concedió una condecoración y él no se la quiso colocar. Decía con humor: "Es el colmo: el gobierno condecorando a un cobarde que desertó del ejército". Y Dios premió su humildad con admirables milagros.

El 4 de agosto de 1859 pasó a recibir su premio en la eternidad.


DESDE MI CALLE



SABIDURIA Y JUVENTUD


El expresidente Zapatero, medio en broma, medio en serio, le llegó a decir más de una vez al exministro Solbes que era un "abuelo". Como si eso de ser abuelo fuera un defecto, como tampoco una virtud, ni un mérito, sino simplemente una circunstancia sobrevenida del simple paso del tiempo y de que la naturaleza actúa por sí misma. Lo cierto es que el expresidente le llamaba "abuelo" cuando Solbes le advertía que no se podía gastar en determinadas cosas y que no convenía sacar de donde no había. Pero el expresidente insistía y seguía en sus trece, y el "abuelo", aunque no era ningún gurú de la economía, se lo recriminaba, pero con poco éxito. Y es que el expresidente sabría de la cosa de la política, pero de economía no tanto. Algún periodista le sorprendió, al comienzo de su legislatura, escuchando a un destacado barón de su partido -que no era el "abuelo" precisamente- que le decía que eso de la economía era cosa fácil, y que se lo explicaba todo en dos días. Y con ese bagaje tan ilustrado tomó controvertidas decisiones, como la de ignorar o hacer que ignoraba la crisis que se nos venía encima, hablar de brotes verdes cuando no había más que cactus, o utilizar términos eufemísticos como el de la gradual desaceleración. Y el "abuelo" dejó el ministerio, o se lo hicieron dejar. 

Viene esto a cuento de esa marea de eslóganes que se están prodigando últimamente, a propósito de la juventud que impera en algunos líderes de determinados partidos políticos, y que parecen pregonar que deben ser exclusivamente los jóvenes quienes saquen al país del pozo. Bueno es que las nuevas generaciones vayan cogiendo la batuta de mando, y a ser posible con aires renovados, con la frescura propia de quienes aún no han sido tentados por la serpiente del poder, pero ojo con menospreciar a quienes saben mucho de la cosa, a quienes están de vuelta de casi todo. Mejor escuchar a quienes han estado cerca del dragón de siete cabezas y gozan de cierta sabiduría, antes de decidir internarse por sendas que luego se vean obligados a desandar. Porque una cosa es fulminar a quienes han metido la cuchara en el puchero, sin venir a cuento, y otra muy distinta hacer caso omiso de aquellos que les podrían dar lecciones, no de dos días, sino de bastantes años de experiencias vividas en empresas o ministerios. Porque, aunque la frescura de la juventud no se lo deje ver, lo cierto es que nunca sobra la sabiduría, el tiempo y la energía, sino que son herramientas útiles para evitar caer en el desafuero o para salir del laberinto si es que llega a caerse en él. 

Claro que nunca podrá evitarse que haya alguien que diga que Obama, Merkel, Putin u Hollande, que andan alrededor de los sesenta tacos, son unos yayo flautas, o que dirigen los destinos de países de medio pelo como EE UU, Alemania, Rusia o Francia y que, por tanto, no deben ser tomados como referencia. A algún otro le gustará presumir de ser progresista, mientras se mira en el espejo del populismo. Y no faltará quien se olvide que lo que necesita este país son profundas reformas estructurales y no carnés de identidad con más o menos años. Ante este ditirambo de opiniones alguien, incluso, puede olvidarse de la realidad y atreverse a poner al frente de algún ministerio a algún inexperto alevín, cuyo único bagaje sea el de haber militado en las juventudes de su partido desde su más tierna infancia. 

Aunque es muy loable aspirar a tener el comportamiento de un moralista no hay que dejarse obcecar por la vanidad de la virtud y mucho menos llegar a tener la personalidad de un megalómano con ansia indomable de protagonismo, algo que, por cierto, abunda hoy en día en nuestros actuales gobernantes.

