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domingo, 25 de febrero de 2018

MÚSICA JUNTOS - PALOMA SAN BASILIO

PASTORAL: SANTO DEL DIA


San Porfirio
     obispo
  (año 420)



San Porfirio nació en Tesalónica (aquella ciudad a la cual San Pablo escribió sus dos cartas a los tesalonicenses). Tesalónica queda en Macedonia, y Macedonia está situada al norte de Grecia.
A los 25 años dejó su ciudad y su familia y se fue de monje a Egipto a rezar y meditar y hacer penitencia.
Cinco años más tarde pasó a Palestina y se fue a vivir a una cueva cerca del río Jordán. Pero allí la humedad lo hizo enfermar de reumatismo y cinco años después se fue a vivir a Jerusalén. En esta ciudad cada día visitaba el Santo Sepulcro, el Huerto de los Olivos, la Casa de la Ultima Cena y los demás santos lugares donde estuvo Nuestro Señor. Su reumatismo lo hacía caminar muy despacio y con grandes dolores y apoyado en un bastón. Sin embargo ningún día dejaba de ir a los Santos Lugares y Comulgar.
En aquellos tiempos llegó a Jerusalén un cristiano llamado Marcos, el cual se quedó admirado de que este hombre tan enfermo y con tan grandes dolores reumáticos no dejaba ningún día visitar los Santos Lugares para dedicarse allí a rezar y a meditar. Un día al ver que el santo sufría tanto al subir las escalinatas del templo, Marcos se ofreció para ayudarle pero Porfirio se negó a aceptar su ayuda diciéndole: "No está bien que habiendo venido yo aquí a expiar mis pecados sufriendo y rezando, me deje ayudar de ti para disminuir mis dolores. Déjame sufrir un poco, que lo necesito para pagarle a Dios mis muchos pecados". Marcos lo admiró más desde ese día y en adelante fue su compañero, su amigo y el que escribió después la biografía de este santo.
Lo único que le preocupaba a Porfirio era que no había vendido la herencia que sus padres le habían dejado en su patria, la cual quería repartir entre los pobres. Confió esta misión a Marcos, que partió rumbo a Tesalónica y a los tres meses volvió con el dinero de la venta de todas aquellas tierras, dinero que Porfirio repartió totalmente entre las gentes más pobres de Jerusalén.
Cuando Marcos se fue a Tesalónica estaba Porfirio muy débil y agotado, pálido y sin fuerzas. Y al volver a Jerusalén lo encontró de buenos colores y lleno de vigor y fuerzas. Le preguntó cómo había sucedido semejante cambio tan admirable y Porfirio le dijo:
"Mira, un día vine al Santo Sepulcro a orar, y mientras rezaba sentí que Jesucristo se me aparecía en visión y me decía: ‘Te devuelvo la salud para que te encargues de cuidar mi cruz’. Y quedé instantáneamente curado de mi reumatismo. Lo que los médicos no pudieron hacer en muchos años, lo hizo Jesús en un solo instante, porque para El todo es posible".
Y en adelante se quedó ayudando en la Iglesia del Santo Sepulcro, custodiando la parte de la Santa Cruz que allí se conservaba.
Como Porfirio había repartido toda su herencia entre los pobres, tuvo él que dedicarse a trabajos manuales para poder ganarse la vida. Aprendió a fabricar sandalias y zapatos y a trabajar en cuero y así ganaba para él y para ayudar a otros necesitados. Marcos, que era un hábil escribiente y ganaba buen dinero copiando libros, le propuso que él costearía toda su alimentación para que no tuviera que dedicarse a trabajos manuales agotadores. San Porfirio le dijo: "No olvidemos que San Pablo dijo en su segunda Carta a los tesaloniceses: "El que no quiere trabajar, que tampoco coma"; siguió ganándose el pan con el sudor de la frente, hasta los 40 años.
