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martes, 1 de marzo de 2016

DESDE MI CALLE




Una escalera con algo de misterio


Sacado del blog de @GalianaRgm.


La mayoría de los escritores no vivimos en chalets descomunalmente grandes en medio de un monte rodeados de un paisaje que ni en los dibujos animados. Tampoco en una casa amueblada como en las revistas de decoración con grandes ventanales con vistas al mar. Nosotros, los juntaletras, vivimos en edificios normales y corrientes como en los que habitan los lectores.

Y no, no vivo en el ático abuhardillado con una enorme terraza con vistas espectaculares al cielo de Madrid, lamento si te he defraudado, pero soy tan normal como tú.


El lugar donde resido es un cuarto piso con ascensor, de ésos que aún conservan la estructura de hierro en la escalera típica de los años cuarenta. Lo han reformado de maquinaria y le pusimos hace unos diez años una cabina nueva, que nos costó lo suyo a los vecinos, pero conseguimos que siguiera teniendo ese regusto a viejo/nuevo que se nos ha dado por denominar vintage.
En el piso de arriba, y último del edificio, solo hay una puerta que corresponde a una única vivienda. En el resto tenemos cuatro por rellano, pero solo dos viviendas, ya que cada piso cuenta con entrada de servicio que se decía antes, puerta en la cocina que le llamamos ahora. En el mismo portal está la portería, una vivienda de unos cincuenta metros donde vivía Jacinto.
En el ático vive una encantadora viejecita nonagenaria con una única afición. Sobre las tres de la madrugada le da por mover los muebles de toda la casa. Te cruzas con ella en el portal y te pide que le lleves la bolsa del pan porque está de la espalda, de las piernas, del corazón, y hasta del moño, si ve que no le extiendes la mano par ayudarla. Vive sola, pero por la noche debe tomar vitaminas en la cena que la convierten en superwoman, con la energía suficiente para arrastrar los muebles por el suelo, debe estar buscando un tesoro oculto debajo de alguna baldosa.
En el cuarto comparto pared del salón con la casa del al lado. En ella viven cuatro chicas universitarias, el padre de una de ellas es el propietario, pero ni aparece por el edificio jamás, al menos yo no le he visto nunca. Las chicas tienen a bien organizar todos los sábados durante el curso escolar, no falla ni uno, unas fiestas que una porque ya peina canas que si no me pasaba por allí por ver si se me pega algo. Un día subí con un par de ellas en el ascensor y me preguntaron si la música me molestaba:
-No os preocupéis, yo trabajo mejor de noche, y no interferís para nada en ello.