DESDE MI CALLE, que sigue siendo la calle de todos

viernes, 1 de agosto de 2014

PASTORAL. SANTO DEL DIA


SAN EUSEBIO DE VERCELLI

Obispo, nacido en la isla de Cerdeña a finales del siglo III. Murió, probablemente, en Vercelli (Italia), en el año 371. En el Martirologio romano figura como mártir, pero son varios los historiadores que lo niegan.
La persecución volvía a sacudir violentamente a la Iglesia. Constancio, por caminos de sangre, se había hecho dueño absoluto del Imperio romano; y quería también imponer en ella su voluntad.
Ganado a la herejía arriana por su esposa, declarábase adicto a la impiedad, con el mismo tesón con que su padre, Constantino, defendiera a la Iglesia recién salida de su bautismo de sangre.
Eusebio de Vercelli, es, sin duda, una de las más brillantes figuras del orden episcopal; y ha pasado a la historia como uno de los más celosos y fuertes defensores de la fe católica, contra la violencia impetuosa de la primera gran herejía que conoció la Iglesia: el arrianismo, que negaba la divinidad de Jesucristo.
Clérigo dotado de vivo ingenio y generoso y noble corazón, residía en Roma ejerciendo sus ministerios, respetado y venerado por todos. Y aconteció que, habiendo vacado la sede episcopal de Vercelli, ciudad comprendida hoy en el Piamonte, y conociendo sus moradores las grandes virtudes de Eusebio, fue proclamado por todo el clero y pueblo Obispo de la Diócesis.
Los arrianos fueron solamente quienes lamentaron su consagración episcopal.
El nuevo Prelado vivía comunitariamente con su clero, llevando una vida parecida a la de los monjes del desierto. Se ocupaban en la oración, el estudio y el trabajo manual. El fue el primero que reunió, en Italia, la vida monástica y la clerical.
Su casa era como un pequeño seminario, de donde salieron ilustres sacerdotes y obispos.
Pero el arrianismo, después de asolar casi toda la Iglesia oriental, había penetrado hasta Occidente; y no satisfecho Eusebio con mantener a sus ovejas en la firmeza de la fe católica, no cesaba de declararse contra el error, por cuyo motivo era considerado como uno de los más temibles enemigos de la herejía.
Afligido el Papa Liberio por las sangrientas disputas que turbaban la paz y la tranquilidad de la Iglesia, pensó en la reunión de un Concilio, pidiendo a Eusebio interpusiera su autoridad ante el emperador para lograr de él la convocación. Asimismo, el Pontífice le suplicaba que juntamente con sus legados presidiera la Asamblea.
Eusebio, sin considerar el riesgo a que exponía su vida, con su celo y elocuencia consiguió del emperador la convocación en Milán para fines del año 355. Reunido el sínodo con la asistencia de gran número de obispos arrianos, Eusebio tuvo la valentía de proponer que antes que nada se suscribiera el Símbolo de Nicea, lo que era equivalente a obligar a todos los asistentes a hacer profesión de fe católica.
Opusiéronse enseguida a ello los arrianos, y el emperador, que asistía a la asamblea, intentó obligar por la fuerza a los obispos católicos a que firmaran un documento en el que se condenaba a San Atanasio, el heroico defensor de las verdades definidas en el concilio de Nicea. Y aunque algunos débiles, por cobardía, condescendieron, revestido Eusebio de la fortaleza del apóstol, resistió junto con los legados papales a tan injusta pretensión. Ofendido el emperador por esta intransigencia, mandó fueran enviados al exilio.
Grandes fueron las penalidades vividas resignadamente por el Obispo Eusebio a través de su largo destierro.
En Scitópolis, cayó en manos de uno de los hombres más crueles del arrianismo, llegando al extremo de no suministrarle cosa alguna de alimento durante varios días. Pero los adeptos y fieles hijos de Vercelli, expusieron su vida, haciendo llegar a su amado pastor limosnas para aliviar sus necesidades, así como cartas llenas de filial afecto. Enterados de ello los arrianos, recrudecieron los castigos y los malos tratos.
Muerto Constancio, el nuevo emperador Juliano el Apóstata concedió a los obispos el derecho de regresar del destierro y a sus respectivas sedes.
Entonces es cuando empieza para Eusebio una nueva etapa gloriosa. Comisionado por el Papa, visita las iglesias de Oriente en las cuales la herejía había hecho grandes estragos. En todas ellas el sabio Obispo deja las huellas de su celo apostólico; prepara y ordena sacerdotes y obispos capaces de defender la ortodoxia y atacar el error.
Concluida esta difícil expedición, de la cual consiguió positivos resultados, por su tenacidad, competencia y sacrificios, emprende el ansiado retorno a su querida diócesis de Vercelli, donde es recibido como el gran defensor de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.

DESDE MI CALLE


EL PODER DEL LIDER


La adhesión ciega a un líder es una tendencia instintiva que hay que evitar a golpe de razonamiento. Nuestro cerebro perezoso tiende a ahorrar energía, y los "-ismos", detrás de un nombre o de una ideología, ahorran el esfuerzo de investigar, estudiar, analizar y extraer conclusiones propias sobre la cosa pública. La vida ya es bastante complicada y nos pide bastantes esfuerzos al cabo del día. Además, la historia de la humanidad es una historia de caudillajes y dominaciones; tal vez llevemos un gen que nos predispone a identificar a un "macho alfa" y a obedecerle. Y siempre hay unos cuantos espabilados que lo aprovechan. 

El peligro de la ciega adhesión es doble. Por un lado, nos impide ver los defectos del líder, sus errores y sus maldades, si se da el caso. Por el otro, cuando el líder nos falla el disgusto es terrible, semejante a un engaño amoroso, porque es amor lo que hemos proyectado en él. Estos días, muchos PUJOLISTAS ponen la misma cara que si su pareja les hubiera confesado un largo adulterio. Dicen que el engañado es siempre el último en saberlo, porque sus ojos no quieren ver. 

Para evitar tales disgustos hay que ser más exigente con nuestro cerebro y no dejar que haga el vago. Tampoco en sentido contrario: desentenderse de todo porque "todos son iguales" no soluciona nada, y facilita que los avispados corten el bacalao sin oposición. La actitud necesaria es la sana desconfianza. Tener presente lo que dicen los curas: todos somos pecadores. O lo que dice la Internacional: "no hay salvadores supremos". 