El obispo de Jerusalén al ver tan piadoso y santo a Porfirio lo ordenó de sacerdote. Y poco después recibió una carta del obispo de Cesarea pidiéndole que le enviara un santo sacerdote para darle una misión. Como Porfirio era un verdadero penitente que ayunaba cada día y rezaba horas y horas y ayudaba a cuanto pobre podía, el obispo de Jerusalén lo envió a Cesarea.
Y aquella noche tuvo Porfirio un sueño. Oyó que Jesús le decía: "Hasta ahora te has encargado de custodiar mi Santa Cruz. De ahora en adelante te encargarás de cuidar a unos hermanos míos muy pobres". Con eso entendió el santo que ya no seguiría viviendo en Jerusalén.
Al llegar a Cesarea el obispo de allá lo convenció de que debía aceptar ser obispo de Gaza, que era una ciudad muy pobre. Después de que le rogaron mucho, al fin exclamó: "Si esa es la voluntad de Dios, que se haga lo que El quiere y no lo que quiera yo". Y aceptó.
Al llegar a Gaza los paganos promovieron grandes desórdenes porque sentían que con este hombre se iba a imponer la religión de Cristo sobre las falsas religiones de los ídolos y falsos dioses. Porfirio no se dio por ofendido sino que se dedicó a instruir a los ignorantes y a ayudar a los pobres y así se fue ganando las simpatías de la población.
La ciudad de Gaza y sus alrededor estaban sufriendo un verano terrible y muy largo. Las cosechas se perdían y no se hallaban ya agua ni para beber. Los paganos esparcieron la calumnia de que todo esto era un castigo a los dioses por haber llegado allí Porfirio con su doctrina y sus cristianos. Y empezaron a tratar muy mal al obispo y a sus fieles seguidores. Entonces San Porfirio organizó una procesión de rogativas por las calles, rezando y cantando para que Dios enviara la lluvia, y al terminar la procesión se descargó un torrencial aguacero que llenó de vida y frescor todos los alrededores.
Los paganos se propusieron que de todos modos sacarían a Porfirio y a sus cristianos de aquella región y empezaron a emplear medidas muy violentas contra ellos. Pero se equivocaron. Creyeron que la piedad y la bondad del obispo eran debilidad y cobardía, y no era así. El santo se fue a donde el jefe del imperio que vivía en Constantinopla y obtuvo que le dieran un fuerte batallón de soldados que puso orden y paz en la ciudad. Y ya los paganos no pudieron atacarlo más. El no agredía a nadie, pero buscaba quién lo defendiera cuando trataban injustamente de acabar con la santa religión de Cristo.
Y después de varios años la acción evangelizadora de Porfirio y de sus sacerdotes llegó a ser tan eficaz que se acabó por completo allí la religión pagana de los falsos dioses, y desaparecieron los templos de los ídolos. Las gentes quemaron todos sus libros de magia y ya no hubo más consultas a brujas o espiritistas ni creencias supersticiosas.
San Porfirio construyó en Gaza un bellísimo templo. El día en que empezó la construcción del nuevo edificio recorrió la ciudad con enorme gentío cantando salmos y bendiciendo a Dios. Cada fiel llevaba alguna piedra o algún ladrillo u otro material para contribuir a la edificación de la Casa de Dios. La construcción duró cinco años y toda la ciudad colaboró con mucha generosidad. El día de la Consagración de la nueva catedral (domingo de Pascua del año 408) el santo repartió abundantísimas limosnas a todos los pobres de la ciudad. Siempre fue sumamente generoso en ayudar a los necesitados.
Los últimos años los dedicó pacíficamente a instruir y enfervorizar a sus sacerdotes y al pueblo con sus predicaciones, con su buen ejemplo y su oración.
El 26 de febrero del año 420 murió santamente.

