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lunes, 4 de agosto de 2014
PASTORAL: SANTO DEL DIA
DESDE MI CALLE
PISAR LA CALLE
Se acabó el curso político, y como es habitual antes de comenzar las vacaciones, el presidente del Gobierno, por un lado, y el jefe de la oposición, por otro, hicieron respectivos balances de la situación, con análisis, en ambos lados, nada objetivos, triunfalista Rajoy y crítico y pesimista Pedro Sánchez, el nuevo secretario general del PSOE. Es lo que cabía esperar, es lo de siempre, sin más, que cada uno ve la realidad según el color con que se mira, y según los intereses de su partido.
Por su parte Rajoy, y dentro de su discurso favorito, volvió a la macroeconomía para pregonar una vez más la recuperación. Si bien no en el grado que se asegura desde el Gobierno, una tímida recuperación no se puede negar, aunque persiste una terrible desigualdad, haciendo que la terca realidad no concuerde tanto, ni en todos los aspectos. El tufo electoral de cara a los comicios del año que viene es más que evidente. Ahí está la bajada de impuestos y otras medidas fiscales, que poco van a repercutir para la mayoría, y aún habrá que ver lo que duran, pues una vez pasadas las elecciones generales del 2015, como el PIB no se haya conseguido incrementar notablemente o haya disminuido el gasto público - lo que es más difícil todavía, pues la clase política sigue firmemente decidida a no renunciar a nada de lo que ellos mismos se han otorgado tan generosamente - Bruselas impondrá nuevos recortes.
El líder socialista Pedro Sánchez se refirió a la dura situación en que se ha dejado a las clases trabajadora y media, y denunció el encastillamiento del presidente del Gobierno, expresando que su análisis no se corresponde con la dura realidad de la calle. El referirse, repetidamente, a que los miembros del Gobierno ni su presidente, no salen a la calle, es un pecado de omisión de todos los políticos, y que están ultilizando como ariete en el fondo y en la forma la nueva formación política de Pablo Iglesias, Podemos. Ni pisan la calle, ni hacen caso de lo que se dice de ellos en las redes sociales, ni en los diferentes foros de internet.
Somos muchos los que SI pisamos la calle, y a los que nos gustaría que también ellos, la clase política (clase o casta vienen a significar lo mismo) nos acompañen en nuestro recorrido por ella.
DESDE MI CALLE, la mía, que sigue siendo la calle de todos.
domingo, 3 de agosto de 2014
PASTORAL: SANTO DEL DIA
SAN JUAN VIANEY
Uno de los santos más populares en los últimos tiempos ha sido San Juan Vianey, llamado el santo Cura de Ars. En él se ha cumplido lo que dijo San Pablo: "Dios ha escogido lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir a los grandes"
Era un campesino de mente rústica, nacido en Dardilly, Francia, el 8 de mayo de 1786. Durante su infancia estalló la Revolución Francesa que persiguió ferozmente a la religión católica. Así que él y su familia, para poder asistir a misa tenían que hacerlo en celebraciones hechas a escondidas, donde los agentes del gobierno no se dieran cuenta, porque había pena de muerte para los que se atrevieran a practicar en público sulreligión. La primera comunión la hizo Juan María a los 13 años, en una celebración nocturna, a escondidas, en un pajar, a donde los campesinos llegaban con bultos de pasto, simulando que iban a alimentar sus ganados, pero el objeto de su viaje era asistir a la Santa Misa que celebraba un sacerdote, con grave peligro de muerte, si los sorprendían las autoridades
Juan María deseaba ser sacerdote, pero a su padre no le interesaba perder este buen obrero que le cuidaba sus ovejas y le trabajaba en el campo. Además no era fácil conseguir seminarios en esos tiempos tan difíciles. Y como estaban en guerra, Napoléon mandó reclutar todos los muchachos mayores de 17 años y llevarlos al ejército. Y uno de los reclutados fue nuestro biografiado. Se lo llevaron para el cuartel, pero por el camino, por entrar a una iglesia a rezar, se perdió del gurpo. Volvió a presentarse, pero en el viaje se enfermó y lo llevaron una noche al hospital y cuando al día siguiente se repuso ya los demás se habían ido. Las autoridades le ordenaron que se fuera por su cuenta a alcanzar a los otros, pero se encontró con un hombre que le dijo. "Sígame, que yo lo llevaré a donde debe ir". Lo siguió y después de mucho caminar se dio cuenta de que el otro era un desertor que huía del ejército, y que se encontraban totalmente lejos del batallón.