Por lo tanto, si nadie es perfecto, todos somos pecadores y no hay salvadores supremos, debemos poner los "-ismos" en remojo y adoptar hacia nuestros políticos y gobernantes una actitud que combine el apoyo y la más estricta vigilancia. Apoyo, porque nos interesa objetivamente que puedan hacer su trabajo bien hecho. Y vigilancia, porque quien evita la ocasión evita la tentación. Aunque sean las más bellas personas del mundo, si no les quitamos los ojos de encima lo tendrán más fácil para seguir siéndolo. 

El conseller convergente Santi Vila lo ha dicho muy claro: del drama de estos días hay que aprender a "no idealizar más ningún tipo de liderazgo político, y menos aún los mesiánicos". Si ve un aspirante a mesías, eche a correr. Por si acaso.

¿Están nuestros lideres a la altura que, como tales, deberían ejercer ése liderato?

DESDE MI CALLE, que sigue siendo la calle de todos.


jueves, 31 de julio de 2014

PASTORAL. SANTO DEL DIA


ALFONSO MARIA DE LIGORIO


Alfonso María de Ligorio, escritor, poeta, músico, obispo, doctor de la Iglesia, y patrono de los moralistas, nació en Marianella, cerca de Nápoles, el 27 de Diciembre de 1696. Era el primogénito de los ocho hijos nacidos del noble José de Ligorio y Ana María Catalina Cavalieri.

Dedicado de pequeño al estudio, adquirió el dominio del toscano, el latín, el griego, el francés (lengua usual de la sociedad civil) y del español (lengua de estado). Aprendió filosofía (que entonces comprendía también las ciencias matemáticas), equitación, esgrima, música, dibujo, pintura y hasta arquitectura. Con una precocidad increíble, a los 12 años Alfonso había terminado sus estudios secundarios, y se había inscrito en la facultad de jurisprudencia de Nápoles.

En 1715 ingresó en la Cofradía de los Doctores y se dedicó a la asistencia de los enfermos más pobres internados en el hospital de Nápoles, Santa María del Pueblo, siniestramente llamado "de incurables".

Alfonso ejerció la abogacía con arrolladores y continuos éxitos. Pero al décimo año de su experiencia en tribunales, paso una durísima prueba y maduró en el la elección por la vida sacerdotal.

El 27 de Agosto de 1723 delante de la imagen de la Virgen prometió consagrarse al servicio exclusivo de Dios y de los necesitados, y de convertirse al sacerdocio. A los treinta años cumplidos, el 21 de Diciembre de 1726, recibió la ordenación sacerdotal.

Se insertó inmediatamente y a tiempo completo en la actividad pastoral de la diócesis de Nápoles en favor de la gente de los montes y del campo, compartiendo con ellos las incomodidades.

En el verano de 1730 en Scala, un pequeño pueblo de Salernitano, en los coloquios tenidos con Sor María Celeste Crostrarosa, San Alfonso maduró la convicción de ser llamado por Dios para fundar una congregación de sacerdotes y laicos para la evangelización y salvación de los más pobres.

El nacimiento oficial y solemne de la Congregación del Santísimo Redentor tuvo lugar en Scala el 11 de Noviembre de 1732. El 25 de febrero de 1749 fue aprobado conjuntamente con la regla de Benito XIV, quien hacia el año 1750 compuso una gramática Italiana.

Como escritor, Alfonso era popular. Publicó ciento once obras, entre grandes y pequeñas, algunas de las cuales han alcanzado decenas de ediciones, como las visitas al SS., Las Máximas Eternas, La Práctica de Amar a Jesucristo. Su obra más bonita son las Glorias de María, que registró una de las mayores tiradas entre las obras marianas de todos los tiempos, un millar de ediciones en 1750.

Además de escritor y pintor fue un valiosísimo músico. Su canción más célebre, rica en auténticos valores espirituales y poéticos es «Tú Bajas de las Estrellas», un canto navideño compuesto y musicalizado en 1755 durante la predicación de una misión.

Fue nombrado obispo por el Papa Clemente XIII el 9 de Marzo de 1762. Su ordenación episcopal fue el 20 de Junio en la Iglesia de Sta. María, en Minerva. Como obispo se mostró cuidadoso, atento y paternal con los pobres y los seminaristas, en quienes veía prolongar la acción de la Salvación de Cristo.

En el 1772, elegido Papa Clemente XIV, San Alfonso pidió ser exonerado de la dignidad episcopal con motivo de su avanzada edad y de la artrosis cervical que lo había afectado. En el 1775 Pio VI no pudo negarle la solicitud de su renuncia porque ya el santo se encontraba en una situación que daba lástima, medio ciego y sordo, tan oprimido por tantas enfermedades que ya no parecía más ser un hombre. Murió serenamente el 1 de Agosto de 1787.

miércoles, 30 de julio de 2014

PASTORAL: SANTO DEL DIA


SAN IGNACIO DE LOYOLA

Su nombre era Iñigo López de Loyola, que cambió entre 1537 y 1542 por el de Ignacio «por ser más universal», o «más común a las otras naciones». Según la tradición, fue el último de los ocho hijos varones de Beltrán Ibáñez de Oñaz, señor de Loyola, y Marina Sánchez de Licona.