MÚSICA Eros Ramazzotti - Estoy Pensando En Ti (LETRA)

MÚSICA CUATRO ROSAS. Gabinete Caligari

sábado, 24 de febrero de 2018

MÚSICA Carlos Gardel - Adios Muchachos -Tango

PASTORAL: SANTO DEL DIA


Santa Jacinta
Religiosa
(año 1640)




Jacinta nació en una familia muy rica en Viterbo (Italia) en 1585. Era hermosa y coqueta. No pensaba sino en vanidades y lujos. Su deseo era contraer matrimonio con algún joven rico y famoso. Pero tuvo una gran desilusión cuando vio que su hermana, menos hermosa y menos vanidosa, lograba casarse con un señor muy importante de Roma, mientras que a ella, por lo demasiado superficial y orgullosa, la determinaban muy poco los jóvenes. Entonces se dedicó a mayores lujos y más coqueterías, pero esto no la hacía feliz, sino que la llenaba de infelicidad y desilusión. Sus papás estaban afanados al observar sus comportamientos tan mundanos, pero de pronto un día dispuso irse de monja al convento de las hermanas franciscanas. Tenía veinte años. Era la primera determinación verdaderamente prudente que tomaba en su vida. Era su primera conversión.
Pero le sucedió que al poco tiempo de estar en la Comunidad empezó a vivir una vida no de santidad sino de relajación. Exigió a las superioras que le permitieran tener allí en el convento todos los lujos que su familia muy rica le podía proporcionar, y más parecía una señorita de mundo que una fervorosa religiosa. Asistía con indiferencia alos actos religiosos y hacía poco caso a los avisos de sus superioras. Dios había obtenido que se hiciera religiosa, pero el diablo conseguía que no fuera una religiosa fervorosa.
Y he aquí que la misericordia del Señor le envió dos medios muy eficaces para convertirla. El primero fue una gravísima enfermedad, cuando tenía 30 años. Se sintió en las puertas del sepulcro. Y en medio de los fortísimos dolores se puso a pensar qué diría Nuestro Señor en el Juicio, a la hora de su muerte, si ella continuaba viviendo aquella vida de relajamiento y de indiferencia religiosa. Ofreció sus dolores a Dios para que la perdonara y para que le concediera el don de la conversión y mandó llamar a un santo sacerdote. Ahora Dios le iba a dar la salud del cuerpo y la salud del alma.
Y aquí le llegó el segundo medio que el cielo le enviaba para que se convirtiera. Aquel sacerdote franciscano era muy estricto y al llegar a su celda y verla tan llena de lujos y adornos le dijo que él no la podía confesar porque ella vivía más como una mundana que como una religiosa franciscana. Y se alejó diciéndole que el Paraíso no estaba destinado para los que viven como ricos comodones y orgullosos, sino para los pobres de espíritu que viven sin lujos ni cosas innecesarias.
Esta enérgica determinación del Padre confesor la hizo cambiar completamente. Mandó sacar todos los lujos de su habitación, y al día siguiente al volver el santo sacerdote, hizo Jacinta una confesión de toda su vida, llorando de todo corazón y arrepintiéndose de todos sus pecados. Y desde aquel día su vida fue otra, totalmente distinta. Dios le había concedido el don de la verdadera conversión. Dejó sus vestidos lujosos y sus vanidades y empezó a vestir como la religiosa más pobre del convento.
Desde el día de su conversión Jacinta ya no toma alimentos finos y rebuscados como antes, sino que se alimenta de lo más pobre y ordinario de aquel convento. A nadie le permite que le recuerde que viene de una familia muy rica sino que pide que la llamen simplemente la hermana Jacinta y que la traten como a la más pobre de las hermanitas.
Las actas de su canonización dicen que "su mortificación era tan grande, que la conservación de su vida era un constante milagro".
Eligió como Patrono al arcángel San Miguel para que la defendiera de los continuos ataques del demonio. Ya no volvió a salir a visitas y charlatanerías con familiares o a reuniones mundanas. Meditaba frecuentemente en los sufrimientos de Cristo Crucificado y esto la impulsaba a sufrir con mucha paciencia por amor al Redentor.