Y al llegar a un pueblo, Juan María se fue a donde el alcalde a contarle su caso. La ley ordenaba pena de muerte a quien desertara del ejército. Pero el alcalde que era muy bondadoso escondió al joven en su casa, y lo puso a dormir en un pajar, y así estuvo trabajando escondido por bastante tiempo, cambiándose de nombre, y escondiéndose muy hondo entre el pasto seco, cada vez que pasaban por allí grupos del ejército. Al fin en 1810, cuando Juan llevaba 14 meses de desertor el emperador Napoleón dio un decreto perdonando la culpa a todos los que se habían fugado del ejército, y Vianey pudo volver otra vez a su hogar.
Trató de ir a estudiar al seminario pero su intelecto era romo y duro, y no lograba aprender nada. Los profesores exclamaban: "Es muy buena persona, pero no sirve para estudiante No se le queda nada". Y lo echaron.
Se fue en peregrinación de muchos días hasta la tumba de San Francisco Regis, viajando de limosna, para pedirle a ese santo su ayuda para poder estudiar. Con la peregrinación no logró volverse más inteligente, pero adquirió valor para no dejarse desanimar por las dificultades.
El Padre Balley había fundado por su cuenta un pequeño seminario y allí recibió a Vianey. Al principio el sacerdote se desanimaba al ver que a este pobre muchacho no se le quedaba nada de lo que él le enseñaba Pero su conducta era tan excelente, y su criterio y su buena voluntad tan admirables que el buen Padre Balley dispuso hacer lo posible y lo imposible por hacerlo llegar al sacerdocio.
Después de prepararlo por tres años, dándole clases todos los días, el Padre Balley lo presentó a exámenes en el seminario. Fracaso total. No fue capaz de responder a las preguntas que esos profesores tan sabios le iban haciendo. Resultado: negativa total a que fuera ordenado de sacerdote
Su gran benefactor, el Padre Balley, lo siguió instruyendo y lo llevó a donde sacerdotes santos y les pidió que examinaran si este joven estaba preparado para ser un buen sacerdote. Ellos se dieron cuenta de que tenía buen criterio, que sabía resolver problemas de conciencia, y que era seguro en sus apreciaciones en lo moral, y varios de ellos se fueron a recomendarlo al Sr. Obispo. El prelado al oír todas estas cosas les preguntó: ¿El joven Vianey es de buena conducta? - Ellos le repondieron: "Es excelente persona. Es un modelo de comportamiento. Es el seminarista menos sabio, pero el más santo" "Pues si así es - añadió el prelado - que sea ordenado de sacerdote, pues aunque le falte ciencia, con tal de que tenga santidad, Dios suplirá lo demás".
Y así el 12 de agosto de 1815, fue ordenado sacerdote, este joven que parecía tener menos inteligencia de la necesaria para este oficio, y que luego llegó a ser el más famoso párroco de su siglo (4 días después de su ordenación, nació San Juan Bosco). Los primeros tres años los pasó como vicepárroco del Padre Balley, su gran amigo y admirador.
Unos curitas muy sabios habían dicho por burla: "El Sr. Obispo lo ordenó de sacerdote, pero ahora se va a encartar con él, porque ¿a dónde lo va a enviar, que haga un buen papel?".
Y el 9 de febrero de 1818 fue envaido a la parroquia más pobre e infeliz. Se llamaba Ars. Tenía 370 habitantes. A misa los domingos no asistían sino un hombre y algunas mujeres. Su antecesor dejó escrito: "Las gentes de esta parroquia en lo único en que se diferecian de los ancianos, es en que ... están bautizadas". El pueblucho estaba lleno de cantinas y de bailaderos. Allí estará Juan Vianey de párroco durante 41 años, hasta su muerte, y lo transformará todo.
