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jueves, 21 de agosto de 2014

PASTORAL: SANTO DEL DIA




SANTA MARIA VIRGEN, REINA

El 22 de Agosto celebramos a La Santísima Virgen María como Reina del Universo.


Un poco de historia

La fiesta de hoy fue instituida por el Papa Pío XII, en 1955 para venerar a María como Reina igual que se hace con su Hijo, Cristo Rey, al final del año litúrgico. A Ella le corresponde no sólo por naturaleza sino por mérito el título de Reina Madre. 

María ha sido elevada sobre la gloria de todos los santos y coronada de estrellas por su divino Hijo. Está sentada junto a Él y es Reina y Señora del universo. 

María fue elegida para ser Madre de Dios y ella, sin dudar un momento, aceptó con alegría. Por esta razón, alcanza tales alturas de gloria. Nadie se le puede comparar ni en virtud ni en méritos. A Ella le pertenece la corona del Cielo y de la Tierra.

María está sentada en el Cielo, coronada por toda la eternidad, en un trono junto a su Hijo. Tiene, entre todos los santos, el mayor poder de intercesión ante su Hijo por ser la que más cerca está de Él.

La Iglesia la proclama Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes. Es Reina del Cielo y de la Tierra, gloriosa y digna Reina del Universo, a quien podemos invocar día y noche, no sólo con el dulce nombre de Madre, sino también con el de Reina, como la saludan en el cielo con alegría y amor los ángeles y todos los santos. 

La realeza de María no es un dogma de fe, pero es una verdad del cristianismo. Esta fiesta se celebra, no para introducir novedad alguna, sino para que brille a los ojos del mundo una verdad capaz de traer remedio a sus males.