I. INICIOS
ignaciobiografia1Sobre su fecha de nacimiento oscilaron las opiniones de los contemporáneos. En su epitafio, tras seria deliberación, se fijó su muerte a los 65 años de edad, lo que equivalía a decir que había nacido en 1491. Nada cierto se sabe sobre su primera educación familiar. Su padre debió de fallecer antes de 1506; su madre, poco después de otorgar testamento el 23 octubre 1507. Por estos años, el joven Iñigo se incorporó en Arévalo (Ávila) a la familia del contador mayor [ministro de Hacienda] de los reyes, Juan Velázquez de Cuéllar. Allí pasó unos diez años, en los cuales tuvo ocasión de acompañar al contador durante sus viajes a la corte y otros lugares. Con los libros de su protector pudo adquirir una cierta cultura y perfeccionar su escritura, que le mereció ser considerado «muy buen escribano». Tras la caída en desgracia y sucesiva muerte de Velázquez de Cuéllar en 1517, su viuda, María de Velasco, se preocupó del porvenir de Iñigo y le dio 500 escudos y dos caballos, para poder dirigirse a Navarra y servir como gentilhombre al virrey, Antonio Manrique de Lara, duque de Nájera. Allí dio muestras de hombre «ingenioso y prudente en las cosas del mundo» y de tener «grande y noble ánimo y liberal», como escribió Juan Alfonso Polanco, sobre todo en dos ocasiones: cuando ayudó a la pacificación de algunas villas de Guipúzcoa, divididas por el nombramiento de Cristóbal Vázquez de Acuña como corregidor, y cuando la villa de Nájera se sublevó contra su señor durante la rebelión de las Comunidades (1520-1522). 

Tomó parte en la defensa de Pamplona al ser atacada (1521) por el ejército francés. Incitó a sus compañeros de armas a resistir en el castillo, pero fue herido por una bala que le rompió una pierna y le lesionó la otra. Desde Niccolo Orlandini, la tradición ha situado la providencial herida en el 20 mayo 1521, lunes de Pentecostés. La rendición del castillo se produjo el 23 ó 24 del mismo mes. La herida de Iñigo fue grave, como consta por la deposición del alcaide del castillo, Miguel de Berrera. Tras las primeras curas, practicadas por los franceses, fue llevado por sus paisanos a su casa de Loyola, donde sufrió una dolorosa operación, soportada con gran fortaleza. Su estado fue empeorando y el 28 junio fue el día crítico, pero aquella misma noche empezó a mejorar. Una vez repuesto, quiso que le cortasen un hueso de la pierna, que le habría impedido calzarse una bota «muy justa y muy polida» que deseaba llevar.

II. CONVERSIÓN y PEREGRINACIONES (1521-1524)

ignaciobiografia2Durante su convalecencia pidió que le diesen libros de caballerías para entretenerse, pero al no encontrarse en la casa, le dieron a leer la Vida de Cristo por el cartujo Ludolfo de Sajonia, traducida al español por Ambrosio Montesino y publicada en Alcalá hacia 1502 o 1503. También le ofrecieron el Flos Sanctorum de Jacobo de Varazze, en una traducción prologada por el cisterciense Gauberto Maria Vagad. La lectura de estos libros le provocó una lucha interior que le abrió el paso a su conversión, a través de la discreción de espíritus. Se dio cuenta de que, cuando se entretenía en pensamientos mundanos, entre los que dominaban los servicios que podría hacer en favor de una dama innominada, encontraba gusto en ellos, pero después se sentía árido y descontento; mientras que cuando pensaba en imitar a los santos, cuyas vidas estaba leyendo, no sólo se consolaba con estos pensamientos, sino que después de dejados, quedaba contento y alegre. La pregunta que se hacía a sí mismo era: «¿Qué sería si yo hiciese lo que hicieron Santo Domingo y San Francisco? y se proponía: ¿Santo Domingo hizo ésto? Pues yo lo tengo de hacer. ¿San Francisco hizo ésto? Pues yo lo tengo de hacer.» Decidió romper con su vida pasada y empezar una nueva. Su primer propósito fue realizar una peregrinación a Jerusalén. Para imitar a los santos se daría a largas oraciones y penitencias.
Rompiendo la resistencia que le opuso su hermano mayor, salió de Loyola en febrero 1522, con el plan de dirigirse a Barcelona y de allí a Roma, para procurarse el necesario permiso del Papa en orden a su peregrinación. Se detuvo en el santuario mariano de Aránzazu, donde probablemente hizo voto de castidad. Él nos dice que este voto lo hizo en el camino hacia Montserrat, donde se preparó por un tiempo a una confesión general, que duró tres días, y a la vela de armas, que realizó ante la imagen de la Virgen morena en la noche del 24 al 25 marzo 1522.