Me callé que el vecino del edificio de enfrente, en la panadería, no hace más que decir que está como loco por meterles mano, por ambientar la calle la noche de los sábados como si fuera una verbena popular.
En el piso de abajo vive un matrimonio joven, no tendrán más de treinta, si los tienen, con un bebé de un año aproximadamente. Lo sé porque desde que nació la criatura la mezcla entre la música de las chicas de al lado y los llantos del infante son para que el Dj del momento haga un superventas y se forre.
El piso de al lado al matrimonio con el niño está vacío desde hace no sé cuántos años, incluso antes que yo me mudase a vivir aquí. Por lo visto los dueños eran un matrimonio sin hijos que se mató en un accidente de tráfico. Los sobrinos llevan años litigando en los tribunales por la herencia, y de seguir así van a disfrutar solo de lo que dejen las termitas.
El segundo, todo él, es un despacho de abogados. Cierra, con puntualidad británica, a las siete de la tarde de lunes a jueves y a las tres los viernes. Nadie aparece por allí los fines de semana, ni durante el mes de agosto, ni en navidades. Son cuatro jóvenes engominados, perfectamente trajeados, y muy educados todos ellos. El que viene a las reuniones de la comunidad es de ésos que dices:
-Dios, porque no habré nacido diez años después.
El primero es una tienda de vestidos de novia. Las dueñas son dos chicas, muy monillas ellas, algo tontas para mi gusto, pero muy monas ellas. Las ventanas las convirtieron, dentro de lo que la ley les dejó, en escaparates llenos de maniquíes vestidos de blanco inmaculado.
El edificio es peculiar porque en el primero se hace lo posible por casar a las parejas, y en el segundo si la cosa sale mal se las divorcia.
¿Por qué te cuento todo esto, a ti, mi cómplice lector?, porque necesito que te conviertas en detective y me ayudes a resolver un caso que se produjo hace unos días en el edificio en el que vivo.
Tranquilo, no sucedió ningún asesinato, nadie fue agredido, ni robaron en ningún piso. Una vive en un barrio bien donde esas cosas no pasan.
Te pongo en situación.
Empezando la tarde-noche del pasado sábado llegaba a casa cargada con bolsas después de pasarme por todas las tiendas de un conocido centro comercial. Salí temprano de casa en plan “le doy alegría a la tarjeta hasta que los pies me digan:
-Llévanos a casa que estamos destrozados.”
Llegar, darle al ascensor y ver que, por enésima vez, se había vuelto a averiar, me sentó como una patada ahí mismo.
Lo primero que pensé es por qué narices se había tenido que jubilar el portero de la finca hacía un par de meses, con lo fácil que hubiera sido tocar la puerta de su vivienda, en la portería, dejarle los bultos, pedirle que me los subiera cuando pudiera, y subir con las manos vacías. Jacinto y su mujer ya no estaban, su hijo no quiso quedarse y heredar el oficio del padre. Un chico muy guapo, a que negarlo, pero en cuanto abría la boca te dabas cuentas que lo suyo no era ser servil, y el oficio de portero es lo que tiene.
El caso es que Jacinto y su familia me habían hecho la puñeta con su marcha. Me tocaba subir cargada como una mula los cuatro pisos.
Miré mis brazos y me dije:
-Galiana, no te hagas la remolona que nadie va a venir a socorrerte.
Inicié la subida por la escalera, no sin antes quitarme el abrigo y colgarlo del bolso de bandolera que llevaba colgado del cuello, no tenía ganas de sudar la gota gorda.
En el último tramo de escalera antes de llegar al primero me encontré con un zapato negro de tacón de aguja. Pensé:
– “Se le ha debido caer a alguna de las chicas que se lo ha quitado para subir mejor. Se habrá dado cuenta cuando ha llegado arriba, y seguro que baja a por él cuando arreglen el ascensor”.
Mi teoría del zapato abandonado sin querer se me cayó cuando al iniciar la subida al segundo me encontré con el compañero. Aquello no era una caída accidental, era un…
-No puedo con vosotros, ahí os quedáis, que ya os recojo cuando no tenga que subir andando.
Continué mi ascenso, todavía quedaban el segundo y tercero antes de llegar al cuarto.
Lo de los zapatos me pareció exótico, pero bueno. Lo que pasa es que, en el rellano del segundo, delante de la única puerta que da acceso al despacho, encontré un par de medias. Verlas y sonreír fue todo uno. Pensé:
-“Estas chicas… Cómo baje Doña Encarna y lo vea les va a llamar la atención, con las ganas que las tiene”.
En la puerta del ascensor del tercero me encontré con una falda. De ésas que una no sabe si denominarla como tal o mejor decir que es un cinturón ancho y terminar antes.
Una de las chicas se estaba desnudando por la escalera, eso estaba claro. Debía tener mucha prisa o, mejor dicho, una urgencia muy, muy grande.
Lo de ver unas minúsculas braguitas negras tiradas en el felpudo de la entrada de mi casa me hizo soltar un:
– ¡Ay, cuántas prisas tienen algunas!
Abrí la puerta de casa. Solté las bolsas en el suelo, como si de un peso muerto se tratasen. El bolso y el abrigo los tiré también. Me dejé caer en el sofá todo lo larga que soy.
-Joder, esto de subir cuatro pisos no es lo mío, me estoy haciendo mayor.
Al recuperar el aliento me levanté y recogí todo lo que había abandonado en el suelo de la entrada. Cuando quité la última bolsa reparé en un papel que alguien debía haber metido por debajo de la puerta antes que yo llegara:
-Este fin de semana no estaremos en la casa. Nos vamos a esquiar. Regresamos el lunes por la mañana. Besitos. Tus vecinas.
Las chicas se habían ido, ¿de quién era la ropa que me había encontrado por la escalera? Salí de la casa, no sé muy bien por qué. Entonces vi un sujetador negro en el tramo de escalera en dirección al piso de Doña Encarna. Me pudo la curiosidad, lo reconozco, subí hasta el último piso. Di la luz, que se había apagado como siempre suele suceder en estos casos. En ese momento el ascensor se puso en marcha, escuche risas nerviosas en su interior.
¿Serías capaz, con tus dotes detectivescas, de decirme a quién podía pertenecer la ropa de la escalera?
Mi opinión es la siguiente:
¿Puede ser el matrimonio con el bebé al que le han dejado en casa de los padres de alguno de ellos, y dado que el crío no les deja por la noche ni dormir, y mucho menos hacer el ...., , han aprovechado la circunstancia para darse el lote, y era tanta la urgencia que no han podido esperar a llegar a casa y se han "enfrescado en la labor" en el ascesor?.
¿Cuales la tuya?