miércoles, 20 de agosto de 2014

DESDE MI CALLE









                                     SAN PIO X




 Nació en la aldea de Riese, situada en la región véneta, el año 1835. Primero ejerció santamente como presbítero, más tarde fue obispo de Mantua y luego patriarca de Venecia. El año 1903 fue elegido papa. Adoptó como lema de su pontificado: «Instaurare omnia in Christo», consigna por la que TRABAJÓ intensamente con sencillez de espíritu, pobreza y fortaleza, dando así un nuevo incremento a la vida de la Iglesia. Tuvo que luchar también contra los errores doctrinales que en ella se filtraban. Murió el día 20 de agosto del año 1914.
"Era uno de esos hombres elegidos, de los que hay pocos, con una PERSONALIDAD irresistible. Todos tenían que sentirse conmovidos por su absoluta sencillez y su bondad angelical. Sin embargo, era algo más lo que le hacía entrar en todos los corazones; ese "algo" se puede definir mejor al observar que todo aquél que fue admitido a su presencia salió con la profunda convicción de haber estado frente a un santo. Y, entre más se sabe sobre él, mayor fuerza adquiere esta convicción". -Baron von Pastor, historiador, sobre el Papa Pío X:
Nuestro Papa nació en 1835 con el NOMBRE de Giuseppe (José) Sarto, hijo de un humilde cartero, en la ciudad de Riese, en el Veneto. Fue el segundo de diez hijos de la pobre familia. Asistió a la escuela elemental de Riese y, gracias a las instancias del cura párroco, pasó a la escuela superior de Castelfranco, a una distancia de ocho kilómetros, que el chico recorría a pié dos veces al día. Más tarde, en virtud de una beca que se obtuvo para él, pudo asistir al seminario de Padua. Por dispensa especial, se le ORDENÓ sacerdote a la edad de veintitrés años y, desde aquel momento, se entregó completamente al ministerio pastoral; al cabo de dieciséis años, ascendió a canónigo en Treviso, donde prosiguió con mayor ahínco su dura y generosa tarea sacerdotal.
En 1884, fue consagrado obispo de Mántua, diócesis que se hallaba en bajas CONDICIONES morales, debido a su clero negligente hasta el extremo de haber provocado un cisma en dos poblaciones. Fue tan limpio y brillante el triunfo que obtuvo el obispo en el desempeño de aquel cargo plagado de dificultades que, en 1892, el Papa León XIII consagró a Mons. Sarto como cardenal sacerdote de San Bernardo de los Baños y, casi inmediatamente, lo elevó a la sede metropolitana de Venecia, que comprende el título honorífico de patriarca. Ahí se transformó en un verdadero apóstol para toda la región del Veneto y puso de manifiesto el valor de su sencillez y su rectitud, en una sede que se ufanaba de su magnificencia y de su pompa.
A la muerte de León XIII, en 1903, era creencia general que habría de sucederle en la cátedra de San Pedro el cardenal Rampolla del Tíndaro; las tres primeras votaciones del cónclave indicaron que la opinión general estaba en lo cierto; pero entonces, el cardenal Puzyna, arzobispo de Cracovia, comunicó a la asamblea de electores que el emperador Francisco José de Austria imponía el veto formal contra la elección de Rampolla. El anuncio causó una profunda conmoción; los cardenales protestaron con energía por la intervención del emperador y las cosas llegaron al punto de efervescencia, cuando Rampolla, con mucha dignidad, retiró su candidatura. (Actualmente se afirma que Rampolla no habría sido elegido de ningún modo).
Al cabo de otras cuatro votaciones, resultó elegido el cardenal Giuseppe Sarto. Así llegó a la cátedra de Pedro un hombre de humilde cuna, sin relevantes dotes intelectuales, sin experiencia en las diplomacias eclesiásticas, pero con un corazón tan grande que no le cabía en el pecho, y tan bueno que parecía irradiar gracias: "un hombre de Dios que conocía los infortunios del mundo y las penurias de la existencia y, en la grandeza de su corazón, solo quería arreglarlo todo y consolar a todos".
Uno de los primeros actos del nuevo Papa fue el de recurrir a la constitución "Commissum nobis", a fin de terminar, de una vez por todas, con cualquier supuesto derecho de cualquier poder civil para interferir en una elección papal, por el veto u otro procedimiento. Más adelante, dio un paso cauteloso pero definitivo hacia la reconciliación entre la Iglesia y el Estado, en Italia, al levantar prácticamente el "Non Expedit". Su manera de hacer frente a la muy crítica situación que no tardó en presentarse en Francia fue directa y tan efectiva como cualquiera de los medios diplomáticos en uso. En 1905, luego deNUMEROSOS incidentes, el gobierno francés denunció el concordato de 1801, decretó la separación de la Iglesia y el Estado y emprendió una campaña agresiva contra la Iglesia. El gobierno propuso crear una organización para que se preocupara de las propiedades eclesiásticas, bajo el NOMBRE de "associations cultuelles", a la que muchos de los prominentes personajes católicos de Francia deseaban someterse por vías de ensayo; pero, tras una serie de consultas con los obispos franceses, el Papa Pío X emitió un par de declaraciones enérgicas y dignas, por las que condenaba la ley de separación y calificaba la "asociación" de anticanónica. A los que se quejaban de que había sacrificado todas las posesiones de la Iglesia en Francia, les respondió: "Aquellos se preocupaban demasiado por los bienes materiales y muy poco por los espirituales". La separación ofreció la ventaja de que, a partir de entonces, la Santa Sede pudo nombrar directamente a los obispos franceses, sin la nominación previa de los poderes civiles.
El obispo de Nevers, Mons.Gauthey dijo del Papa: "Pío X,  nos emancipó de la esclavitud al costo del sacrificio de nuestras propiedades. Que Dios le bendiga por siempre, por no haber titubeado en imponernos ese sacrificio". La severa actitud del Papa causó tantos trastornos y dificultades al gobierno francés que, veinte años más tarde, se avino a concertar un nuevo acuerdo, dentro de los cánones, para la ADMINISTRACIÓN de las propiedades de la Iglesia.
Contra el Modernismo
El nombre de Pío X se vincula generalmente y con toda razón, al movimiento que purgó a la Iglesia de ese "resumen de todas las herejías", al que alguno tuvo la ocurrencia de llamar "Modernismo". Un decreto del Santo Oficio FECHADO en 1907, condenó a ciertos escritores y ciertas ideas; muy pronto le siguió la carta encíclica "Pascendi dominici gregis", en la que se indicaban peligrosas tendencias de alcance imprevisible, se señalaban y condenaban las manifestaciones del modernismo en todos los campos. Pero también se adoptaron medidas enérgicas y, a pesar de que hubo furiosas oposiciones, el modernismo en la Iglesia fue desenmascarado. Ya había conquistado bastante terreno entre los católicos y, sin embargo, no fueron pocos quienes opinaron que la condena del Papa había sido excesiva y obscurantista.
Cinco años después, en 1910, la encíclica del Papa sobre San Carlos Borromeo fue mal interpretada y se ofendieron los protestantes en Alemania. Pío X publicó la explicación oficial del párrafo mal interpretado en el Osservatore Romano y ahí mismo recomendó a los obispos alemanes que no hiciesen más comentarios ni publicidad en torno a la encíclica, en el púlpito o en la prensa.
Renovarlo todo en Cristo: Eucaristía y Palabra
En su primera encíclica Pío X anunciaba que su meta primordial era la de "renovarlo todo en Cristo" y, sin duda que con ese propósito en mente, redactó y aprobó sus decretos sobre el sacramento de la Eucaristía. Por ellos, recomendaba y encomiaba la comunión diaria, si fuese posible; que los niños se acercaran a recibirla al llegar a la edad de la razón, y que se facilitara el suministro de la comunión a los enfermos.  (En la Edad Media y, posteriormente en la época del jansenismo, los fieles católicos comulgaban rarísima vez. La comunión diaria o muy frecuente se consideraba como algo extraordinario y aun indebido.)
También el Papa se preocupó por la Palabra, puesto que instaba a la diaria LECTURA DE LA BIBLIA, aunque en este caso las recomendaciones del Papa no fueron tan ampliamente aceptadas. Desde 1903, y con el objeto de aumentar el fervor en el culto divino, emitió motu proprio una serie de INSTRUCCIONES sobre la música sacra, destinadas a terminar con los abusos al respecto y a restablecer el uso del canto llano en la Iglesia. Dio alientos a los trabajos de la comisión para la codificación de las leyes canónicas y fue él quien llevó a cabo la completa reorganización de los tribunales, oficinas y congregaciones de la Santa Sede. También estableció Pío X una comisión correctora y revisora del texto Vulgata de la Biblia (este trabajo les fue encomendado a los monjes benedictinos) y, en 1909, fundó el Instituto Bíblico para el estudio de las Escrituras y lo dejó a cargo de la Compañía de Jesús.
A favor de los Pobres
Siempre consagró sus preocupaciones y actividades a los débiles y los oprimidos. Con inusitada energía, denunció los malos tratos a que eran sometidos los indígenas en las plantaciones de caucho del Perú. Creó y organizó una comisión de ayuda a los damnificados, tras el desastroso terremoto de Messina y, por cuenta propia, acogió a numerosos refugiados en el hospicio de Santa Marta, junto a San Pedro. Sus caridades, en todas las PARTES del mundo donde se necesitaban socorros, eran tan abundantes y frecuentes, que las gentes de Roma y de toda Italia se preguntaban de dónde saldría tanto dinero. La sencillez de sus HÁBITOS personales y la santidad de su carácter se ponían de manifiesto en su costumbre de visitar cada domingo, alguno de los patios, rinconadas o plazuelas del Vaticano, para predicar, explicar y comentar el Evangelio de aquel día, a todo el que acudiera a escucharle. Era evidente que Pío X se sentía desconcertado y tal vez un poco escandalizado, ante la pompa y la magnificencia del ceremonial en la corte pontificia. Cuando era patriarca de Venecia, prescindió de una buena parte de la servidumbre y no toleró que nadie, fuera de sus hermanas, le preparase la comida; como Pontífice, eliminó la costumbre de conferir títulos de nobleza a sus familiares. "Por disposición de Dios, solía decir, mis hermanas son hermanas del Papa. Eso debe bastarles". En una ocasión, antes de cierta ceremonia, exclamó ante un viejo amigo suyo: "¡Mira cómo me han vestido!" y se echó a llorar. A otro de sus amigos, le confesó: "No cabe duda de que es una penitencia verse obligado a aceptar todas estas prácticas. ¡Me condujeron entre soldados, como a Jesús cuando le apresaron en Getsemaní!".
Estas anécdotas describen la grandeza de corazón y la sencillez de la bondad de Pío X. A un joven inglés, protestante convertido al catolicismo y que deseaba ser monje, pero sentía el escrúpulo de haber estudiado muy poco, le dijo el Papa: "Para alabar a Dios bien, no se necesita ser sabio". Un escritor de Mántua publicó un libro de carácter sensacionalista en el que lanzaba infames acusaciones contra Pío X; ÉSTE no quiso emprender ninguna acción legal, pero, en cuanto supo que el calumniador se hallaba en bancarrota, el Papa le envió ayuda: "Un hombre tan desdichado, comentó, necesita oraciones más que castigos".
Aún durante su vida, Dios utilizó al Papa Pío X como instrumento de sus milagros y, HASTA en esos casos sobrenaturales, se puso de manifiesto su perfecta modestia y sencillez. Durante una audiencia pública, uno de los asistentes mostró su brazo paralizado al tiempo que decía: "¡Cúrame, Santo Padre!" El Papa se acercó sonriente, TOCÓ el brazo tumefacto y dijo amablemente: "Si, sí". Y, el hombre quedó curado. En otra audiencia privada, una niña de once años que estaba paralítica, pidió lo mismo. "¡Quiera Dios concederte lo que deseas!", dijo el Pontífice. La niña se levantó y anduvo por sí misma. Una monja que sufría de una tuberculosis muy avanzada, le pidió la salud. "Sí", fue todo lo que repuso Pío X, mientras ponía las manos sobre la cabeza de la religiosa. Aquella tarde, el médico declaró que estaba completamente sana.
Primera Guerra Mundial
El 24 de junio de 1914, la Santa Sede firmó un concordato con Servia; cuatro días más tarde, el archiduque Francisco de Austria y su esposa fueron asesinados en Sarajevo; a la medianoche del 4 de agosto, Alemania, Francia, Austria, Rusia, Gran Bretaña, Servia y Bélgica estaban en guerra. Era el undécimo aniversario de la elección del Papa. Pío X no solo había vaticinado aquella guerra europea, como otros muchos, sino que profetizó que estallaría definitivamente para el verano de 1914. Aquel conflicto fue para el Papa un golpe fatal. "Esta será la última aflicción que me mande el Señor. Con gusto daría mi vida para salvar a mis pobres hijos de esta terrible calamidad". Pocos días más tarde sufrió una bronquitis; al día siguiente, 20 de agosto, murió. Fue, en verdad, víctima de la Guerra.
"Nací pobre, he vivido en la pobreza y quiero morir pobre", dijo en su testamento. Demostró la verdad de aquellas palabras: su pobreza era tanta que hasta la prensa anticlerical quedó admirada.
Después del funeral en la basílica de San Pedro, Mons. Cascioli, escribió lo siguiente: "No tengo la menor duda de que este rincón de la cripta se convertirá, muy pronto, en un santuario, un centro de peregrinación . . . Dios glorificará ante el mundo a este Papa cuya triple corona fue la pobreza, la humildad y la bondad". Y así fue por cierto. El Pontificado de Pío X no fue tranquilo y el Papa mostró resolución en su política.  Hubo muchos que le criticaron, lo mismo dentro que fuera de la Iglesia. Pero, al morir, todas las voces fueron una; DESDE todas partes, desde todas las clases surgió un llamado para que se reconociera la santidad de Pío X, el que fuera Giuseppe Sarto, hijo del cartero.
En 1923, los cardenales de la curia decretaron que se había abierto su causa, firmada por veintiocho prelados. En 1954, el Papa Pío XII canonizó solemnemente a su predecesor ante una enorme multitud que llenaba la Plaza de San Pedro, en Roma. Aquel fue el primer Papa al que se canonizaba desde Pío V, en 1672.