El nuevo Cura Párroco de Ars se propuso un método triple para cambiar a las gentes de su desarrapada parroquia. Rezar mucho. Sacrificarse lo más posible, y hablar fuerte y duro. ¿Qué en Ars casi nadie iba a la Misa? Pues él reemplazaba esa falta de asistencia, dedicando horas y más horas a la oración ante el Santísimo Sacramento en el altar. ¿Qué el pueblo estaba lleno de cantinas y bailaderos? Pues el párroco se dedicó a las más impresionantes penitencias para convertirlos. Durante años solamente se alimentará cada día con unas pocas papas cocinadas. Los lunes cocina una docena y media de papas, que le duran hasta el jueves. Y en ese día hará otro cocinado igual con lo cual se alimentará hasta el domingo. Es verdad que por las noches las cantinas y los bailaderos están repletos de gentes de su parroquia, pero también es verdad que él pasa muchas horas de cada noche rezando por ellos. ¿Y sus sermones? Ah, ahí si que enfoca toda la artillería de sus palabras contra los vicios de sus feligreses, y va demoliendo sin compasión todas las trampas con las que el diablo quiere perderlos.
Cuando el Padre Vianey empieza a volverse famoso muchas gentes se dedican a criticarlo. El Sr. Obispo envía un visitador a que oiga sus sermones, y le diga que cualidades y defectos tiene este predicador. El enviado vuelve trayendo noticias malas y buenas.
El prelado le pregunta: "¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey? - Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo". - ¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones? - pregunta Monseñor-. "Si, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes".
El Obispo satisfecho y sonriente exclamó: "Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos".
Los primeros años de su sacerdocio, duraba tres o más horas leyendo y estudiando, para preparar su sermón del domingo. Luego escribía. Durante otras tres o más horas paseaba por el campo recitándole su sermón a los árboles y al ganado, para tratar de aprenderlo. Después se arrodillaba por horas y horas ante el Santísimo Sacramento en el altar, encomendándo al Señor lo que iba decir al pueblo. Y sucedió muchas veces que al empezar a predicar se le olvidaba todo lo que había preparado, pero lo que le decía al pueblo causaba impresionantes conversiones. Es que se había preparado bien antes de predicar.
Pocos santos han tenido que entablar luchas tan tremendas contra el demonio como San Juan Vianey. El diablo no podía ocultar su canalla rabia al ver cuantas almas le quitaba este curita tan sencillo. Y lo atacaba sin compasión. Lo derribaba de la cama. Y hasta trató de prenderle fuego a su habitación . Lo despertaba con ruidos espantosos. Una vez le gritó: "Faldinegro odiado. Agradézcale a esa que llaman Virgen María, y si no ya me lo habría llevado al abismo".
Un día en una misión en un pueblo, varios sacerdotes jovenes dijeron que eso de las apariciones del demonio eran puros cuentos del Padre Vianey. El párroco los invitó a que fueran a dormir en el dormitorio donde iba a pasar la noche el famoso padrecito. Y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos huyendo en pijama hacia el patio y no se atrevieron a volver a entrar al dormitorio ni a volver a burlarse del santo cura. Pero él lo tomaba con toda calma y con humor y decía: "Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros que ahora parecemos dos compinches". Pero no dejaba de quitarle almas y más almas al maldito Satanás.
Cuando concedieron el permiso para que lo ordenaran sacerdote, escribieron: "Que sea sacerdote, pero que no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio". Pues bien: ese fue su oficio durante toda la vida, y lo hizo mejor que los que sí tenían mucha ciencia e inteligencia. Porque en esto lo que vale son las iluminaciones del Espíritu Santo, y no nuestra vana ciencia que nos infla y nos llena de tonto orgullo.
Tenía que pasar 12 horas diarias en el confesionario durante el invierno y 16 durante el verano. Para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación. Y en el confesionario conseguía conversiones impresionantes.
Desde 1830 hasta 1845 llegaron 300 personas cada día a Ars, de distintas regiones de Francia a confesarse con el humilde sacerdote Vianey. El último año de su vida los peregrinos que llegaron a Ars fueron 100 mil. Junto a la casa cural había varios hoteles donde se hospedaban los que iban a confesarse.
A las 12 de la noche se levantaba el santo sacerdote. Luego hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes era de más de una cuadra de larga. Confesaba hombres hasta las seis de la mañana. Poco después de las seis empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse a la Santa Misa. A las siete celebraba el santo oficio. En los últimos años el Obispo logró que a las ocho de la mañana se tomara una taza de leche.