El 25 marzo «en amaneciendo, partió por no ser conocido, y se fue, no el camino derecho de Barcelona, donde hallaría muchos que le conociesen y le honrasen, mas desvióse a un pueblo, que se dice Manresa». Su idea era quedarse en Manresa algunos días en un hospital y anotar algunas cosas en un libro «que él llevaba muy guardado y con el que iba muy consolado»- De hecho, su estancia en Manresa se prolongó unos once meses, y puede dividirse en tres períodos: uno de calma casi en un mismo estado interior; el segundo, de terribles luchas interiores, dudas y escrúpulos acerca pasadas, con tentaciones de suicidio; el tercero consolaciones e ilustraciones divinas, que tuvieron por objeto el misterio de la Eucaristía y otros. Por efecto de estas luces llegó a decir que, aunque no hubiese la Sgda. Escritura, él creería en los artículos de la fe solamente por la luz que había recibido en Manresa. La más extraordinaria de estas gracias fue la que suele llamarse “eximia ilustración”, que recibió a orillas del río Cardoner, una vez que se dirigía al monasterio de San Pablo. No precisó a su confidente, el P. Luis Gonçalves da Càmara lo que allí se le comunicó, pero sí que desde aquel momento “Le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto que tenía antes". Añadió que, si juntase todas las ayudas que había recibido de Dios hasta entonces (en 1555), «no le parece haber alcanzado tanto como de aquella vez sola». A esta ilustración aludía, con toda probabilidad, al fin de su vida cuando, al ser preguntado por algunas cosas introducidas en la CJ, se refería a «un negocio que pasó por mí en Manresa). Lo que allí vio, probablemente, fue el nuevo rumbo que había de imprimir a su vida: cambiar el ideal del peregrino solitario por el de trabajar en bien de las almas, con compañeros que quisiesen seguirle en la empresa. En este sentido deben entenderse las meditaciones del Reino y de las Banderas, de los Ejercicios, en las que Jerónimo Nadal vio una estrecha relación con el fin que se había de dar a la Compañía de Jesús. En este tiempo de Manresa hizo «cuanto a la substancia», según expresión de Diego Laínez, los Ejercicios Espirituales, que practicó antes de escribirlos. Como dice Polanco «después el uso y experiencia de muchas cosas le hizo más perfeccionar su primera invención; que, como mucho labraron en su misma ánima, así él deseaba con ellos ayudar a otras personas”.

En febrero 1523 dejó Manresa para ir a Barcelona, desde donde, hacia el 20 marzo, se embarcó para Gaeta, para proseguir viaje a Roma. El documento pontificio concediéndole el permiso para peregrinar a Jerusalén lleva la fecha del 31 marzo 1523. Después de pasar en Roma la fiesta de Pascua (5 abril), el 13 ó el 14 emprendió el viaje a Venecia. Allí participó, junto con los demás peregrinos, en la procesión del día de Corpus. No teniendo dinero para pagarse el viaje a Jerusalén ni queriendo servirse de los buenos oficios del embajador de España, gracias a la recomendación de un español que le había socorrido a su llegada a Venecia, tuvo una audiencia con el dux Andrea Gritti, quien mandó que fuese admitido en el barco que llevaba a Chipre al nuevo embajador de la Serenísima. De la peregrinación a Jerusalén se tienen detalles, además de los consignados por Iñigo en sus memorias, por las relaciones escritas por dos de sus compañeros: el zuriqués Meter Füssly y el estrasburgués Philipp Hagen. Embarcándose en Venecia el 14 de julio de 1523, llegaron a Jerusalén el 4 de septiembre. Iñigo siguió a sus compañeros en la visita a los Santos Lugares. Pero su intención secreta era quedarse allí establemente, en parte para satisfacer a su devoción y en parte para ejercitar su apostolado con sus habitantes. Con todo, el provincial de los franciscanos, encargados de la Custodia de la Tierra Santa, se opuso tenazmente a aquel proyecto por el peligro que corría la seguridad personal de los forasteros en la región. Iñigo se vio, pues, forzado a renunciar a su sueño y emprender el viaje de vuelta. Salió de Jerusalén el 23 de septiembre y, tras muchas peripecias, llegó a Venecia a mediados de enero de 1524.

III. ESTUDIOS (1524-1535)

Durante todo el viaje estuvo pensando qué haría en adelante. Su decisión fue estudiar en Manresa, bajo la dirección de un monje cisterciense del monasterio de San Pablo, pero cuando fue a visitarlo, se enteró de que había muerto. Se instaló entonces en Barcelona, donde una bienhechora, Isabel Roser, se comprometió a cuidar de su sustento, y un maestro de gramática, el bachiller Jerónimo Ardévol, a enseñarle gratis. Así, a sus 33 años, empezó a estudiar latín. Tropezó con una dificultad, que resolvió con el recurso al discernimiento espiritual. Cuando se ponía a estudiar, le venían grandes ilustraciones espirituales que, al estorbarle en el estudio, vio que no procedían del buen espíritu. Prometió, entonces, en la iglesia de Santa María del Mar, a su maestro que asistiría a sus lecciones por dos años, mientras encontrase pan y agua para sustentarse. Con esta reacción eficaz venció aquella tentación contra sus estudios. Sin embargo, no pudo menos de dar desahogo a su celo, conversando con personas espirituales y dando los ejercicios a algunas de ellas. Además, reunió a sus tres primeros compañeros, que le siguieron a Alcalá y Salamanca.