DESDE MI CALLE



CADUCIDAD EN CONSUMO Y EN DELITO.

No sé quien es el inventor de la fecha de la caducidad ni de la del consumo preferente. Las referencias que aparecen en internet son muy confusas. En un artículo he llegado a leer que los alimentos son más sabrosos después de que han prescrito, aunque nos lo ocultan por razones de orden comercial. Si las gentes se enteraran de que las tortillas saben mejor con los huevos podridos que con los frescos, esta industria se iría al carajo. Piensa uno que, como contrapartida, se inventaría el huevo crianza, el huevo reserva y gran reserva, etc. Si una persona, al limpiar el establo de su bisabuelo, hallara un huevo del siglo pasado podría sacarlo a subasta en Christie's, como una rareza gastronómica, un manjar. Claro que no hay que fiarse mucho de lo que digo porque al final del texto, donde suele poner "Artículos relacionados" aparecían las palabras Muerte y Diarrea.

Lo que me interesa averiguar realmente, para entender un poco lo que ocurre a nuestro alrededor, es si la fecha de caducidad de los alimentos está inspirada en la de la prescripción de los delitos. Los crímenes, en general, deben juzgarse antes de equis tiempo, de otro modo pierden todas sus cualidades reprensibles. Si revisáramos el número de ladrones que se han librado de la cárcel desde la conquista (o lo que fuera) de la democracia hasta nuestros días, nos quedaríamos asombrados. Han caducado más delitos que yogures. De hecho, según Cañete, los yogures no caducan o saben mejor una vez pasados de fecha (me remito al ex-ministro por hacerle un favor a los articulos de la Wikipedia Diarrea y Muerte).

Otra pregunta es si Pujol ha prescrito o continua siendo justiciable. Lo digo porque el otro día, después de dos semanas de encierro voluntario, se manifestó a los periodistas y se le veía tan tranquilo, como si todo aquello de lo que nos venimos enterando no fuera con él, o hubiera caducado. Me encuentro bien, aseguró, y a disposición de la Justicia y de la Agencia Tributaria. Uno se imagina en su situación o en la de su familia y no le cuadran esas palabras, ni esa actitud, ni ese pose. Quizás sea una cuestión de caradura. La caradura no prescribe como no prescribe el carácter. Digamos que son modos de ser.