De ocho a once confesaba mujeres. A las 11 daba una clase de catecismo para todas las personas que estuvieran ahí en el templo. Eran palabras muy sencillas que le hacían inmenso bien a los oyentes.
A las doce iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas que la gente había traido. Por la calle la gente lo rodeaba con gran veneración y le hacían consultas.
De una y media hasta las seis seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves. Pero a muchos les leía los pecados en su pensamiento y les decía los pecados que se les habían quedado sin decir. Era fuerte en combatir la borrachera y otros vicios.
En el confesionario sufría mareos y a ratos le parecía que se iba a congelar de frío en el invierno y en verano sudaba copiosamente. Pero seguía confesando como si nada estuviera sufriendo. Decía: "El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo". Pero ahí era donde conseguía sus grandes triunfos en favor de las almas.
Por la noche leía un rato, y a las ocho se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando.
Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre a misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a misa. Se cerraron muchas cantinas y bailaderos.
En Ars todos se sentían santamente orgullosos de tener un párroco tan santo. Cuando él llegó a esa parroquia la gente trabajaba en domingo y cosechaba poco. Logró poco a poco que nadie trabajara en los campos los domingos y las cosechas se volvieron mucho mejores.
Siempre se creía un miserable pecador. Jamás hablaba de sus obras o éxitos obtenidos. A un hombre que lo insultó en la calle le escribió una carta humildísima pidiendole perdón por todo, como si el hubiera sido quién hubiera ofendido al otro. El obispo le envió un distintivo elegante de canónigo y nunca se lo quiso poner. El gobierno nacional le concedió una condecoración y él no se la quiso colocar. Decía con humor: "Es el colmo: el gobierno condecorando a un cobarde que desertó del ejército". Y Dios premió su humildad con admirables milagros.
El 4 de agosto de 1859 pasó a recibir su premio en la eternidad.
DESDE MI CALLE
SABIDURIA Y JUVENTUD
El expresidente Zapatero, medio en broma, medio en serio, le llegó a decir más de una vez al exministro Solbes que era un "abuelo". Como si eso de ser abuelo fuera un defecto, como tampoco una virtud, ni un mérito, sino simplemente una circunstancia sobrevenida del simple paso del tiempo y de que la naturaleza actúa por sí misma. Lo cierto es que el expresidente le llamaba "abuelo" cuando Solbes le advertía que no se podía gastar en determinadas cosas y que no convenía sacar de donde no había. Pero el expresidente insistía y seguía en sus trece, y el "abuelo", aunque no era ningún gurú de la economía, se lo recriminaba, pero con poco éxito. Y es que el expresidente sabría de la cosa de la política, pero de economía no tanto. Algún periodista le sorprendió, al comienzo de su legislatura, escuchando a un destacado barón de su partido -que no era el "abuelo" precisamente- que le decía que eso de la economía era cosa fácil, y que se lo explicaba todo en dos días. Y con ese bagaje tan ilustrado tomó controvertidas decisiones, como la de ignorar o hacer que ignoraba la crisis que se nos venía encima, hablar de brotes verdes cuando no había más que cactus, o utilizar términos eufemísticos como el de la gradual desaceleración. Y el "abuelo" dejó el ministerio, o se lo hicieron dejar.
Viene esto a cuento de esa marea de eslóganes que se están prodigando últimamente, a propósito de la juventud que impera en algunos líderes de determinados partidos políticos, y que parecen pregonar que deben ser exclusivamente los jóvenes quienes saquen al país del pozo. Bueno es que las nuevas generaciones vayan cogiendo la batuta de mando, y a ser posible con aires renovados, con la frescura propia de quienes aún no han sido tentados por la serpiente del poder, pero ojo con menospreciar a quienes saben mucho de la cosa, a quienes están de vuelta de casi todo. Mejor escuchar a quienes han estado cerca del dragón de siete cabezas y gozan de cierta sabiduría, antes de decidir internarse por sendas que luego se vean obligados a desandar. Porque una cosa es fulminar a quienes han metido la cuchara en el puchero, sin venir a cuento, y otra muy distinta hacer caso omiso de aquellos que les podrían dar lecciones, no de dos días, sino de bastantes años de experiencias vividas en empresas o ministerios. Porque, aunque la frescura de la juventud no se lo deje ver, lo cierto es que nunca sobra la sabiduría, el tiempo y la energía, sino que son herramientas útiles para evitar caer en el desafuero o para salir del laberinto si es que llega a caerse en él.