ignaciobiografia3Pasados dos años, siguió el consejo de su maestro y se trasladó a Alcalá para cursar la filosofía. Estuvo en la ciudad desde marzo 1526 a junio 1527, dedicado más a sus actividades apostólicas que al estudio. Dio a algunas personas los Ejercicios leves, según las normas de la anotación 18º del libro. El extraño modo de vestir que él y sus compañeros usaban y sus reuniones para hablar de cosas espirituales, infundieron sospechas en las autoridades eclesiásticas, precavidas contra las desviaciones de los alumbrados de la región. Se le hicieron tres procesos. En el primero, los inquisidores interrogaron a algunos testigos, tras lo cual dejaron la causa en manos del vicario diocesano en Alcalá, Juan Rodríguez de Figueroa. Este impuso a Iñigo y a sus compañeros que tiñesen sus vestidos. Pasando adelante en los interrogatorios, fue encarcelado por espacio de cuarenta y dos días. El 1 junio 1527 se dio la sentencia, por la que se les mandaba que cambiasen sus vestidos por los ordinarios de los estudiantes y que no enseñasen a nadie los mandamientos ni otras cosas de la fe católica, hasta haber estudiado tres años cumplidos. Viendo que se le impedía ayudar a las almas, decidió seguir sus estudios en Salamanca, donde encontró las mismas dificultades. Sus conversaciones espirituales suscitaron sospechas entre los dominicos del convento de San Esteban, que le sometieron a interrogatorio: hablar de cosas de Dios sólo podía hacerlo quien hubiese estudiado o quien recibiese luz especial del Espíritu Santo. Iñigo no había estudiado, luego hablaba por el Espíritu; y esto es lo que a ellos les hacía sospechar. Si en Alcalá había prevención contra los alumbrados, en Salamanca la había contra el movimiento erasmista. Iñigo y Calixto de Sa, su compañero, fueron puestos en la cárcel durante un proceso que llevó adelante el bachiller Sancho Gómez de Frías. A éste dio Iñigo «todos sus papeles, que eran los Ejercicios», para que los examinase. El punto más delicado en el que se fijaron los jueces fue el de la distinción entre pecado mortal y pecado venial. La duda fue la misma que en Alcalá: ¿cómo podía hablar de aquellas materias sin haber estudiado? A los veintidós días de cárcel, se les comunicó la sentencia: no había nada contra su vida o doctrina, pero se les ordenó que no declarasen si una cosa era pecado mortal o venial hasta después de haber estudiado cuatro años. La sentencia, pues, recalcaba la de Alcalá. Quedó libre, pero viendo que se le cerraban las puertas para el apostolado, se determinó ir a París para proseguir sus estudios.

Llegó a París el 2 febrero 1528 y decidió repetir los estudios de humanidades en el colegio de Montaigu. Para su alojamiento escogió el hospicio de Santiago, destinado a los peregrinos de Compostela, pero, a causa de la distancia del colegio, tuvo que procurarse otra habitación. Pensó ponerse al servicio de algún profesor, pero no lo halló. Decidió entonces ir cada año a Flandes a pedir ayuda económica a los mercaderes españoles de Brujas y Amberes. Estos viajes los hizo en 1529, 1530 y 1531. 
Este último año fue a Londres, volviendo con más dinero que otras veces. Con lo que recaudaba, podía no sólo proveer a su mantenimiento, sino aun ayudar a otros estudiantes.
Al regreso del primero de estos viajes intensificó sus conversaciones espirituales y dio los ejercicios a tres estudiantes, que cambiaron totalmente su vida. Esto disgustó al rector del colegio de Santa Bárbara, que amenazó a Iñigo con el castigo llamado la sala, consistente en azotar al castigado en una sala del colegio. Delatado al inquisidor Mateo Ory, Iñigo se presentó ante él, que le dijo que en efecto se le habían quejado sobre su conducta, pero que no pensaba imponerle ninguna sanción. Cursó la filosofía en el colegio de Santa Bárbara, donde tuvo como compañeros al saboyano Pedro Fabro y al navarro Francisco Javier. Maestro de todos ellos era Juan Peña, de la diócesis de Sigüenza. Los estudios filosóficos comprendían tres cursos: los dos primeros trataban las súmulas y la lógica, el tercero la física, metafísica y ética de Aristóteles. Iñigo obtuvo el grado de bachiller en Artes en 1532, el de licenciado en 1533 y el de maestro en 1535, aunque el diploma lleva la fecha de 14 marzo 1534, al estar datado al modo de París, donde el año comenzaba a partir del día de Pascua, que en 1534 cayó en el 5 abril. Estudió teología durante año y medio, teniendo que interrumpirla por motivos de salud.

IV. HACIA LA FUNDACIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS (1535-1540)

ignaciobiografia4Entre tanto se habían juntado con Iñigo los compañeros que habían de fundar con él la Compañía de Jesús. Todos ellos se proponían «servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo», como escribió Laínez, uno de ellos. Este plan se concretó en el voto de Montmartre, que pronunciaron el 15 agosto 1534 y lo renovaron el mismo día los dos años siguientes. En aquel voto prometieron vivir en pobreza y realizar una peregrinación a Jerusalén. Si esperado un año, la peregrinación resultase imposible, se ofrecerían al Papa, para que él los enviase allá donde juzgase más conveniente. Hubo un punto que dejaron en suspenso: si, una vez llegados a Jerusalén, permanecerían allí o regresarían. Por primera vez aparece en este voto la persona del Papa como vicario de Cristo.