DESDE MI CALLE que sigue siendo la calle de todos

martes, 19 de agosto de 2014

PASTORAL: SANTO DEL DIA




SAN BERNARDO

San Bernardo, abad es, cronológicamente, el último de los Padres de la Iglesia, pero uno de los que mas impacto ha tenido. Nace en Borgoña, Francia (cerca de Suiza) en el año 1090.  Con sus siete hermanos recibió una excelente formación en la religión, el latín y la literatura.
Personalidad de Bernardo
Bernardo tenía un extraordinario carisma de atraer a todos para Cristo.  Amable, simpático, Inteligente, bondadoso y alegre. Todo esto y vigor juvenil le causaba un reto en las tentaciones contra la castidad y santidad. Por eso durante añgon tiempo se enfrió en su fervor y empezó a inclinarse hacia lo mundano. Pero las amistadesmundanas, poor más atractivas y brillantes que fueran, lo dejaban vacío y lleno de hastío. Después de cada fiesta se sentía más desilusionado del mundo y sus placeres.
A grandes males grades remedios.
Como sus pasiones sexuales lo atacaban violentamente, una noche se revolcó sobre el hielo hasta sufrir profundamente el frío. Sabía que a la carne le gusta el placer y comprendió que si la castigaba así, no vendrían tan fácilmente las tentaciones. Aquel tremendo remedio le trajo liberación y paz.  S
Una visión cambia su rumbo: 
Una noche de Navidad, mientras celebraban las ceremonias religiosas en el templo se quedó dormido y le pareció ver al Niño Jesús en Belén en brazos de María, y que la Santa Madre le ofrecía a su Hijo para que lo amara y lo hiciera amar mucho por los demás. Desde este día ya no pensó sino en consagrarse a la religión y al apostolado. Un hombre que arrastra con todo lo que encuentra, Bernardo se fue al convento de monjes benedictinos llamado Cister, y pidió ser admitido. El superior, San Esteban, lo aceptó con gran alegría pues, en aquel convento, hacía 15 años que no llegaban religiosos nuevos.
La familia que se fue con Cristo. 
Bernardo volvió a su familia a contar la noticia y todos se opusieron. Los amigos le decían que esto era desperdiciar una gran personalidad para ir a sepultarse vivo en un convento. La familia no aceptaba de ninguna manera. Pero Bernardo les habló tan maravillosamente de las ventajas y cualidades que tiene la vida religiosa, que logró llevarse al convento a sus cuatro hermanos mayores, a su tío y  31 compañeros. Dicen que cuando llamaron a Nirvardo el hermano menor para anunciarle que se iban de religiosos, el muchacho les respondió: "¡Ajá! ¿Conque ustedes se van a ganarse el cielo, y a mí me dejan aquí en la tierra? Esto no lo puedo aceptar". Y un tiempo después, también él se fue de religioso.  
Antes de entrar al monasterio, Bernardo llevó a su finca a todos los que deseaban entrar al convento para  prepararlos por varias semanas, entrenándolos acerca del modo como debían comportarse para ser unos fervorosos religiosos. En el año 1112, a la edad de 22 años, entra en el monasterio de Cister.  Mas tarde, habiendo muerto su madre, entra en el monasterio su padre. Su hermana y el cuñado, de mutuo acuerdo decidieron también entrar en la vida religiosa.  Vemos en la historia la gran influencia de las relaciones tanto para bien como para mal. 
En la historia de la Iglesia es difícil encontrar otro hombre que haya sido dotado por Dios de un poder de atracción tan grande para llevar gentes a la vida religiosa, como el que recibió Bernardo. Las muchachas tenían terror de que su novio hablara con el santo. En las universidades, en los pueblos, en los campos, los jóvenes al oírle hablar de las excelencias y ventajas de la vida en un convento, se iban en numerosos grupos a que él los instruyera y los formara como religiosos. Durante su vida fundó más de 300 conventos para hombres, e hizo llegar a gran santidad a muchos de sus discípulos. Lo llamaban "el cazador de almas y vocaciones". Con su apostolado consiguió que 900 monjes hicieran profesión religiosa. 
Fundador de Claraval. En el convento del Cister demostró tales cualidades de líder y de santo, que a los 25 años (con sólo tres de religioso) fue enviado como superior a fundar un nuevo convento. Escogió un sitio apartado en el bosque donde sus monjes tuvieran que derramar el sudor de su frente para poder cosechar algo, y le puso el nombre de Claraval, que significa valle claro, ya que allí el sol ilumina fuerte todo el día. Supo infundir del tal manera fervor y entusiasmo a sus religiosos de Claraval, que habiendo comenzado con sólo 20 compañeros a los pocos años tenía 130 religiosos; de este convento de Claraval salieron monjes a fundar otros 63 conventos. 
La Predicación de santo. 
Lo llamaban "El Doctor boca de miel" (doctor melífluo). Su inmenso amor a Dios y a la Virgen Santísima y su deseo de salvar almas lo llevaban a estudiar por horas y horas cada sermón que iba a pronunciar, y luego como sus palabras iban precedidas de mucha oración y de grandes penitencias, el efecto era fulminante en los oyentes. Escuchar a San Bernardo era ya sentir un impulso fortísimo a volverse mejor. 
Su amor a la Virgen Santísima. 
Los que quieren progresar en su amor a la Madre de Dios, necesariamente tienen que leer los escritos de San Bernardo por la claridad y el amor con que habla de ella. Él fue quien compuso aquellas últimas palabras de la Salve: "Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María". Y repetía la bella oración que dice: "Acuérdate oh Madre Santa, que jamás se oyó decir, que alguno a Ti haya acudido, sin tu auxilio recibir". El pueblo vibraba de emoción cuando le oía clamar desde el púlpito con su voz sonora e impresionante. 
Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María. Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María. Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial. 
Sus bellísimos sermones son leídos hoy, después de varios siglos, con verdadera satisfacción y gran provecho. 
Viajero incansable
El más profundo deseo de San Bernardo era permanecer en su convento dedicado a la oración y a la meditación. Pero el Sumo Pontífice, los obispos, los pueblos y los gobernantes le pedían continuamente que fuera a ayudarles, y él estaba siempre pronto a prestar su ayuda donde quiera que pudiera ser útil. Con una salud sumamente débil (porque los primeros años de religioso se dedicó a hacer demasiadas penitencias y se le dañó la digestión) recorrió toda Europa poniendo la paz donde había guerras, deteniendo las herejías, corrigiendo errores, animando desanimados y hasta reuniendo ejércitos para defender la santa religión católica. Era el árbitro aceptado por todos. Exclamaba: A veces no me dejan tiempo durante el día ni siquiera para dedicarme a meditar. Pero estas gentes están tan necesitadas y sienten tanta paz cuando se les habla, que es necesario atenderlas (ya en las noches pasaría luego sus horas dedicado a la oración y a la meditación). 
De carbonero a Pontífice
Un hombre muy bien preparado le pidió que lo recibiera en su monasterio de Claraval. Para probar su virtud lo dedicó las primeras semanas a transportar carbón, lo cual hizo de muy buena voluntad. Llegó a ser un excelente monje, y más tarde fue nombrado Sumo Pontífice: Honorio III. El santo le escribió un famoso libro llamado "De consideratione", en el cual propone una serie de consejos importantísimos para que los que están en puestos elevados no vayan a cometer el gravísimo error de dedicarse solamente a actividades exteriores descuidando la oración y la meditación. Y llegó a decirle: 
"Malditas serán dichas ocupaciones, si no dejan dedicar el debido tiempo
a la oración y a la meditación".
 
Despedida gozosa. Después de haber llegado a ser el hombre más famoso de Europa en su tiempo y de haber conseguido varios milagros (como por Ej., Hacer hablar a un mudo, el cual confesó muchos pecados que tenía sin perdonar) y después de haber llenado varios países de monasterios con religiosos fervorosos, ante la petición de sus discípulos para que pidiera a Dios la gracia de seguir viviendo otros años más, exclamaba: 
"Mi gran deseo es ir a ver a Dios y a estar junto a Él. Pero el amor hacia mis discípulos me mueve a querer seguir ayudándolos. Que el Señor Dios haga lo que a Él mejor le parezca". Y a Dios le pareció que ya había sufrido y trabajado bastante y que se merecía el descanso eterno y el premio preparado para los discípulos fieles, y se lo llevó a sus eternidad feliz el 20 de agosto del año 1153. Tenía 63 años. El sumo pontífice lo declaró Doctor de la Iglesia. 
San Bernardo: gran predicador, enamorado de Cristo y de la Madre Santísima: pídele al buen Dios que nos conceda a nosotros un amor a Dios y al prójimo, semejante al que te concedió a ti. Quiera Dios que así sea.

DE LITERATOS Y ESCRITORES





EL SEGUNDO MESIAS
Autores: Christopher Knight y Robert Lomas.


CAPITULO PRIMERO

La muerte de una nación

El que controla el pasado controla el futuro.
                                      El que controla el presente controla 
                                      el pasado.
                                                     (George Orwell, 1984)

Dicen que se ha generado más información en los últimos treinta años que a lo largo de los cinco siglos anteriores. Gracias a los métodos de investigación modernos y al nacimiento de los potentes sistemas de almacenamiento y recuperación de datos, es posible acceder rápidamente a una cantidad enorme de información. Hoy podemos comprender el mundo en el vivimos, su pasado y su futuro potencial de un modo que ni siquiera habríamos imaginado que fuera posible unas décadas atrás.

La gente corriente ha tenido que adaptarse a una incesante avalancha de innovaciones: desde la pasta dentífrica hasta los automóviles, todo se vuelve más inteligente año tras año. Solemos creer que las innovaciones significan desarrollo; pero, aunque las cosas nuevas puedaan modificar nuestros puntos de vista, las viejas ideas todavía se resisten a morir y las <<verdades>> que asimilamos  durante la niñez permanecen sin ser desafiadas. ¿Cómo sabemos que Colón descubrió América? ¿Por qué creemos que Jesús convirtió el agua en vino? Creemos que conocemos las respuestas de ambas preguntas porque se nos dijo que eso era así y nunca hemos tenido la ocasión de desafiar estas aseveraciones culturalmente aceptadas. 