Claro que nunca podrá evitarse que haya alguien que diga que Obama, Merkel, Putin u Hollande, que andan alrededor de los sesenta tacos, son unos yayo flautas, o que dirigen los destinos de países de medio pelo como EE UU, Alemania, Rusia o Francia y que, por tanto, no deben ser tomados como referencia. A algún otro le gustará presumir de ser progresista, mientras se mira en el espejo del populismo. Y no faltará quien se olvide que lo que necesita este país son profundas reformas estructurales y no carnés de identidad con más o menos años. Ante este ditirambo de opiniones alguien, incluso, puede olvidarse de la realidad y atreverse a poner al frente de algún ministerio a algún inexperto alevín, cuyo único bagaje sea el de haber militado en las juventudes de su partido desde su más tierna infancia.
Aunque es muy loable aspirar a tener el comportamiento de un moralista no hay que dejarse obcecar por la vanidad de la virtud y mucho menos llegar a tener la personalidad de un megalómano con ansia indomable de protagonismo, algo que, por cierto, abunda hoy en día en nuestros actuales gobernantes.
DESDE MI CALLE, que sigue siendo la calle de todos
viernes, 1 de agosto de 2014
PASTORAL. SANTO DEL DIA
SAN EUSEBIO DE VERCELLI
Obispo, nacido en la isla de Cerdeña a finales del siglo III. Murió, probablemente, en Vercelli (Italia), en el año 371. En el Martirologio romano figura como mártir, pero son varios los historiadores que lo niegan.
La persecución volvía a sacudir violentamente a la Iglesia. Constancio, por caminos de sangre, se había hecho dueño absoluto del Imperio romano; y quería también imponer en ella su voluntad.
Ganado a la herejía arriana por su esposa, declarábase adicto a la impiedad, con el mismo tesón con que su padre, Constantino, defendiera a la Iglesia recién salida de su bautismo de sangre.
Eusebio de Vercelli, es, sin duda, una de las más brillantes figuras del orden episcopal; y ha pasado a la historia como uno de los más celosos y fuertes defensores de la fe católica, contra la violencia impetuosa de la primera gran herejía que conoció la Iglesia: el arrianismo, que negaba la divinidad de Jesucristo.
Clérigo dotado de vivo ingenio y generoso y noble corazón, residía en Roma ejerciendo sus ministerios, respetado y venerado por todos. Y aconteció que, habiendo vacado la sede episcopal de Vercelli, ciudad comprendida hoy en el Piamonte, y conociendo sus moradores las grandes virtudes de Eusebio, fue proclamado por todo el clero y pueblo Obispo de la Diócesis.
Los arrianos fueron solamente quienes lamentaron su consagración episcopal.
El nuevo Prelado vivía comunitariamente con su clero, llevando una vida parecida a la de los monjes del desierto. Se ocupaban en la oración, el estudio y el trabajo manual. El fue el primero que reunió, en Italia, la vida monástica y la clerical.
Su casa era como un pequeño seminario, de donde salieron ilustres sacerdotes y obispos.
Pero el arrianismo, después de asolar casi toda la Iglesia oriental, había penetrado hasta Occidente; y no satisfecho Eusebio con mantener a sus ovejas en la firmeza de la fe católica, no cesaba de declararse contra el error, por cuyo motivo era considerado como uno de los más temibles enemigos de la herejía.
Afligido el Papa Liberio por las sangrientas disputas que turbaban la paz y la tranquilidad de la Iglesia, pensó en la reunión de un Concilio, pidiendo a Eusebio interpusiera su autoridad ante el emperador para lograr de él la convocación. Asimismo, el Pontífice le suplicaba que juntamente con sus legados presidiera la Asamblea.