Iñigo salió de París para su tierra natal a principios de abril. Al motivo de cuidar de su salud, se añadía el de visitar a los parientes de sus compañeros españoles, que no pensaban volver a su tierra, y resolver allí sus asuntos pendientes. Llegado a Azpeitia, estuvo tres meses, viviendo en el hospital, sin querer hospedarse en su casa de Loyola, a pesar de los ardientes ruegos de su hermano. Aprovechó aquella estancia para promover por todos los medios que pudo el bien espiritual y moral de sus paisanos. Hizo que se tocasen cada día las campanas de la parroquia y de las ermitas del término de Azpeitia para que al oírlas, todos rezasen un Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri por los que estuviesen en pecado mortal. Cortó los abusos del juego, los amancebamientos y uniones ilícitas. Promovió la creación de una obra para el socorro de los pobres vergonzantes. Logró poner fin a una larga controversia que oponía al clero y al patrono de la parroquia de Azpeitia con un convento de monjas de la Tercera Orden de san Francisco. Estando él allí y actuando como testigo, se firmó el 18 mayo 1538 un acuerdo entre las partes.

Iñigo salió de Azpeitia el 23 julio 1535 y se dirigió al pueblo de Obanos (Navarra), donde entregó una carta de Javier a un hermano suyo. Pasó a Almazán (Soria), y visitó al padre de Laínez. Otras etapas de su viaje fueron Sigüenza, Madrid y Toledo. En la cartuja de Vall de Cristo (Segorbe) visitó a su antiguo ejercitante de París, Juan de Castro. Prosiguió a Valencia, desde donde se embarcó para Italia. 
Pasó todo el año 1536 en Venecia, completando sus estudios teológicos y ejercitando el apostolado con conversaciones y Ejercicios. Allí vivió con las limosnas que le enviaron sus amigos de Barcelona y fue acogido en su casa por un señor «muy docto y bueno», que parece haber sido Andrea Lippomano, prior de la Trinidad. Mientras tanto, esperaba a sus compañeros que salieron de Paris el 15 de noviembre de 1536. Tras un viaje de cincuenta y cuatro días en medio de las inclemencias del invierno llegaron a Venecia el 8 enero 1537. Todos ellos, menos Ignacio, salieron el 16 marzo para Roma, a pedir permiso al Papa para peregrinar a la Tierra Santa. Lo obtuvieron el 27 abril, al mismo tiempo que la licencia para recibir las órdenes sagradas los no sacerdotes, de parte de cualquier obispo, aunque fuese fuera de las cuatro Témporas del año. El día de Corpus, 31 mayo, participaron en la procesión, junto con los demás peregrinos de Jerusalén. Pero este año no salió ningún barco con peregrinos, por los insistentes rumores de guerra con los turcos.

Ignacio y sus compañeros recibieron las órdenes de mano de Vicente Negusanti, obispo de Arbe (actual Rab, Croacia). Ignacio difirió la celebración de su primera misa año y medio, hasta la noche de Navidad de de 1538. Deseaba prepararse mejor para acto tan importante, aunque quería, además, celebrarlo en Belén o en otro de los lugares de la Tierra Santa. El grupo de compañeros tuvo que reconocer finalmente que la proyectada peregrinación era imposible y, en consecuencia, decidió ponerse a disposición del Papa. Pero antes de salir de Venecia Ignacio tuvo que resolver un caso judicial. Había sido acusado de ser un fugitivo de España y de París, perseguido por la Inquisición. El legado pontificio Verallo confió la causa a su vicario Gaspar de’Dotti, quien instituyó un proceso en toda regla, tras el cual pronunció una sentencia absolutoria, el 13 octubre 1537. Ignacio emprendió el viaje a Roma, con Fabro y Laínez, a fines de octubre. Durante todo el viaje experimentó muchos sentimientos espirituales, especialmente al recibir la comunión. Uno prevaleció sobre los demás: una gran confianza de que Dios les sería propicio en Roma. Al llegar a un lugar, llamado La Storta, a 16,5 kilómetros de Roma por la vía Cassia, tuvo una experiencia espiritual de excepcional trascendencia. Relata en su Autobiografía (n. 96) que "haciendo oración, tuvo tal mutación en su alma y ha visto tan claramente que el Padre le ponía con Cristo, su Hijo, que no sería capaz de dudar de que el Padre le ponía con su Hijo". Con esta expresión reveló la unión que desde entonces sintió con Cristo. Laínez completó estos datos, añadiendo que la visión fue trinitaria, y que en ella el Padre, dirigiéndose al Hijo, le decía: " Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo" y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: "Yo quiero que tú nos sirvas" (FontNarr 2:133). La idea del servicio divino, tan central en los ejercicios, recibía una confirmación definitiva. Aparte del influjo que ejerció en la vida interior de Ignacio, esta visión tuvo claras repercusiones en la fundación de la CJ, empezando por el nombre de la nueva Orden, un nombre que era todo un programa: ser compañeros de Jesús, alistados bajo su bandera, para emplearse en el servicio de Dios y bien de los prójimos.