P.D. Comienzo del primer capítulo.

lunes, 18 de agosto de 2014

PASTORAL: SANTO DEL DIA




                      SAN JUAN EUDES

Juan Eudes nació en Ri (Francia), el 14 de noviembre de 1601.
Hijo de una pareja de buenos normandos y fervorosos cristianos, recibió desde pequeño la formación que un hogar de esos quilates podía dar entonces. Una niñez harto normal, una etapa de estudios bastante completa en el colegio de los Jesuítas, y un proceso de discernimiento espiritual que lo llevará a optar por el sacerdocio en la recién fundada Congregación del Oratorio, del Card. de Bérulle. A partir de allí se inició una fecunda y exigente vida de misionero que lo llevará por muchos caminos de Francia, lo pondrá en contcto con la dolorosa realidad de un país cristiano en crisis de fe y le permitirá convertirse en misionero y profeta de la misericordia.
Juan Eudes, discípulo tanto de Bérulle como de Francisco de Sales, abreva su espíritu en ambas corrientes teológicas, y de ambas alimentó la coherente espiritualidad que dará sentido a su vida entera y nutrirá su vena de escritor popular. De ese doble hontanar se alimentó el riachuelo que ya comenzaba a notarse en el joven sacerdote oratoriano, y que pronto se convertirá en un poderoso torrente espiritual. Ambas corrientes fundarán y estimularán su espíritu misionero.
El P. Eudes parte de un principio unificador: el cuidado y ocupación principal de todo bautizado consiste en formar y establecer (a Jesús) dentro de nosotros, en hacer que allí viva y reine. Porque ser cristiano y ser santo es una misma cosa. Pero sitúa siempre, así sea de modo latente, este leitmotif espiritual sobre el telón de fondo de una misericordia comprometida y eficaz. Encontramos aquí una coherencia radical entre vida concreta y doctrina espiritual, un engranaje perfecto entre la propia experiencia existencial, el apostolado misionero, las fundaciones, la doctrina de la misericordia y la espiritualidad del Corazón de Jesús y María.
Por eso, no es exagerado afirmar que el eje de todo su proyecto espiritual fue el concepto de misericordia. Aunque se explicitó de forma relativamente tardía en sus escritos, podemos decir que marcó su vida entera. Desde los inicios de su ministerio Juan Eudes siente, recibe y cumple -afectiva pero real y comprometidamente- esta misericordia en su propia vida y en la de los demás; y ella le da unidad a su acción apostólica, lo empuja constantemente a ir más allá de la mera sensibilidad ante la desgracia y lo impulsa a promover determinadas acciones misioneras y fundaciones religiosas.
Evangelizado y evangelizador
Había aprendido a reconocer en todas partes la presencia de Dios, incluso en la experiencia concreta y en todos los acontecimientos. No se hablaba entonces de signos de los tiempos, pero Juan Eudes los entendía y vivía plenamente. Uno de esos signos fue sin duda para el aquella peste de Súez, en 1627. Entonces, el joven sacerdote, que apenas acababa de superar una larga y dolorosa enfermedad que prácticamente lo había inutilizado, decidió ir en auxilio de quienes más lo necesitaban -los apestados, abandonados de todo recurso espiritual- para llevarles los sacramentos, signos de la misericordia de Dios. Fue éste su primer encuentro con los pobres, los pequeños, los abandonados. Tres años más tarde, en Caen, se repetirá tan difícil experiencia. Serán entonces más fuertes la caridad y el compromiso para con los hermanos sufrientes que las razones de quienes intentaban disuadirlo de lo que parecía una peligrosa chifladura.
Estas primeras actividades que realizó como sacerdote y como misionero eran gestos que hablaban de la misericordia y hacían la misericordia. Gestos significativos que eran ya misión, una predicación silenciosa de aquellas que alababa Pablo VI en la EN8. Gestos que lo marcaron y lo pusieron para siempre en el camino que baja de Jerusalén a Jericó. En adelante su presencia misionera al lado de cualquier Jesús que sufre ir llenando de realismo su espiritualidad y su ministerio.
Todos sus compromisos apostólicos tendrán que ver con esa profunda experiencia. El abismo de mis miserias llama al abismo de sus misericordias, exclama en su personal Magníficat. Habiendo experimentado, él mismo, la misericordia de Dios en su propia vida, quiso agradecerla dedicándose a predicarla y transmitirla. Los caminos misioneros de Francia conservan aun el recuerdo de sus pasos. De ese fervor evangelizador y de esa pasión por el Reino surgiría aquel otro elemento clave de su espiritualidad que fue la devoción al Corazón de Cristo, unido indisolublemente al Corazón de María. Y es que, como ha escrito alguien, Juan Eudes fue un hombre de corazón y un hombre del Corazón: en esto consiste su máximo aporte al cristocentrismo de la escuela beruliana.
El camino de la misericordia
Porque la historia no se quedá en la anécdota. En un momento crítico de su propia vida y de la historia, Juan Eudes sabría apostar definitivamente por el camino de la misericordia; y al hacerlo así, apostaría por la santidad verdadera. Puede decirse que la misericordia lo hizo misionero y lo motivó a entregar su vida entera a un empeño que constituyó como la espina dorsal de su ministerio: desde 1627 a 1680, año de su muerte, jamás supo lo que fue el descanso. Juan Eudes sería, ante todo y por encima de todo, un sacerdote misionero, como gustaba firmar sus cartas.
Ese incansable andar misionero -el anuncio de la Buena noticia: la misericordia se ha hecho ya presente en la historia de los hombres-, no sería sino una verbalización de aquella experiencia íntima, inicial y continuada, de la máxima misericordia divina: evangelizar -reitera a sus eudistas- es anunciar al hombre, especialmente al más lleno de miserias -miserable- la buena noticia de que Dios lo ama, que lo lleva en su corazón de Padre y está dispuesto a jugarse todo por salvarlo..
El trato con la gente le había permitido conocer muy de cerca no sólo los vicios morales que pululaban en todos los estamentos de la sociedad sino también los hondos males que aquejaban al Pueblo de Dios. El sabía bien cuáles eran las miserias de los miserables. Había palpado la dolorosa miseria humana y social de las multitudes, la ignorancia religiosa de los que se decían creyentes y su alejamiento del auténtico compromiso cristiano; había experimentado también la situación del clero, agobiado por la ignorancia, la pobreza material y su falta de espíritu apostólico. Acuciado por esta realidad, el P. Eudes fue descubriendo su propio camino "de Jerusalén a Jericó". La pasión por el hombre - "las almas", dice él, con el lenguaje de su época- lo devora:
"Si por mí fuera, me iría a París a gritar en la Sorbona y demás colegios: "¡fuego, fuego!. Sí, el fuego del infierno está consumiendo el universo. Vengan ustedes, señores doctores, vengan ustedes, señores bachilleres, vengan señores abades, vengan todos ustedes, señores eclesiásticos y ayuden a apagarlo".
Cuando el celo presiona
Desde esta perspectiva se entienden mejor sus numerosas fundaciones. Porque al estudiar su vida y su obra descubrimos, cada vez mejor, cómo estas fundaciones constituyeron, en cuanto evangelización, auténticas obras de misericordia, o sea, maneras concretas de expresar su apuesta definitiva por la misericordia divina.
Apelando a una categoría moderna podemos decir que Juan Eudes también se dejó evangelizar por "los pobres", valga decir, por las prostitutas y los incontables hombres y mujeres que vegetaban en la muerte debido a que nadie les había hablado de la Vida. Fue esa experiencia la que activó su carisma fundador. Bastaría con recordar aquel episodio citado por el P. Emile Georges, que opera en las raíces de la orden de N.S. de la Caridad.
El P. Eudes no era un fundador "profesional" sino un hombre de Dios que iba respondiendo, a medida de sus recursos, a los clamores de la misericordia, a las necesidades concretas de su época, que para él representaban auténticos mensajes del Espíritu. Era un hombre que sabía leer la acción de Dios incluso en los fracasos, que se dejaba interpelar en serio por los signos de su tiempo, y cuyo mayor deseo era hacer eficaz la misericordia. No existía en sus proyectos ninguna intención moralizante: había que realizarlos, simplemente, porque el Dios misericordioso así lo quería; eran una consecuencia normal de su seguimiento de Cristo, y de su atención a la misericordia del Padre: para él se trataba sólo de cristificar al hombre, sobre todo a aquellos hombres cuya imagen de Dios estaba más deteriorada por el pecado o por la miseria.
Es precisamente en 1644, año en que se consolidaba en Francia el rigorismo jansenista, cuando Juan Eudes funda la Orden de N.S. de la Caridad, coincidiendo con una toma de conciencia cada vez más viva de lo que es esa misericordia divina. Ha descubierto, de una manera concreta, que Dios ama y, porque ama, salva, perdona. Y se siente llamado a ser personalmente instrumento de ese amor salvador en uno de los campos más dramáticamente olvidados de la pastoral de entonces: la prostitución.