P.D. Puedes dejar tu opinión en éste blog.







lunes, 29 de febrero de 2016

MUSICA Amaral "Un día más"

MUSICA Javier Solis - Tres Palabras

MUSICA Dire Straits - So Far Away [Wembley -85 ~ HD]

DESDE MI CALLE



ENFERMEDAD ACTUAL,  Y ALGO DE POLITICA



Con ésto que ahora parece que todo produce cáncer, hasta los filetes de ternera, uno cada día tiene más fé en las tisanas y en los productor naturales. De jóvenes nos reíamos un  poco de las tías mayores y de las abuelas que eran aficionadas a lo que nosotros llamábamos "aguachirles". Hoy les daríamos la razón. Por eso, a lo mejor cada día admiro más a los que se dedican a intentar sustituir los llamados medicamentos químicos oficiales (antibióticos, analgésicos, capsulitas, pastillas, inyectables o jarabes y tal, de carácter y origen farmaceútico). Tomamos medicamentos varios como si fuesen caramelos para cualquier cosa que ocurre, sea seria o simplemente incómoda. Nos hemos acostumbrado mal, en cuanto notamos una ligera desviación de nuestra confortable vida cotidiana, !hala!, el medicamento de turno, inconsciente o poco consciente casi siempre.

No queremos conformarnos con la contaminación ambiental, y de la otra, que trae constantemente nuestra sociedad por los coches, el tabaco, las industrias desaforadas, cuando no hasta por los envases líquidos y los tejidos con que nos vestimos. Ya conviene incluso mirar la ropa interior por si llevara cloruro de polivinilo o algo así, o cualquier componente químico que suele sonar a algo satánico o brujeril. Hay que negarse definitivamente a ponerse enfermo por si resultara verdad lo de que en gran medida la enfermedad como tal es una actitud mental o emocional, según los casos. Hay quien asegura que lo que tenga que ocurrir va a pasar, queramos o no que ocurra, y que debemos seguir viviendo del modo más apaciblemente posible y no asustarse por nada.

Cambiemos de tema y vayamos, con un corto comentario, a la actualidad política.

La esperanza más seria e importante la tendremos uno de éstos días, cuando surja, no antes. Las urnas hablaron, pero por lo que estamos viendo no significan mucho sin el parlamento puesto en serio y dejando de hacer virguerías dialécticas y componendas varias. Y se aclaran aún menos con todas éstas pamplinas. Pero hay que tener fe en el ser humano que cada uno de nosotros es. Esperemos acontecimientos y no seamos pesimistas.

Vivamos el día a día.

DESDE mi calle, que sigue siendo la calle de todos.



¿Para qué sufrir a lo tonto, si al final del camino nos vamos a morir queramos o no queramos? Quedaremos disueltos en niebla y en ausencia como sonrisas de lactante.

domingo, 28 de febrero de 2016

PASTORAL: SANTO DEL DIA




 San Dositeo
      Siglo VI


Cuenta una antigua biografía suya que en su juventud fue soldado, y que en un recorrido por Tierra Santa hallándose en Getsemaní le impresionó un cuadro que representaba los tormentos del Infierno; así se convirtió a los grandes ideales de perfección religiosa y se hizo monje en Gaza, donde iba a transcurrir toda su vida.

La historia le recuerda como un contemplativo que renuncia a la propia voluntad para ponerse en manos de Dios y que tiene un desprendimiento ejemplar respecto a las cosas de este mundo, sin sentir apego por nada, porque cualquier afición a personas u objetos era para él una atadura que le impedía estar completamente disponible en su espera del Cielo.

Se nos dice también que ni siquiera estaba apegado a las herramientas con las que trabajaba, y eso nos sugiere un grado último de renuncia, porque el afán de posesión suele atrincherarse en la excusa de la necesidad de los útiles imprescindibles: tal vez a un santo le cueste más que despreciar las riquezas, no amar la pobre azada con la que trabaja el huerto.

San Dositeo se nos aparece así en una desnudez heroica de asceta negándose a apoyarse en nada humano, reducido a un manojo de ansias de vivir sólo para Dios y entrar en su eternidad sin el menor lastre de afectos relativos a esta tierra.

Hasta en el calendario ocupa un lugar humildísimo, de comodín, donde termina el mes de febrero, negándose incluso una fecha inamovible en la procesión de los días; porque él es quien rellena las veinticuatro horas supernumerarias de los años bisiestos, como aceptando privarse del retorno anual de la fiesta de todos los demás. Sin tener siquiera un sitio en el tiempo, porque ni eso quiere.

MUSICA Cuando un amigo se va- Alberto Cortez