Eusebio, sin considerar el riesgo a que exponía su vida, con su celo y elocuencia consiguió del emperador la convocación en Milán para fines del año 355. Reunido el sínodo con la asistencia de gran número de obispos arrianos, Eusebio tuvo la valentía de proponer que antes que nada se suscribiera el Símbolo de Nicea, lo que era equivalente a obligar a todos los asistentes a hacer profesión de fe católica.
Opusiéronse enseguida a ello los arrianos, y el emperador, que asistía a la asamblea, intentó obligar por la fuerza a los obispos católicos a que firmaran un documento en el que se condenaba a San Atanasio, el heroico defensor de las verdades definidas en el concilio de Nicea. Y aunque algunos débiles, por cobardía, condescendieron, revestido Eusebio de la fortaleza del apóstol, resistió junto con los legados papales a tan injusta pretensión. Ofendido el emperador por esta intransigencia, mandó fueran enviados al exilio.
Grandes fueron las penalidades vividas resignadamente por el Obispo Eusebio a través de su largo destierro.
En Scitópolis, cayó en manos de uno de los hombres más crueles del arrianismo, llegando al extremo de no suministrarle cosa alguna de alimento durante varios días. Pero los adeptos y fieles hijos de Vercelli, expusieron su vida, haciendo llegar a su amado pastor limosnas para aliviar sus necesidades, así como cartas llenas de filial afecto. Enterados de ello los arrianos, recrudecieron los castigos y los malos tratos.
Muerto Constancio, el nuevo emperador Juliano el Apóstata concedió a los obispos el derecho de regresar del destierro y a sus respectivas sedes.
Entonces es cuando empieza para Eusebio una nueva etapa gloriosa. Comisionado por el Papa, visita las iglesias de Oriente en las cuales la herejía había hecho grandes estragos. En todas ellas el sabio Obispo deja las huellas de su celo apostólico; prepara y ordena sacerdotes y obispos capaces de defender la ortodoxia y atacar el error.
Concluida esta difícil expedición, de la cual consiguió positivos resultados, por su tenacidad, competencia y sacrificios, emprende el ansiado retorno a su querida diócesis de Vercelli, donde es recibido como el gran defensor de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
DESDE MI CALLE
EL PODER DEL LIDER
La adhesión ciega a un líder es una tendencia instintiva que hay que evitar a golpe de razonamiento. Nuestro cerebro perezoso tiende a ahorrar energía, y los "-ismos", detrás de un nombre o de una ideología, ahorran el esfuerzo de investigar, estudiar, analizar y extraer conclusiones propias sobre la cosa pública. La vida ya es bastante complicada y nos pide bastantes esfuerzos al cabo del día. Además, la historia de la humanidad es una historia de caudillajes y dominaciones; tal vez llevemos un gen que nos predispone a identificar a un "macho alfa" y a obedecerle. Y siempre hay unos cuantos espabilados que lo aprovechan.
El peligro de la ciega adhesión es doble. Por un lado, nos impide ver los defectos del líder, sus errores y sus maldades, si se da el caso. Por el otro, cuando el líder nos falla el disgusto es terrible, semejante a un engaño amoroso, porque es amor lo que hemos proyectado en él. Estos días, muchos PUJOLISTAS ponen la misma cara que si su pareja les hubiera confesado un largo adulterio. Dicen que el engañado es siempre el último en saberlo, porque sus ojos no quieren ver.
Para evitar tales disgustos hay que ser más exigente con nuestro cerebro y no dejar que haga el vago. Tampoco en sentido contrario: desentenderse de todo porque "todos son iguales" no soluciona nada, y facilita que los avispados corten el bacalao sin oposición. La actitud necesaria es la sana desconfianza. Tener presente lo que dicen los curas: todos somos pecadores. O lo que dice la Internacional: "no hay salvadores supremos".
Por lo tanto, si nadie es perfecto, todos somos pecadores y no hay salvadores supremos, debemos poner los "-ismos" en remojo y adoptar hacia nuestros políticos y gobernantes una actitud que combine el apoyo y la más estricta vigilancia. Apoyo, porque nos interesa objetivamente que puedan hacer su trabajo bien hecho. Y vigilancia, porque quien evita la ocasión evita la tentación. Aunque sean las más bellas personas del mundo, si no les quitamos los ojos de encima lo tendrán más fácil para seguir siéndolo.