También en el nacimiento de la Congregación de Jesús y María (PP. Eudistas) hay una experiencia de misericordia; le dolía intensamente la Iglesia, le dolían las gentes que andaban "como ovejas sin pastor"; y se dejó interpelar por el amor de Dios que, en Jesús, viene a "salvar lo que estaba perdido". Expresión última y acabada de la misericordia del Padre. Si "un alma vale más que mil mundos", es menester que alguien se dedique a tiempo completo a formar a quienes deben salvarla. Y urgido por tan angustiadas convicciones, se decide a abandonar el Oratorio para fundar su pequeña congregación.
Formar al clero era sólo una manera de colocarse en el camino de la misericordia que salva y que necesita canales dignos de esa tarea. En una carta al P. Manoury, primer formador de los nuevos eudistas, el P. Eudes se expresaba:
"Cuide de formarlos en el Espíritu de Nuestro Señor, que es espíritu de desasimiento y de renuncia a todo y a sí mismo; espíritu de sumisión y abandono a la divina voluntad manifestada por el evangelio y por las reglas de la congregación..., espíritu de puro amor a Dios..., espíritu de devoción singular a Jesús y María..., espíritu de amor a la cruz de Jesús o sea al desprecio, la pobreza y el sufrimiento..., espíritu de odio y horror a todo pecado..., espíritu de caridad fraterna y cordial al prójimo, a los de la congregación, a los pobres..., espíritu de amor, respeto y estima por la iglesia".
Maestro de la misericordia
Porque nuestro santo no se contenta con ser, él mismo, coherente; su deseo es que todos los cristianos se dejen llenar por ese espíritu de la misericordia divina, su anhelo es que todos los bautizados, especialmente los sacerdotes, sean también "misioneros de la misericordia". La pasión por el reinado de Jesús en los corazones de los hombres, realmente lo devora. Conociendo bien la penosa situación, moral y espiritual, del clero y del pueblo cristiano de la época, percibe y siente en todo su ser la urgencia de la evangelización y de la formación de buenos obreros para llevar adelante un servicio eficaz del evangelio. Y a esa doble tarea dedica lo mejor de sus esfuerzos.
Aquel mismo año de 1644, cuando, por un lado, se consolida el jansenismo y, por el otro, él funda a N. S. de la Caridad, el P. Eudes concluye sus Consejos a los confesores; se trata de un breve escrito que rezuma aquel delicado sentido de caridad pastoral que el Vaticano II y, más recientemente, Juan Pablo II, retomando una densa herencia patrística, han presentado como nota constitutiva del verdadero pastor según el Corazón de Cristo. Allí Juan Eudes nos desliza una de sus escasas confidencias personales:
"Conozco muy bien a alguien que ha sido escogido por la divina misericordia para trabajar en la conversión de los pecadores; encontrándose perplejo sobre cómo debía conducirse con ellos, si usar de bondad o de rigor, si mezclar los dos..., recurrió en la oración la Santísima Virgen, su habitual refugio. Antes de que hubiera comunicado a alguien sus inquietudes, la Madre de las Misericordias le inspiró a través de un mensajero: cuando prediques usa las armas poderosas y terribles de la Palabra de Dios para combatir, destruir y aplastar el pecado en las almas, pero cuando te encuentres a solas con el pecador, háblale con bondad, benignidad, paciencia y caridad".
Por eso, recomienda a los confesores a acoger y tratar al penitente "con un corazón verdaderamente paternal, es decir, con una gran cordialidad, benignidad y compasión", e incitarlo a la confianza. Y explica:
"con entrañas de misericordia y con el corazón lleno de amor a cuantos se presenten a la confesión, sin hacer acepción de personas ni obrar con preferencias, salvo cuando se trate de enfermos o inválidos, de mujeres encinta o que están criando sus hijos, de aquellos que vienen de lejos..."21. "Si se le ve temeroso y con alguna desconfianza de obtener el perdón de sus pecados, hay que levantarle el ánimo y fortalecerlo, haciéndole ver que Dios tiene un gran deseo de perdonarle; que se alegra mucho en la penitencia de los grandes pecadores; que cuanto más grande es nuestra miseria, más glorificada es en nosotros la misericordia de Dios; que Nuestro Señor ha orado a su Padre por los que lo han crucificado, para enseñarnos que, aún cuando lo hubiéramos crucificado con nuestras propias manos, nos perdonaría muy espontáneamente si se lo pidiéramos".
Uno se siente aquí muy lejos ya del rigorismo agustiniano y jansenista. Apelando a un lugar común podemos afirmar que el "celo por la salvación de las almas" realmente lo devoraba. Esta expresión -que hoy es poco aceptada pues se entiende mejor que el hombre no es sólo alma y que Dios salva al hombre completo- traduce bien la calidad apostólica de santos como Juan Eudes. Aparte de que la importancia dada por él al compromiso concreto nos permite captar en su pensamiento una intuición de lo que en el lenguaje bíblico significaba el "alma": no la parte espiritual en confrontación con el cuerpo -lo material- sino la identidad total del hombre, materia y espíritu, tal como ha salido de las manos de Dios.
Encarnados con el Encarnado
Está claro que existe una significativa distancia cultural entre el siglo XVII francés y nuestra época, en cuanto al sentido de la palabra misericordia. Y conviene precisar esta diferencia a la hora de presentar el mensaje eudiano si queremos que sea captado a plenitud por los hombres de nuestro tiempo. Hoy se ha empobrecido hasta tal punto su significado que parece ser un simple sinónimo de lástima o de piedad para con el culpable.
Para Juan Eudes, en cambio, misericordia era mansedumbre, clemencia, paciencia y comprensión frente a la falta del otro, pero sobre todo amor, piedad, generosidad. La misericordia era celo por la causa del hombre, un intenso sentimiento de piedad, generosidad; no mera conmiseración ante el sufrimiento ajeno, sino expresión plena y comprometida de un amor que trata de llevar a todos una salvación eficaz, concreta, pero al estilo de Dios. Así lo expresaría en un texto célebre, sobre el que volveremos reiteradamente:
"Tres cosas se requieren para que haya misericordia. La primera es tener compasión de la miseria del otro, pues misericordioso es quien lleva en su corazón las miserias de los miserables. La segunda consiste en tener una voluntad decidida de socorrerlos en sus miserias. Y la tercera es pasar de la voluntad a los hechos".
Como veremos en detalle luego, Juan Eudes apoya su doctrina sobre la misericordia en aquel profundo sentido de la encarnación de Dios tan caro a los maestros de la espiritualidad beruliana. Exclama: "nuestro Redentor se encarnó para ejercer de este modo su misericordia con nosotros", es decir, para pasar de la misericordia del Corazón de Dios a la misericordia de los hechos salvadores.
El mensaje resulta evidente: Jesús personifica la misericordia divina, la misericordia activa y viviente de un Dios que viene a salvar a los malheridos del camino a Jericó. En la persona de Jesús, Dios se acerca gratuitamente a quienes están en desgracia y son incapaces de liberarse a sí mismos. Porque Jesús es el Corazón humano de Dios - hermoso hallazgo teológico eudiano - que ha asumido todas nuestras miserias para liberarnos de ellas.
Y es esa misma actitud - "llevar en el corazón" - la que Dios nos pide a nosotros frente al prójimo. Juan Eudes lo reitera, bajo diversas formas, a lo largo de sus obras: no hay otra forma de vivir el amor misericordioso de Jesús. Ella traduce y resume una experiencia fundamental que atestigua todo lo demás: ser cristiano es ser capaz de abrirse suficientemente, desde lo más profundo, para acoger en su vida al "otro": a Dios, al prójimo, y, en particular, a quien experimenta cualquier tipo de miseria. Un corazón auténticamente cristiano es aquel que, ante todo, sabe recibir y acoger a un Dios esencialmente gratuito, pero que, con Dios y como Dios, sabe acoger también las miserias de los demás de tal modo que lo impresionen, lo habiten en lo más profundo de su ser, y lo dinamicen hacia una acción comprometida y coherente.
En manos de la Gracia
Por eso, a nivel de medios, lejos de todo delirio prometeico y de toda pretensión voluntarista, Juan Eudes entiende que en esa tarea, incómoda y difícil, lo primero es la gracia de Dios, pues todo depende de él que es quien actúa en nosotros:
"¿ Qué somos nosotros, hermanos míos, para que Dios nos emplee en tan sublimes ministerios? ¿Para que se digne escogernos a nosotros, miserables pecadores como instrumentos de sus divinas misericordias?".
De ahí su insistencia en la oración constante. Sin embargo, lejos de cualquier delirio pietista, subraya también la necesidad de "poner siempre toda la carne en el asador": hay que restearse con la tarea, trabajando como si todo dependiera de nosotros, trabajando de todo corazón, por el ejemplo -testimonio- y por la eficacia de la acción. Hemos de dejar que, ante los problemas que acongojan al prójimo, nos tiemble el corazón de amor hasta tal punto que no nos quede otro remedio que pasar a la acción en busca de alivio. Se trata de amar hasta que duela. Porque el dar de la verdadera misericordia no es cuestión de simple cantidad, sino de calidad, de una actitud vital con que se comparte con los demás. Lo importante no es dar cosas sino darse uno mismo.