En noviembre 1537, Ignacio entró definitivamente en Roma. Allí, mientras los otros compañeros se dedicaban a otras tareas apostólicas, él daba Ejercicios. Merecen señalarse los que dio en Montecassino al doctor Pedro Ortiz, durante la cuaresma de 1538. En este año tuvieron que sufrir los ataques de algunas personas influyentes, que esparcieron rumores contra su vida y doctrina, repitiendo la acusación de que eran fugitivos, ya procesados en otras ciudades por la Inquisición. La consecuencia fue que los fieles se iban alejando de ellos; pero el mayor peligro consistía en que, si las calumnias prosperaban, les sería imposible realizar los proyectos que iban madurando. Por eso Ignacio quiso firmemente que se instruyese un proceso formal, acabado con una sentencia. Procuró y obtuvo una audiencia del Papa en Frascati, que mandó al gobernador de Roma, encargado de la justicia, que instruyese un regular proceso. Fue providencial el por aquel tiempo coincidiesen en Roma todos aquellos que habían juzgado a Ignacio en Alcalá, París, principales del nuevo Instituto. Fueron aprobadas por los seis Padres presentes en Roma. Tras este paso, el 8 abril se procedió a la elección de su primer General, que recayó, por voto unánime, en Ignacio. Éste había dado el suyo a aquel que tuviese más votos. Conocida su elección, pidió que se repitiese después de una más madura reflexión. Pero la segunda votación, del día 13, arrojó el mismo resultado. Entonces, Ignacio pidió tiempo para deliberar, y puso el asunto en manos de su confesor, el franciscano Teodosio de Lodi, del convento de San Pedro in Montorio. Allí Ignacio, en una confesión que duró tres días, expuso a su confesor toda su vida y su estado presente, con enfermedades y miserias corporales. El franciscano fue de parecer que debía aceptar y, a petición de Ignacio redactó un informe escrito. Entonces, Ignacio aceptó la designación. Era el 19 abril. Tras la elección del General, el 22 del mismo mes hicieron todos los presentes la profesión en la basílica de San Pablo extramuros; los ausentes la hicieron en fechas y lugares diferentes. 

V. ACTIVIDAD EN ROMA COMO GENERAL (1540-1556) 

Salvo brevísimas ausencias, Ignacio permaneció en Roma el resto de su vida. Resumiendo su actividad durante el generalato, pueden distinguirse en él dos aspectos: su apostolado directo en la ciudad de Roma y su acción de gobierno de la Compañía de Jesús.

ignaciobiografia5En los quince años de su gobierno logró dar a la CJ una organización ejemplar, infundirle un espíritu y abrirle las puertas hacia un apostolado universal. Fue más hombre de acción que un especulativo. En la estructura que dio a la CJ introdujo novedades que chocaron con la mentalidad de su tiempo. 
No quiso tener hábito propio ni coro ni penitencias impuestas por regla ni tiempos determinados de oración para los jesuitas formados. Todo ello para que los jesuitas tuviesen aquella movilidad y disponibilidad que exigía su forma de vida y su proyecto apostólico. Por lo mismo, no admitió una rama femenina de la CJ ni quiso aceptar el cuidado habitual de religiosas sujetas a su obediencia. Tampoco admitió dignidades eclesiásticas o civiles.
Ignacio fue, a un mismo tiempo, un incansable hombre de acción y un ferviente contemplativo. Su más noble ideal fue promover la mayor gloria de Dios por todos los medios a su alcance. Como hombre de gobierno, dirigió a sus súbditos con prudencia y discreción. Amaba a todos con amor de padre, y todos se sentían amados por él. Puso un acento especial en la virtud de la obediencia, tanto como ejercicio de virtud, como por ser instrumento de cohesión y eficacia en la labor apostólica. En su vida personal fue un gran contemplativo, que experimentó especiales comunicaciones divinas. Su unión con Dios adquirió un tono más elevado en la celebración de la Misa, durante la cual fue dotado del don de lágrimas. A veces no podía celebrarla por la debilidad de su salud, a la que perjudicaban tan fuertes emociones.

Además del tiempo dedicado a la oración formal, practicaba y recomendaba a los demás el ejercicio de buscar a Dios en todas las cosas o, como escribió Nadal con frase feliz, fue "contemplativo en la acción". 

Su salud se resintió toda la vida de las ásperas penitencias practicadas después de su conversión. Siempre tuvo dolores de estómago; pero la autopsia, que le practicó el mismo día de su muerte el cirujano Realdo Colombo, demostró que su enfermedad consistía en una litiasis biliar, con reflejos que repercutían en el estómago. Murió en la madrugada del 31 julio 1556. Su cuerpo fue sepultado en la pequeña iglesia de Santa Maria de la Strada y, en sucesivas traslaciones, depositado en el actual altar dedicado a él en la iglesia del Gesù (Roma). 

Beatificado el 27 julio 1609 fue canonizado por Gregorio XV el 12 marzo 1622 junto con Francisco Javier, Teresa de Jesús, Isidro Labrador y Felipe Neri. Pío XI le nombró (1922) patrono de los Ejercicios Espirituales y de las obras que los promueven