El conseller convergente Santi Vila lo ha dicho muy claro: del drama de estos días hay que aprender a "no idealizar más ningún tipo de liderazgo político, y menos aún los mesiánicos". Si ve un aspirante a mesías, eche a correr. Por si acaso.
¿Están nuestros lideres a la altura que, como tales, deberían ejercer ése liderato?
DESDE MI CALLE, que sigue siendo la calle de todos.
jueves, 31 de julio de 2014
PASTORAL. SANTO DEL DIA
ALFONSO MARIA DE LIGORIO
Alfonso María de Ligorio, escritor, poeta, músico, obispo, doctor de la Iglesia, y patrono de los moralistas, nació en Marianella, cerca de Nápoles, el 27 de Diciembre de 1696. Era el primogénito de los ocho hijos nacidos del noble José de Ligorio y Ana María Catalina Cavalieri.
Dedicado de pequeño al estudio, adquirió el dominio del toscano, el latín, el griego, el francés (lengua usual de la sociedad civil) y del español (lengua de estado). Aprendió filosofía (que entonces comprendía también las ciencias matemáticas), equitación, esgrima, música, dibujo, pintura y hasta arquitectura. Con una precocidad increíble, a los 12 años Alfonso había terminado sus estudios secundarios, y se había inscrito en la facultad de jurisprudencia de Nápoles.
En 1715 ingresó en la Cofradía de los Doctores y se dedicó a la asistencia de los enfermos más pobres internados en el hospital de Nápoles, Santa María del Pueblo, siniestramente llamado "de incurables".
Alfonso ejerció la abogacía con arrolladores y continuos éxitos. Pero al décimo año de su experiencia en tribunales, paso una durísima prueba y maduró en el la elección por la vida sacerdotal.
El 27 de Agosto de 1723 delante de la imagen de la Virgen prometió consagrarse al servicio exclusivo de Dios y de los necesitados, y de convertirse al sacerdocio. A los treinta años cumplidos, el 21 de Diciembre de 1726, recibió la ordenación sacerdotal.
Se insertó inmediatamente y a tiempo completo en la actividad pastoral de la diócesis de Nápoles en favor de la gente de los montes y del campo, compartiendo con ellos las incomodidades.
En el verano de 1730 en Scala, un pequeño pueblo de Salernitano, en los coloquios tenidos con Sor María Celeste Crostrarosa, San Alfonso maduró la convicción de ser llamado por Dios para fundar una congregación de sacerdotes y laicos para la evangelización y salvación de los más pobres.
El nacimiento oficial y solemne de la Congregación del Santísimo Redentor tuvo lugar en Scala el 11 de Noviembre de 1732. El 25 de febrero de 1749 fue aprobado conjuntamente con la regla de Benito XIV, quien hacia el año 1750 compuso una gramática Italiana.
Como escritor, Alfonso era popular. Publicó ciento once obras, entre grandes y pequeñas, algunas de las cuales han alcanzado decenas de ediciones, como las visitas al SS., Las Máximas Eternas, La Práctica de Amar a Jesucristo. Su obra más bonita son las Glorias de María, que registró una de las mayores tiradas entre las obras marianas de todos los tiempos, un millar de ediciones en 1750.
Además de escritor y pintor fue un valiosísimo músico. Su canción más célebre, rica en auténticos valores espirituales y poéticos es «Tú Bajas de las Estrellas», un canto navideño compuesto y musicalizado en 1755 durante la predicación de una misión.
Fue nombrado obispo por el Papa Clemente XIII el 9 de Marzo de 1762. Su ordenación episcopal fue el 20 de Junio en la Iglesia de Sta. María, en Minerva. Como obispo se mostró cuidadoso, atento y paternal con los pobres y los seminaristas, en quienes veía prolongar la acción de la Salvación de Cristo.
En el 1772, elegido Papa Clemente XIV, San Alfonso pidió ser exonerado de la dignidad episcopal con motivo de su avanzada edad y de la artrosis cervical que lo había afectado. En el 1775 Pio VI no pudo negarle la solicitud de su renuncia porque ya el santo se encontraba en una situación que daba lástima, medio ciego y sordo, tan oprimido por tantas enfermedades que ya no parecía más ser un hombre. Murió serenamente el 1 de Agosto de 1787.
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