Para nuestro hombre ésta es la forma privilegiada de glorificar a Dios. Como misionero, como formador de sacerdotes y como fundador de Institutos religiosos, supo subrayar la unión estrecha que existe entre la misericordia de Dios, nuestro compromiso cristiano y la virtud de religión: el auténtico culto deriva en celo apostólico y éste se expresa con trazos de misericordia porque -afirma- anunciar el evangelio es simplemente anunciar la misericordia de Dios, y este anuncio hay que hacerlo con palabras claras y obras coherentes. Evangelizar es anunciar a los "miserables" la buena noticia de que Dios los ama, que los "lleva en su corazón"; y para esto el misionero sólo tiene un camino: llevarlos también él en su propio corazón. Y de este modo el Padre es glorificado. Por eso se atreve a exclamar:
"Nada deseo personalmente, pero si Dios me exigiera expresar mi querer, escogería seguir viviendo indefinidamente, para ayudar a salvar las almas".
A partir de esta convicción, Juan Eudes el místico se hace activo, el contemplativo se convierte en misionero, testigo y fundador. Porque se trata de "pasar de la voluntad al hecho". No bastan los bellos sentimientos y las hermosas palabras. Hay que pasar del 'llevar las miserias ajenas en el corazón" a los efectos concretos de la misericordia. Escuchándolo evocamos a Santiago: una fe sin obras es una fe muerta. Y es que él entendía bien que estamos radicalmente al servicio de la misericordia de Dios, que nosotros somos los verdaderos ángeles de Dios: somos las manos, los pies, el corazón del Dios salvador, porque "Dios no tiene más manos que las nuestras", como dijera hermosamente Teresa de Ávila.
En resumen, evangelización, celo y misericordia, son las tres dimensiones, fundamentales e interrelacionadas, de su pensamiento y de su acción ministerial entera. En esta perspectiva sitúa el ministerio del misionero.
Espiritualidad de encarnación
Por tanto, no podemos acusar al pensamiento eudiano de espiritualista, como si no le importaran sino las cosas espirituales, olvidado de las necesidades materiales de la gente. De hecho él estaba muy consciente de estas miserias humanas y sociales, pero las veía como una expresión, un síntoma y una consecuencia de la miseria más profunda y radical y la raíz de todas las demás miserias, que es el pecado. Por eso, la "más divina de todas las cosas divinas es la salvación de las almas".
Como normando sensible, práctico y eficiente, nos enseña que es a través nuestro como Cristo quiere realizar su misericordia salvadora. Aunque vivía en un denso mundo espiritual, entendía que la misericordia de Dios no es una noción abstracta, sino la presencia real, muy real, de Dios encarnado en el mundo de los hombres, en los acontecimientos cotidianos.
Andrés Pioger subraya cómo sus contemporáneos se sentían conmovidos por esta actitud testimonial del pequeño gran santo:
"Aun fuera de Caen, Juan Eudes se interesa vivamente por los enfermos. Cuando hace la misión en las grandes ciudades establece casas de refugio para los pobres y los enfermos; acomoda a los ancianos y a los que están en mala situación... En Autun, en 1647, hace reparar el hospital de Los Transeúntes y decide la construcción de uno nuevo para los enfermos y para poner allí a los pobres médicos... Donde no crea hospitales visita siempre los que ya existían... Porque no quiere sólo socorrer materialmente sino dedicarse a cultivar las almas...".
Obviamente, Juan Eudes era deudor de las ideas de su época. Por eso su concepción de la misión, que obedecía a una mentalidad de nueva cristiandad, difiere de otras más modernas, en las que se enfatiza más el compromiso estructural que las "obras de misericordia". Y no podemos pedirle a un hombre del s. XVII, por más santo que fuera, que tuviera las ideas de un misionero postVaticano II. Lo importante es ver cómo él, a su modo, no separaba jamás aquellas cuatro dimensiones de la misión, que citaba Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi: el compromiso, el anuncio, el testimonio y la denuncia.
No hacía del trabajo por los pobres un simple compromiso social, porque lo suyo era servir el Reinado de Jesús en los hombres, pero tampoco convertía su predicación en un desencarnado anuncio de verdades abstractas o de eslóganes ideológicos. Por otra parte, aparece clara su convicción de que no se trataba de un trabajo social más, que podía favorecer la evangelización, de una pre-evangelización como se dice a veces, sino de una verdadera evangelización puesto que su finalidad era la conversión a Cristo. Y cuando había que enfrentarse a los responsables de cualquier sufrimiento injusto, así fueran el rey o la reina, lo hacía con claridad, valentía y misericordia.
Su misma concepción de la grandeza del ministerio sacerdotal no obedecía a criterios de poder o grandeza humana -ésos que hoy tanto chocan a la teología moderna- sino a la convicción de que el sacerdote, en cuanto tal, tiene, como casi exclusiva tarea, ser misionero y tesorero del Padre de las misericordias33. Por eso sentía la urgencia de contagiar a los hermanos sacerdotes el ardor quemante de su propia experiencia misionera. Escribe, por ejemplo, durante la misión de Vatesville:
"Son maravillosos los frutos que recogen los confesores. Pero lo que nos aflige es que ni la cuarta parte se podrá confesar. Estamos abrumados. (...) ¿Qué están haciendo en París tantos doctores y bachilleres, mientras las almas perecen por millares, porque nadie les tiene una mano para retirarlas de la perdición?".
La dramática experiencia de su propia vida, sumada a la constatación de los ingentes problemas que vivían el mundo y la Iglesia, alimentaron sin duda su pesimismo ante las reales posibilidades del hombre. Pero aun así, supo proponer y mantener una propuesta de vida cristiana siempre equilibrada y sana, aunque exigente. Por eso, a Juan Eudes se le puede aplicar lo que él mismo escribiera de María: contempló, amó y llevó en su corazón el Corazón de Cristo, hasta hacerse con él un solo corazón.
También él se dejó habitar y dinamizar por el Corazón de Dios, que es Cristo. Fue este Corazón el que lo condujo hasta sus hermanos y hermanas en necesidad; fue este Corazón el que lo aventó, sin descanso, por los caminos de la misión; y fue este mismo corazón le permitió situar su carisma y su misión entre la miseria del hombre y la misericordia del Dios-Amor que quiere que todo hombre se salve.
El precio era la cruz
Parecía inevitable que por esa opción debiera pagar un alto precio en luchas dolorosas, dentro de aquel contexto histórico tan complejo; y lo pagó con entereza, gallardía y ecuanimidad:
"Si hemos de soportar alguna molestia o fatiga no es del caso desanimarnos o quejarnos por tan poca cosa. Aun si tuviéramos que enfrentar la muerte, ¿no deberíamos acaso considerarnos inmensamente afortunados?".
Su abandono del Oratorio le atrajo la inquina de muchos de sus antiguos hermanos, y su lucha contra el rigor desmedido del jansenismo le acarreó tormentas y horas muy difíciles. Pero él no rehuyó la cruz, demostrando así hasta qué punto su apuesta por la misericordia era auténtica y comprometida:
"La divina misericordia me ha hecho pasar por numerosas tribulaciones, y éste ha sido uno de los más insignes favores que de ella he recibido, porque me han sido extremadamente útiles, y Dios me ha librado siempre de ellas".
Más aún, para él esas persecuciones no eran simple cruz sino que se situaban también en el camino de la misericordia divina:
"Después de una desolación de seis años, el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo se ha dignado enjugar mis lágrimas y cambiar mi amargura en un gozo increíble. Sea por ello alabado y bendecido eternamente".
Estaba consciente, y así lo escribiría más tarde, de que no hay redención sin sangre; por eso veía en el martirio "la cima, la perfección y culminación de la vida cristiana... el milagro más insigne que Dios realiza en los cristianos..., el favor más señalado que hace Cristo a los que ama... En los mártires resplandece de preferencia el poder admirable de su divino amor...".
Y, coherentemente, pediría con insistencia esa gracia; testimonio de ello es el hermoso "Voto de Martirio" que nos legó. No fue le concedida dicha gracia, pero le fue regalada otra quizás más grande: el convertirse en misionero y profeta de la misericordia de Dios. Por eso, ya en el atardecer de su vida pudo exclamar:
"Aunque ya estoy viejo (74 años), predico casi todos los días, confieso, y atiendo infinidad de asuntos. Todas estas fatigas nada cuestan cuando se tiene el consuelo de ver cómo los pueblos corresponden a lo que se hace por su salvación".
De esa manera, Juan Eudes se nos revela como un auténtico profeta de la misericordia, en una época en la que se imponían tántas corrientes rigoristas. Y a partir de esa pasión que lo devoraba delineó un camino de santidad basado en la mística del amor comprometido. En él, la misión y el ministerio aparecen como las dos caras de la existencia cristiana, un lazo concreto y visible entre el amor de Dios y la miseria humana. Ello sintetiza todo su proyecto espiritual y misionero.
Y ello sería así hasta aquella tarde del 19 de agosto de 1680, cuando expiraba repitiendo una y otra vez: "¡Jesús es mi todo!" 
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DESDE MI CALLE