Su humildad era admirable. Se consideraba la más manchada pecadora del mundo. Su habitación era totalmente pobre sin adornos ni comodidades. Pedía perdón a las demás religiosas por los malos ejemplos que les había dado en sus primeros años de religiosa.
La nombraron maestra de novicias y exclamaba suspirando que ella no había sabido gobernarse a sí misma y por lo tanto no era capaz de dirigir a otras. Pero en ese cargo demostró una gran sabiduría y una exquisita comprensión y bondad para comprender a las más débiles. Tenía el don de consejo y eran muchas las personas que la consultaban.
Durante 17 años sufrió de dolorosísimos cólicos estomacales y cuando se hallaba sola lloraba y se retorcía, pero cuando estaba atendiendo a otras personas se le veía sonreír como si nada estuviera sufriendo. Cuando alguien le decía que sus sufrimientos eran muy grandes, exclamaba: "Más me merezco, por mis pecados". Y consideraba sus penas y dolores como el mejor medio para pagarle a Dios los pecados con los cuales lo ofendió en su juventud.
Tres medios empleaba para crecer en santidad: largas horas rezando y meditando ante el Santísimo Sacramento y ante la imagen de Jesús crucificado. La lectura de libros espirituales. Y el seguir los sabios consejos del sacerdote que la había convertido, el Padre Bernardo Bianchetti.
Lo que más pedía a Dios era la conversión de los pecadores. Y con sus oraciones y sacrificios obtuvo del cielo la conversión de un temible pecador de Viterbo, Francisco Pacini, y este cambió de tal manera su comportamiento que no sólo sus maldades antiguas sino que en adelante se dedicó ayudar a la santa en sus actividades apostólicas y en asociaciones espirituales.
Santa Jacinta fundó dos asociaciones piadosas. La Compañía de Penitentes y los Oblatos de María. Estas personas se dedicaban a visitar enfermos, a instruir niños en la religión y a desagraviar a Dios por las ofensas que se le hacen. La santa propagó mucho en Viterbo la piadosa costumbre de las 40 horas de adoración al Santísimo Sacramento.
Santa Jacinta logró por medio de sus cartas, muchas conversiones de pecadores. A algunas superioras de conventos que no exigían a sus religiosas el estricto cumplimiento de sus deberes les escribió cartas muy severas y obtuvo que varias casas religiosas volvieran al fervor. Las reuniones mundanas de las gentes cambiaban de temas y empezaban a hablar de cosas espirituales y piadosas cuando llegaba nuestra santa, y su presencia hacía un gran bien a esas gentes.
Santa Jacinta hacía el viacrucis por las noches, sola, en el templo, con una pesada cruz sobre sus hombros, y con los pies descalzos.
Su amor a la Virgen María era tan grande que cuando oía pronunciar su nombre se le llenaban de suaves colores su cara y su aumentaba su entusiasmo.
Su práctica de piedad preferida era la Santa Misa, y asistía a ella con tan gran fervor que frecuentemente estallaba en lágrimas de emoción. Después de la comunión se quedaba un largo rato dando gracias a Nuestro Señor y a veces se quedaba en éxtasis.
Dios le dio un don de profecía, y anunció muchas cosas que iban a suceder en el futuro. También obtuvo el don de los milagros y consiguió admirables curaciones. Y el Señor le concedió el don de conmover los corazones, aun los más duros y empedernidos, y por eso conseguía tantas conversiones.
Murió San Jacinta en el año 1640, y después de muerta obtuvo para sus devotos tan grandes favores y milagros, que el Santo Padre el Papa Pío Séptimo la declaró santa. Su cuerpo se conserva incorrupto en Viterbo.
La Santa Sede declaró al canonizarla: "El apostolado de Jacinta ganó más almas para Dios que los sermones de muchos predicadores".