COOPERACION PARA LA SOLIDARIEDAD


Si nos detenemos un momento para analizar nuestra situación actual, podremos darnos cuenta que algunas de las metas que nos hemos planteado son las mismas que se han planteado otras personas a nuestro alrededor, y son posiblemente éstas las metas que nos han costado más esfuerzo alcanzar. Podemos ver entonces de forma clara que individualmente tenemos metas en común con otros y posiblemente sería más conveniente para todos unir esfuerzos con miras a la consecución de un fin colectivo.

Algunas veces la forma de alcanzar estas metas requiere tomar medidas indirectas primero, para poder posteriormente concentrarse en la materialización de los proyectos. Estas medidas indirectas tienen que ver con la falta de disposición, en general, de las personas a participar en proyectos que beneficien a alguien más que a ellos mismos.En este caso, la mejor manera de lograrlo es mediante el ejemplo, tomar la iniciativa entre aquellos que ya se encuentren dispuestos a cooperar entre si, y una vez obtenidos los primeros resultados, fácilmente se sentirán motivados otros a unirse para participar de los beneficios.

Es importante recordar que es necesario dejar de lado, algunas veces, intereses individuales para obtener intereses colectivos, pero al final los beneficios generalmente son mayores que los sacrificios; sobre todo si tomamos en consideración  que siempre es mejor un tanto por ciento de algo que un cien por ciento de nada.

El lograr nuestras metas en la vida requiere de esfuerzos y sacrificios a lo largo de ésta, y si existen otras personas con intereses en común con los nuestros y pueden emplearse medios dignos ¿por qué no unir esfuerzos para hacerlo más fácil para todos?. Después de todo es bien sabido que !En la unión está la fuerza!

Es decir un proyecto de pocos para muchos y no al contrario.

DESDE MI CALLE, que sigue siendo la calle de todos.